El norte de África teme el efecto contagio

Mundo · Riccardo Cascioli
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18 enero 2011
Los dramáticos acontecimientos de Túnez abren dos interrogantes: el primero, sobre los posibles escenarios que podrían darse en el país después de Ben Ali; el segundo, sobre el impacto que estos hechos pueden tener en otros países del norte de África con regímenes autoritarios o semi-autoritarios.

Respecto a la primera cuestión, hay que tener presente que la verdadera fuerza que guía el país es el ejército. En 1987 fueron los generales los que decretaron el fin del viejo Bourguiba y llevaron a Ben Ali al frente del gobierno. Ahora repiten la operación, pero el contexto ha cambiado radicalmente. Túnez ha crecido tanto desde el punto de vista demográfico -sobre todo ha aumentado la población joven- como económico, y sobre todo ha crecido en conocimiento, ya que hoy, gracias a Internet y los satélites, es posible conocer un mundo que hace veinte años no era posible siquiera imaginar. Por lo demás, la corrupción y el aumento de las diferencias sociales creadas con el gobierno de Ben Ali hacen que sea urgente acometer reformas políticas y económicas, sin las cuales será muy difícil controlar la situación. Así lo demuestra el hecho de que la huida de Ben Ali no haya aplacado las protestas, debido también a que Ben Ali era considerado sólo como el fiel ejecutor de quien realmente daba las órdenes, el primer ministro Mohamed Ghannouchi. Por otro lado, en la oposición legal no hay ninguna alternativa posible. Sin embargo, el comité de transición, si no quiere perder el control del país, debe poner en marcha inmediatamente las reformas, empezando por la electoral, ya anunciada, de modo que dentro de seis meses se pueda votar democráticamente.

Y aquí llegamos a las relaciones de Túnez con los demás países del norte de África y Oriente Medio. Argelia, Marruecos, Egipto, Libia, con situaciones internas diferentes entre sí, comparten con Túnez una larga etapa de gobiernos autoritarios que se han mostrado incapaces de responder a los desafíos de la modernización de sus respectivos países y que están en un momento crítico. En estos años, uno de los principales puntales del régimen ha sido la amenaza del fundamentalismo islámico, que ha justificado el autoritarismo. Pero esto ya no vale, bien porque la gente está cansada de regímenes autoritarios y corruptos, o bien porque el fundamentalismo se presenta como la única alternativa capaz de responder a esta situación. Hasta el punto de que los partidos religiosos esperan poder conquistar el poder en las elecciones democráticas. La mejor de las hipótesis es el "modelo Turquía", donde un partido islámico apoyado en el ejército consigue que convivan las instancias religiosas y las laicas. Pero la peor la encontramos en Gaza, con la victoria de Hamás, y más atrás en el tiempo en Argelia, con la amplia victoria electoral del FIS (Frente Islámico de Salvación).

El temor al contagio en la región es palpable, y un ejemplo lo acabamos de ver en Sudán, donde la oposición ha llamado a la población a salir a la calle como en Túnez. Pero el punto más débil es sin duda Egipto, como hemos visto en las últimas semanas, inmerso en un proceso de transición que está creando una gran inestabilidad y donde la presencia fundamentalista es mucho más peligrosa que en Túnez o en Marruecos.

Será importante ver qué sucede en los próximos días y semanas en Túnez.

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