El Papa ante el Covid: de tú a tú

Mundo · Giuseppe Frangi
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10 septiembre 2020
Carlo Chiodi, 50 años, de Bérgamo (Italia), transportista de profesión, en pocos días perdió durante la pandemia a su padre y a su madre. Un dolor del que no era capaz de recuperarse, hasta el punto de agarrar papel y bolígrafo para pedir ayuda al Papa, ya que es creyente. “Movido por mi amor a mis padres y para honrar su memoria, quería someter mi experiencia a la persona que, el pasado 27 de marzo, en el silencio de una plaza de San Pedro vacía, mostró con más fuerza el sufrimiento que estaba atravesando toda la humanidad”, explica. Al cabo de un tiempo, Carlo encontró en su buzón una carta procedente del Vaticano. No era simplemente una respuesta a sus palabras, sino una invitación. Una invitación (ampliada a su mujer y a sus dos hijos) para ir a ver al Papa a Roma y hablar directamente con él sobre su experiencia y sufrimiento.

Carlo Chiodi, 50 años, de Bérgamo (Italia), transportista de profesión, en pocos días perdió durante la pandemia a su padre y a su madre. Un dolor del que no era capaz de recuperarse, hasta el punto de agarrar papel y bolígrafo para pedir ayuda al Papa, ya que es creyente. “Movido por mi amor a mis padres y para honrar su memoria, quería someter mi experiencia a la persona que, el pasado 27 de marzo, en el silencio de una plaza de San Pedro vacía, mostró con más fuerza el sufrimiento que estaba atravesando toda la humanidad”, explica. Al cabo de un tiempo, Carlo encontró en su buzón una carta procedente del Vaticano. No era simplemente una respuesta a sus palabras, sino una invitación. Una invitación (ampliada a su mujer y a sus dos hijos) para ir a ver al Papa a Roma y hablar directamente con él sobre su experiencia y sufrimiento.

No había rastro algo de recriminación en sus palabras, ni lamento por un destino tan amargo. Era algo más, y el papa Francisco lo captó enseguida. Era esa pregunta tan humana que todos nos planteamos cuando sufrimos una tragedia: “¿Señor, por qué?”. Una pregunta que puede acabar con nosotros, que a menudo halla respuestas basadas en un sentimentalismo religioso y en una fe reducida a una fórmula un poco mecánica. Pero esta vez, por una vez, Carlo y nosotros nos encontramos otra película, que por una vez resulta sinceramente creíble. El Papa no ha querido responder a la carta de Chiodi con simples palabras, que sin duda habrían sido de dolor, dado de dónde procedían, sino proponiendo un encuentro.

No ha respondido a esa pregunta tan angustiosa con un discurso sino con una presencia, su presencia. A las palabras ha respondido con un abrazo, como demuestra también el tono informal con que dicho encuentro se ha producido. Naturalmente, el Papa quería dar a entender que se trata de un abrazo personal pero que no solo él sino el Señor mismo se unía a ese abrazo a Carlo.

Naturalmente, Francisco también ha hablado y razonado con este hombre marcado por una doble pérdida. Pero hasta en las palabras ha evitado los consuelos fáciles. Se ha apegado a la realidad, una realidad que inevitablemente, como él mismo admitía, hace estallar en el corazón una profunda cólera por la desproporción de tal sufrimiento. Pues bien, ese enfado, decía el Papa, es una forma de oración. Es una manera de dirigirse al Señor no en abstracto sino en la concreción de una relación verdaderamente humana, dirigirse al Señor que es reconocido en la evidencia de su presencia real, justo en el momento en que, con sinceridad, se le pide cuentas de lo sucedido. En relación a la respuesta a ese porqué, el mismo Papa confesó su fragilidad, diciendo que reza “todos los días a Dios para comprender el sentido de este sufrimiento”.

Por último, el resultado más hermoso de este encuentro lo indicaba con gran sencillez el propio Carlo. “Durante la audiencia estábamos temblando”, reconoció. No temblaban porque se estuvieran enfrentando a verdades reveladas sino sencillamente “por la humanidad del Papa, que nos dedicaba un momento de escucha inolvidable”. Nada de discursos, sino un “tú a tú”.

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