El perdón entre barrotes

Sociedad · Miguel de Haro Izquierdo
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29 junio 2021
Este sábado la entrada en la cárcel ha sido mas difícil que otras veces, y no porque haya habido un retraso por parte de los funcionarios en los tres controles de acceso que debes realizar al principio.

A medida que iba acercándome podía observar la seguridad perimetral de las dos cárceles, una de hombres y otra de mujeres. La primera entrada tiene una valla bastante alta con control remoto de cierre automático, con una concertina de alambre israelí que impresiona por su altura. Desde el primer control al segundo las diferentes vallas coronadas por alambradas de espino, con cámaras y luces de control visualmente van amedrentando tu persona, indicando claramente que estás en un lugar inhóspito y donde las reglas son distintas, los movimientos son limitados y todo desplazamiento interno o acción tiene que estar justificada. Ya solo la entrada es físicamente imponente para tu persona, empiezas a comprender que estás en un lugar punitivo en el que todo parece limitar tu persona.

La entrada es fácil con un funcionario amable y diligente que sale de su garita para darte la bienvenida, no es común esto, nos da las gracias por haber venido y nos deja pasar al segundo control, donde saludamos a unas chicas que limpian un patio con cuatro grandes pinos insertos en un suelo enlosetado que no está manchado, pero que es necesario que no se deje ensuciar. El tercer control es de acceso fácil, y cuando le pedimos al funcionario que anuncie el taller de “Introducción a la realidad” pone una cara que trasluce el escepticismo y la incredulidad, entiendo que se habrá hecho la pregunta de qué sentido tiene hacer estas cosas en la prisión.

Pasamos a través de diversas puertas y patios a nuestra aula, aunque antes nos asomamos al ruidoso gimnasio donde unas chicas se entrenan con unas mallas pegadas de infarto, se entregan violentamente a sus ejercicios de fortalecimiento de piernas subiendo y bajando las escaleras del gimnasio. Nos miran sorprendidas con una música atronadora. Es una opción centrarse en el cuerpo para pasar los meses o años de condena. Cultivar el cuerpo fortalece poder tener una mayor estabilidad emocional y mental. El deporte como vía de canalización para poder asumir el tiempo en este lugar tan complejo.

Llegamos ya a nuestro modulo, pero no sin antes volverme a sorprender con varias chicas, unas de color, a las que saludas con afecto y que al mirarlas con detalle observas en sus rostros la huella demoledora de la enfermedad mental. Puedes ver el drama que supone para la mente el encontrarse en prisión, la soledad, la ansiedad, el uso de sustancias toxicas, los diferentes efectos de la mente que no son tratados adecuadamente. Las enfermedades mentales como uno de los retos más necesarios que afrontar entre los presos. Las chicas se giran y nos devuelven un buenos días que resuena en el patio.

Por fin entramos en nuestra aula, hay ya alguna esperándonos con cierto nerviosismo, dando vueltas alrededor de la puerta con un gran cuaderno donde toma sus anotaciones y frases de otros talleres y cursos.

Antes de entrar veo a una chica limpiar con agua y lejía otro patio pequeño, el olor a lejía es lo que me produce un mayor rechazo. La intensidad de su olor y el exceso de su utilización para limpiar todo me produce repugnancia, ¿qué hay que limpiar con tanta violencia?, ¿qué hay que dejar inmaculado con tanta fricción? Hablo con la chica y ese tono dulce brasileño me recuerda a alguien que conocí hace tres años, me doy cuenta de que es Fernanda. La primera vez que entré en la cárcel ella asistía al taller y llevaba una semana en la cárcel. Lloraba y lloraba de manera desconsolada, con su pelo negro y perfectamente cortado y con la cara preciosa de una chica de unos 25 años. Le pregunto cómo está, ¿cómo vas? Me dice que hace los domingos meditación, que le ayuda personalmente. ¿Cuánto te queda? Me dejó impactado al decirme que no sabe cuánto le queda. ¿Cómo es posible vivir sin saber el tiempo que te queda en la prisión? ¿Cómo es posible vivir sin tener un horizonte de libertad? La miro de nuevo y me doy cuenta de que estos tres años van dejando huella en su rostro, ha perdido el brillo de su inocencia, el dolor, el peso del tiempo se muestra de manera agresiva en una cara cansada y triste. Me despido de ella esperando poder verla una de estas semanas que vaya de nuevo a la cárcel.

Empieza el taller y las siete chicas, americanas, europeas y africana, empiezan a intervenir de manera aturullada, leyendo y explicando sus redacciones sobre la vida, las cuales han escrito a lo largo de la última semana como un ejercicio de trabajo personal del taller. La conversación tiene un ritmo vertiginoso sobre temas de una intensidad vital que no te permiten permanecer de manera impersonal, sin involucrarte con tu propia experiencia. Surge el tema del perdón y de nuevo se inicia una conversación que va de lo general a lo específico de un caso concreto de una de las chicas. No puedo perdonar, no puedo perdonar a un amigo de los cuatro años que me regala una maleta para viajar y está llena de droga. Las consecuencias son, al menos, tres años de prisión en un país extraño.

El problema del perdón no es solo el daño que te han hecho, es el veneno amargo que se macera en el corazón del que soporta la ofensa. Es verdad, el perdón es una cuestión de tiempo, de recorrido de la vida, pero sobre todo porque hay otra persona que te permite mirar de una manera diferente y reconciliarte con tu persona, con la realidad y con el otro. Solo podemos acompañar y compartir, pues la experiencia es idéntica a la mía.

Nos despedimos, pero antes un encargo para esta semana. He sido perdonado esta semana en la cárcel, he perdonado. Y una recomendación, ayudaros, acompañaros entre vosotras a vivir.

Vamos a salir, pero de repente vemos que empieza la misa. No me gusta ir a esta misa pues acabo cansado de la tensión del taller, de estar atento a lo que sucede y porque es extensa en su duración. Pero me interesa sentarme en los bancos laterales y observar a las feligresas. El monaguillo parece poco centrado. La sacristana va elegante, como en otras ocasiones, parece que estamos en una iglesia del barrio de Salamanca si aislamos el resto de los presentes. Sandalias de marca, bolso de marca y vestido distinguido. De nuevo la sorpresa, lloran varias después de confesarse y al inicio de la misa. ¿Quién podrá sanar a estas mujeres? ¿Quién atenderá su dolor?

Mujer no llores… solo Él puede acoger y abrazar este sufrimiento.

Vuelves conmovido a casa. Vuelves deseando volver para encontrarte con la misma humanidad que tú sientes y padeces. Vuelves para estar, escuchar y acompañar. Vuelves para identificar la necesidad del otro como una respuesta a tu propia persona.

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