Diálogo con Mikel Azurmendi

¿El otro es un bien?

Cultura · PaginasDigital
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30 diciembre 2020
Esta semana ha tenido lugar en el Obispado de San Sebastián, a iniciativa del obispo Munilla, una conversación a tres en la que él manifestaba la enorme dificultad de asegurar un proceso de reconciliación entre los vascos tras la convulsa reciente historia de terrorismo y el nulo arrepentimiento de los victimarios. Auguraba que el pueblo vasco, tan arraigado otrora en la fe cristiana, no se reconciliará en la paz ni se hermanará en tanto no vuelva a Jesucristo. Indicó como muy positivo el hecho de que un etarra de los inicios pero luego perseguido por ellos hubiese dado un paso hacia ese proceso de vuelta a la fe cristiana.

Esta semana ha tenido lugar en el Obispado de San Sebastián, a iniciativa del obispo Munilla, una conversación a tres en la que él manifestaba la enorme dificultad de asegurar un proceso de reconciliación entre los vascos tras la convulsa reciente historia de terrorismo y el nulo arrepentimiento de los victimarios. Auguraba que el pueblo vasco, tan arraigado otrora en la fe cristiana, no se reconciliará en la paz ni se hermanará en tanto no vuelva a Jesucristo. Indicó como muy positivo el hecho de que un etarra de los inicios pero luego perseguido por ellos hubiese dado un paso hacia ese proceso de vuelta a la fe cristiana.

Invitó a Fernando de Haro a que hiciera luz sobre este proceso personal de Mikel Azurmendi. Este fue el diálogo on line que quedó grabado por si interesase al público.

Escribe Dostoievski en Los hermanos Karamazov: ´un hombre culto, un europeo de nuestros días, ¿puede creer, realmente creer, en la divinidad del hijo de Dios, Jesucristo?´. Tú, Mikel, eres un hombre culto, un europeo de nuestros días, ¿qué ha hecho posible en ti creer en la divinidad de Jesucristo?

Desde Dostoievski acá no conozco ningún itinerario mental que mediante algún proceso de argumentación inductiva y procedimientos de rigor lógico haya generado en alguna persona culta la creencia en Dios. Hasta el caso mismo de la conversión del ateo C.S.Lewis, célebre argumentador acerca de la creencia en Dios, se debió a un encuentro fortuito con un libro de Chesterton estando enfermo en el hospital durante la I Guerra mundial. La alegría de vivir que encontró lo dejó en el estupor durante largo tiempo hasta que su encuentro personal con Tolkien hizo el resto.

No es de extrañar que la vía argumentativa de carácter exclusivamente intelectual hacia Dios esté prácticamente cerrada en lo que fue cristiandad de Occidente, dado que el cuenco de lo “culto” o eso que se podría considerar impulso transmisor del conocimiento de lo humano ha constituido la universidad. Y la institucionalización de los diferentes ámbitos de saber humanístico en la universidad del s.XX consistió en alegar argumentos contra Dios o para marginar a Dios de la comprensión de lo humano. La sociología se constituyó como ciencia humana a partir del combate contra la religión, en particular la cristiana. Durkheim y Weber fueron dos hombres cultísimos pero ateos militantes. La psicología se empecinó tempranamente, ya desde Freud, en considerar la religión como una enfermedad mental, neurosis obsesiva. La filosofía reconvirtió el positivismo decimonónico en una navaja para sajar por lo sano toda creencia o afirmación no basada en un soporte empírico. Dios no es nada empíricamente perceptible, luego creer en Dios no es en nada diferente a creer en centauros, hadas o sirenas. La antropología aportó el relativismo de las muy diversas costumbres de las muy exóticas maneras de ser humano donde dioses, espíritus y ancestros servían para canalizar las necesidades materiales. Dios era el nombre o el trasunto de funciones imperiosas como alimentarse, generar vida o hacer la guerra para hacerse con esclavos o con mujeres. Desde mediados de siglo, el materialismo en su versión marxista y hasta marxista-leninista acorazó aún más ese cuenco de la transmisión cultural posibilitando que los departamentos humanísticos universitarios sean hoy un espacio de hombres y mujeres aherrojados por el temor a salirse de lo correcto.

