El país de la vida

Mundo · Jesús de Alba
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10 noviembre 2020
Vísperas del viernes tarde. Me toca confinamiento duro por positivo en Covid. Al cristiano jamás se le ha ahorrado ninguna de las condiciones y circunstancias duras que le toca atravesar a su generación. Es más, tiende a asumir y acompañar las cruces de los demás. Ración doble. Este ha sido el gran pilar sobre el que se ha construido y desarrollado la civilización occidental: recuperar al más débil, acompañarlo, sacarlo adelante. Ternura del hombre, signo de la ternura infinita de Dios.

Vísperas del viernes tarde. Me toca confinamiento duro por positivo en Covid. Al cristiano jamás se le ha ahorrado ninguna de las condiciones y circunstancias duras que le toca atravesar a su generación. Es más, tiende a asumir y acompañar las cruces de los demás. Ración doble. Este ha sido el gran pilar sobre el que se ha construido y desarrollado la civilización occidental: recuperar al más débil, acompañarlo, sacarlo adelante. Ternura del hombre, signo de la ternura infinita de Dios.

Corren tiempos de desasosiego, temor, oscuridad, bloqueo, incertidumbre, sombras que empañan la vida común y personal. En medio de tanto malestar y frustración, palabras luminosas: “Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida” (Samo 114).

¿Dónde está ese país de vida que uno siente que se lo han birlado?

Más allá de la situación social actual provocada por la pandemia, interesa saber dónde anda la puerta de entrada y salida de este hermoso país de la vida porque también se observa que hay muchos elementos en la vida que pueden mostrar en el tiempo la doble cara del paraíso o el infierno. Tal vez la más destacada sean las mismas relaciones afectivas que en un primer momento nos introducían en la alegría de vivir y con el tiempo muchas se convierten en el mismísimo infierno. “L`enfer, c`est les autres”, dice la famosa frase de Sartre. El infierno son los otros.

No sabría decir con exhaustividad dónde se encuentra ese país de la vida, pero sí señalar algunas de las características.

1.- La puerta de entrada a este país está siempre como oportunidad en todo instante. Siempre. No tiene que ver tanto con las circunstancias que nos rodean como habitualmente pensamos. Como nos han enseñado las interminables generaciones pasadas, jamás desaparece por dura que sea la circunstancia. Ahí tenemos al padre Kolbe en el campo de concentración de Auschwitz por poner un ejemplo extremo o san Carlos Borromeo en medio de la peste negra, único momento en la historia de la humanidad donde la población decreció de forma notable.

2.- Es una gracia, un don. Pèguy dice que la gracia “es impredecible como una mujer y como una mujer tenaz y obstinada está hecha de una sola pieza. Los hombres que Dios quiere que la tengan, la tienen. Los pueblos que Dios quiere que la tengan, la tendrán (…) la gracia no toma nuestros mismos caminos. Y nunca jamás toma dos veces el mismo itinerario. Es libre, dice la historia, la fuente de toda libertad”.

3.- Un trabajo. La gracia debe encontrar espacio en nuestro corazón testarudo y cerrado tantas veces a su acción.

Conviene no equivocar el tipo de trabajo. Para el hombre moderno, la conciencia es el lugar donde uno genera pareceres y pensamiento propios, y tiene el derecho a afirmarlos porque se considera a sí mismo la fuente de todo. En cambio, para el hombre cristiano la conciencia es el lugar íntimo donde uno busca y escucha la verdad que le viene de Otro más grande.

4.- El testigo. El testimonio. Cuentan que Justino, uno de los primeros padres de la Iglesia y grandísimo filósofo, iba caminando por la playa pensando en cómo poder descubrir la verdad de la vida después de haber pasado por todas las escuelas filosóficas de su tiempo sin encontrar respuesta. En su diálogo con Trifón, cuenta que se encontró con un anciano de aspecto venerable. Enseguida la conversación transcurrió por el sendero de interrogantes que los filósofos no son capaces de responder por la sola razón. El anciano entonces le habla de unos hombres bienaventurados, justos y amigos de Dios que hablaron por inspiración divina. Acabó exhortándole a seguir sus consejos y seguir a esta gente. Cuenta Justino que en seguida sintió que se encendía un fuego en su alma y se apoderaba de él el amor a los profetas y aquellos amigos de Cristo y que, reflexionando sobre los razonamientos del anciano, halló que esta sola es la filosofía segura y provechosa.

Desde hace 2000 años, siempre el mismo método. “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras? “(Lc 24,32), decían los discípulos de Emaús que se encontraron con Cristo resucitado.

El anciano exhortaba a Justino, uno de los grandes santos y padres de la Iglesia, a no dejar apagarse en él esa llama recién encendida y seguir a aquellos amigos de Dios.

Tal cual hoy. ¡El país de la vida!

La alternativa, tantas veces, la conocemos muy bien, como canta magistralmente Nacho Vegas: “Tracé un ambicioso plan, consistía en sobrevivir”.

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