El nuevo espaldarazo de Kirchner a un país asfixiado

Mundo · Arturo Illia
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14 abril 2014
Argentina por fin decidió reaccionar ante una situación que la está llevando hacia una crisis (la enésima), pero sobre todo a una ruptura del pacto social. La fábula de la “Década ganada” se enfrenta diariamente a una realidad que ya ha llegado a una disgregación total, fruto no sólo del fracaso de una política gubernamental claramente previsible sino del estallido de la cultura del odio al kirchnerismo, que en su absolutismo jacobino ha transformado al país en un “Far West” desde el punto de vista de la seguridad.

Argentina por fin decidió reaccionar ante una situación que la está llevando hacia una crisis (la enésima), pero sobre todo a una ruptura del pacto social. La fábula de la “Década ganada” se enfrenta diariamente a una realidad que ya ha llegado a una disgregación total, fruto no sólo del fracaso de una política gubernamental claramente previsible sino del estallido de la cultura del odio al kirchnerismo, que en su absolutismo jacobino ha transformado al país en un “Far West” desde el punto de vista de la seguridad.

Continúan y se multiplican los linchamientos de los que ya ni siquiera se hacen eco los informativos, la violencia de las bandas armadas controla barrios enteros, no sólo en la periferia, y el poder del narcotráfico se ha instalado de manera estable en el país. Las principales organizaciones sindicales convocaron para el pasado jueves una huelga general que tuvo un efecto paralizador: las calles de Buenos Aires, como las de todo el país, estaban desiertas, sólo se garantizaron las actividades esenciales, y aun así los grupos de extrema izquierda organizaron bloqueos callejeros para impedir que la gente fuera a trabajar.

Por su parte, el gobierno recurrió a las excusas más imaginativas para ocultar su fracaso. Su portavoz, Capitanich, acusó a los organizadores de estos bloqueos y aseguró que, si no fuera por ellos, la huelga habría fracasado. Esta actitud resulta un tanto ridícula, por dos razones. La primera es que el gobierno niega la evidencia, como siempre, puesto que la actividad de los piquetes ha sido superflua en comparación con el alcance de la huelga. La segunda es que estos bloqueos siempre han sido defendidos por el poder kirchnerista como un derecho sagrado de expresión popular, hasta el punto de llevar al Parlamento a un personaje como el “diputado” Luis D’Elia, protagonista habitual en este tipo de manifestaciones y de otras formas de protesta menos “democráticas”.

La inflación, unida a la grave situación económica a la que se dirige Argentina, ha llevado a la necesidad de una adecuación salarial sustancial por parte de muchas categorías de trabajadores, algunas de las cuales gozan de sueldos miserables soportando además una imposición fiscal nunca vista. Pero es la situación general, con políticas económicas que han destrozado la economía y aumentado el nivel de desempleo de manera impensable hace unos años, las que han generado los mayores problemas, llevando a las organizaciones sindicales a oponerse firmemente a un poder político que les había cooptado años atrás mediante la “carismática” figura de Néstor Kirchner y su mar de promesas incumplidas ya bajo su presidencia. Una situación que se ha agravado hasta llegar al extremo opuesto tras la gestión de Cristina, provocando una fractura irreparable ya no sólo con las organizaciones sindicales, sino con la sociedad entera.

El gobierno ya sólo no cuenta con el apoyo, obligado, de los empleados públicos y se encuentra en una situación seriamente comprometida. Un cambio radical en el ámbito intelectual, cuyo apoyo se había forjado con grandes donaciones a organizaciones filogubernamentales de derechos humanos, cooptadas también ellas con lucrosas subvenciones e implicadas en escándalos que han puesto en evidencia el uso efectuado por el poder, reducido a escudo mediático para cubrir las diversas fechorías cometidas por el gobierno.

En rueda de prensa los líderes sindicales han insistido en que la huelga general es un mensaje dirigido a la presidenta Cristina Fernandez de Kirchner, pero se han mostrado disponibles a dialogar, dando a entender que la protesta podría no repetirse. Quién sabe qué pensaría el ex presidente Alfonsín, desaparecido hace cinco años, un político que heredó un país de una dictadura militar y que hizo de todo para que pudiera vivir una verdadera democracia, mediante medidas económicas orientadas a su desarrollo. Encontró una fuerte oposición en las organizaciones sindicales, que en Argentina son de matriz peronista, con hasta catorce huelgas generales que le obligaron a dimitir, dejando el país en manos del peronista Menem, que hizo todo lo contrario de lo que había prometido (como parece que se está repitiendo de nuevo), llevando a Argentina hacia una deriva neoliberal que terminó con la infausta crisis de 2001.

La fábula kirchnerista de la “Década ganada” es el enésimo producto peronista, que –al igual que los anteriores– han llegado a Argentina a una serie de crisis devastadoras de las que sólo se ha ido reponiendo gracias a su producción agrícola y cárnica, dos sectores que el kirchnerismo ha conseguido también poner en crisis en los últimos cinco años, a pesar de una situación económica mundial que favorecía su desarrollo.

Cuando las organizaciones sindicales consigan abrirse de verdad a un diálogo político serio que incluya también a los sectores no peronistas, entonces el país habrá dado un paso decisivo hacia ese cambio que parece la única solución capaz de garantizar un desarrollo que ponga fin a una década de crisis.

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