Me pondré como ejemplo yo mismo, absolutamente prendado de la línea de pensamiento de McIntyre en ética y de la de R.Girard en antropología. En cuando me cercioré de que ambos acababan de convertirse al cristianismo, optando el filósofo exmarxista por el neo-tomismo y el antropólogo francés por Jesucristo como ejemplo de desvelamiento de lo sagrado de la violencia, corté con mi interés por sus doctrinas que yo había juzgado muy argumentadas.

A lo que haya de gente “culta” en la universidad de hoy le da risa aquel argumento ético del entorno del descreído Iván Karamazov de que lo que nos mueve a ser buenos y evitar el mal es creer en el más allá. O sea en Dios y la inmortalidad.

Yo, que he buscado sin embargo la vida buena de manera permanente, no la he encontrado en libros y argumentaciones ilustradas y eso que, militando en asociaciones civiles, esa necesidad se me volvía perentoria. De súbito, hete aquí que ante mis ojos, atónito, me doy de bruces con cristianos de vida buena y bella, una gente nada común que vive un tipo de existencia imitando a Jesús. Me causa un hondo estupor que Dios sea una experimentación de vida en el amor del otro y que el experimento les dé una alegría como no he visto en ninguna otra parte del mundo en toda mi vida.

Mi encuentro fortuito con una persona y luego otra y otra después, así durante dos años de investigación, convierte en admiración aquel gran estupor inicial al encontrarme ante una cadena de encuentros de cristianos viviendo una existencia realmente feliz. La admiración te lleva a desear emular aquel horizonte insólito de vida sin ideología, hasta el punto de dar una orientación decisiva a tu vida. Ese es mi acceso a Dios.

Y por lo que ahora he sabido, ese es el acceso común de la gente culta de Dostoievski acá. Para empezar, él mismo se convirtió por un encuentro con personas cristianas en su prisión siberiana, cosa idéntica a la que le ocurrió a Solzhenitsyn en el gulag. También un encuentro con personas excelentes les motivó a convertirse a Dios a los filósofos ateos Maritain y G.Marcel. Se trata de una emoción que te conmociona hasta llevarte a la admiración impulsando un proceso racional de cambio absoluto de tus concepciones generales de la vida. Esta emoción puede ser acústica, como les sucedió al filósofo García Morente escuchando a Berlioz o a Simone Weil escuchando la infinita tristeza de un fado portugués.

Tú tenías cerca el cristianismo pero creías ya saber lo que era. Lo habías abandonado. ¿Por qué en un momento determinado vuelves a mirarlo, a considerarlo como hipótesis?

Aunque tarde, la inmensa fortuna de haberme encontrado con cristianos, cuyo estilo de vida produce una existencia bella y buena, me propició caer en la cuenta de los dos ejes centrales que producen ese tipo de existencia. Uno, considerar que la vida es un don, algo que se nos da de manera gratuita y que nosotros damos también a otros de manera gratuita. Y dos, que el otro es un bien, y lo es siempre: no tengo ni adversario ni enemigo.

Estos dos ejes basculan sobre aquella doble recomendación de Jesús: “la vida es para darla. Quien la quiera guardar la perderá”. Y “lo que hagáis a vuestro próximo a mí me lo hacéis”, amadlo como a vosotros mismos. O sea, la vida es para ofrecerla unos a otros en un servicio gratuito de amor.

Ahí las tenemos grabadas en nuestro propio cuerpo las dos marcas físicas de la donación gratuita: el ombligo y el sexo. Se nos ha dado la vida por amor y la daremos en el amor. Y está también en nuestro cerebro esa otra espectacular traza de las neuronas-espejo que nos confieren uno al otro una sintonía corpórea de motivaciones, sentimientos y hasta intenciones.

O sea, que aunque tarde, me he topado con dos concepciones esenciales en las antípodas del concepto de individuo y que son justamente las que proporcionan la vida buena. “Individuo”, en tanto que concepto central de nuestra vida social occidental, se basa en concebir la vida como algo que me pertenece por derecho propio y consiste en mi consumado esfuerzo por sobrevivir, a codazo limpio, caiga quien caiga a mi alrededor. Yo, con mis deseos e intereses propios, exijo lo que es mío, mis derechos.

Aun rechazando por completo los regímenes de constricción violenta social-comunistas que coartan la vida libre de las personas, comprobaba yo que la vida “libre” del individuo democrático-liberal ha llegado a ser en nuestros días de manifiesta hostilidad social. Aquí, “libertad” no es vincularse bien con el otro (porque el otro es un bien) sino poder uno elegir sin constricción de nadie: que nadie me lo impida. Aquí, “bien común” tampoco existe ni como noción, pues lo que llamamos “bien general” puede ser el de una mitad de la población contra la otra: yo con los míos organizo mis intereses de manera a aliarlos con los que necesite para así poder excluir a casi la otra mitad de la población.

Mi búsqueda de la vida buena, al no hallar referencia empírica alguna, se había ido agotando entre argumentos de los diferentes autores ilustrados, al estar fundamentados todos en la preferencia personal, incluido el imperativo categórico. Sólo encontraba “elija usted lo que quiera, pero elija”. Kierkegaard ya vio esa trampa pero creyó superarla poniendo una alternativa: o ética o estética pero no daba razones para elegir cualquiera de ambas. Nietzsche lo vio más claro y dictaminó que había que dejarse de zarandajas, que la vida grande era elegir a lo grande. “Elija usted por sí mismo, hombre”, porque todos los consejos ilustrados esconden bajo Dios el porqué de su elección. Sin embargo, si la elección es el criterio valorativo de una existencia, ¿qué diferencia hay entre yo y un terrorista? Ninguna, puesto que ambos elegimos, sólo que cosas diferentes según las preferencias de cada cual. He ahí el criterio último de la elección.

Mi encuentro con estos cristianos me muestra que no es la razón ética o estética la que alimenta una vida buena, ni mucho menos la pura voluntad de elegir. Su hipótesis es existencial, afecta a elegir abrazarse de por vida al Jesús ese del amor: la vida es un don y el otro es un bien. De ahí que yo prefiera elegir la verificación de esta hipótesis, dados sus resultados.

Has estudiado a fondo la historia de las religiones. ¿Qué diferencia hay entre la idea de Dios y un Dios con el que te encuentras?

En nuestra civilización que data de 2000 años, Dios es una idea, muy importante pero muy separada de las prácticas sociales: “Dios” no induce a existir como si Dios existiese. Tras la influencia de mil debates metafísicos y teológicos, casi todo el mundo puede balbucear de Dios que si es el sumo Bien, que si es el Todopoder que crea de la nada, que si es Algo más allá de lo cual nada puede ser pensado, que si es Substancia pura, que si el único Ser que se basa en sí mismo o un Señor que premia y castiga, como se discutía en Los Karamazov en el entorno del descreído Iván.

En la Historia comparada de las Religiones que yo enseñaba en la universidad desde la antropología, el relativismo cultural me impedía la comparación entre sociedades por ver qué diferencias vitales y existenciales había entre pueblos que consideran a Dios como simple idea o como un factor explicativo y conativo, motivante de vida.

Pero he aquí que me encontrado con existencias cristianas que experimentan en su vida diaria a un Dios que se hizo de carne y hueso, Jesús de Nazaret.

Al ser humano, hallándose tan absolutamente equivocado haciendo guerras por la dominación del mundo y la esclavitud que hasta podía desaparecer del mundo, Dios decidió darle otra oportunidad de existencia. Jesús fue el Dios que probó como nosotros una vida de humano de otro tipo de vida a base de experiencias personales de encuentros de amor total.

No existe en la historia de las culturas un solo caso que se asemeje a esta vida con este mensaje de un amor que se vuelve esperanza.

Jesús abrió un camino nuevo hacia Dios en medio de una sociedad en algo semejante a la nuestra, al menos en cuanto al divorcio entre las creencias y las prácticas pues los que dominaban la sociedad no practicaban aquello a lo que obligaban al pueblo a hacerlo. Con su práctica Jesús apagó el enfoque de los preceptos de la ley y los rituales: eso no conduce a nada de por sí solo, sostenía Jesús. Al joven rico que cumplía con todos los preceptos y ritos pero quería saber qué más debía hacer, Jesús le sugirió que era un buen chico pero estaría muy bien que vendiese su fortuna, la diese a los pobres y le siguiese a Él: “Ven y sígueme”. Lo que se precisa es una existencia nueva desde el amor comenzando por el más próximo, por tu mismo hermano con quien no te hablas.

Jesús hace de puente, nos hace comprensible Dios, no como idea sino como oferta/exigencia de amor. Desde Jesús se percibe Dios como una espectacular bomba atómica de amor pues loco parecería estar cuando se hizo carne humana por puro amor, por enseñarnos otro modo de vivir. Dios nos aparece desde entonces como ese espacio de amor entre tú y otro, entre tú y tu mujer, entre tú y aquel con quien te relacionas. Lo sabes que es así porque Jesús lo aseguró practicándolo él mismo.

¿Cómo llegas a tener certeza, 2.000 años después, en que aquel hombre que andaba por Palestina es el Hijo de Dios?

Aquel acontecimiento inscrito con fechas, lugares, parientes, amigos y enemigos es bastante más seguro y preciso que cuanto sabemos de pensadores antiguos o estadistas como Sócrates y Platón o como Trajano o cualquier hombre de la antigüedad. El relato histórico señala que resucitó pero tan prodigioso como resucitar fue que uno a uno, sus apóstoles tan llenos de mezquindad y miedo viviesen imitando su vida y muriendo asesinados. Y uno tras otro, haya existido una cadena humana de existencias tensadas por el amor y la imitación de su vida.

Hoy en el mundo corrompido de la posverdad y con una Iglesia demasiado humana y poco fiel al Evangelio hay existencias que experimentan a diario el amor gratuito acogiendo niños necesitados de familia o a niños muy discapacitados carentes de afecto. O acompañando a escolares a entrar en la realidad desde su propia vida entendida como un regalo. O practicando la caridad a lo madre Teresa de Calcuta ofreciendo cobijo durante la pandemia a los necesitados de casa, y alimento para las familias necesitadas. O defendiendo a cientos de mujeres nigerianas que tras haber sido violadas contrajeron el sida y pese a preferir morirse, siguieron el ejemplo de la enfermera Bousingye, hicieron por restablecerse hasta el punto de crear un hospital de mil camas en Kampala. O creando familias bien avenidas que son la esperanza social. O dando su vida por defender su estilo de vida (en 2018, 4.300 cristianos fueron asesinados por serlo. China detuvo a 1.130 cristianos. A millones fueron perseguidos en el mundo, según Europa Press).

De dos mil años acá existe una cadena ininterrumpida de cristianos viviendo en el amor no un día de su vida ni un mes ni unos años, sino toda su vida. Eso no puede ser producto de una equivocación. Nadie se equivoca amando a los necesitados de la misma manera que ninguna madre se equivocó durante millones de años protegiendo a sus bebés contra viento y marea. Amar al estilo de Jesús no es producto de un error y tan real como esa cadena de seres amando al otro debe de ser real Jesús-Dios.

¿Qué cambia en la vida cuando se reencuentra el cristianismo?

Acaso te parezca de risa pero lo que cambia es la vida misma incluso a la edad de 78 años. Se trata de una experiencia de muerte del hombre viejo y recuperación del instante. Comienzas un nuevo aprendizaje. La vida ya no se te presenta incierta, aprendes a vivir sin aleccionar desde el pasado, desde tus batallitas. Pero aprendes a tampoco interrogar al futuro ni temer tu vulnerabilidad, tu Alzheimer o tu decrepitud. Cada instante es un gloria de vida, como un anticipo de lo eterno; sin duda un estallido de alegría. Uno se ve re-nacido, ama la vida y da gracias a cada momento. Lo expresas en rezos, como al despertarte y expresar a quien te hace vivir que te ayude a vivir lo mejor posible. O lo expresas en dejar lo que haces para atender al que te solicite, en ceder tu “precioso” tiempo a un pelma que te retiene al teléfono. Uno no pretende recuperar el tiempo perdido, el tiempo es solo el que tienes entre manos, es cada minuto, y lo ofreces a puñados. Uno está, sin más, receptivo y a disposición, estás en la vida, estás a flor de piel, abierto a la realidad, sin inyectarle doctrina ni ideología.

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