ALEMANIA

El miedo entra en escena

Mundo · Ángel Satué
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27 septiembre 2017
Si hay una imagen que destacaría de las pasadas elecciones alemanas es la de todos los candidatos en un mismo estudio de televisión, comentando los resultados electorales… en la noche electoral. Es admirable lo que los españoles debemos aprender aún de democracia, participación, civismo y transparencia.

Si hay una imagen que destacaría de las pasadas elecciones alemanas es la de todos los candidatos en un mismo estudio de televisión, comentando los resultados electorales… en la noche electoral. Es admirable lo que los españoles debemos aprender aún de democracia, participación, civismo y transparencia.

También dan lecciones malas los del norte. Por ejemplo, la irrupción de un 13% de votantes en las filas del primer partido de extrema derecha alemán con representación parlamentaria desde la época más oscura de Europa, la nazi, solo superada por la Europa comunista.

En esto, no obstante, podemos darles también lecciones nosotros, los latinos, pues Podemos en España, el Movimiento 5 Estrellas en Italia, Syriza en Grecia, o la coalición comunista en Portugal, son de extrema izquierda y extremo populismo (social-populistas y comunistas).

La buena noticia es que si hay un común denominador a todos ellos es que son más parecidos sus votantes y militantes a oportunistas, vividores, idealistas, románticos y cabreados que nazis o comunistas, aunque no les conozco a todos. Es una impresión. Esto parece positivo pues de lo contrario estaríamos en una prerrevolución europea.

Otro factor clave de estas elecciones, como de todas las del último lustro, es que pude seguir la noche electoral vía Twitter –una red social muy útil para crear opinión y difundir noticias, información, propaganda e, incluso, desinformación–.

O sea, que el mundo va transformándose, y nosotros con él. Cuando la transformación comienza a superar nuestras seguridades y certezas, comienza a aparecer un sentimiento de miedo e inseguridad. Es aquí donde trabaja el populismo. Casi como psicólogos tratan de que conectemos con nuestras emociones, nuestros sentimientos ante lo que vivimos. Vivimos una realidad, por ejemplo, que incluye a inmigrantes, pero ¿cómo la vivimos? Y sobre todo, ¿cómo la debemos vivir de acuerdo a nuestros valores? Cuando no hay coherencia, concordancia entre sentimientos y valores (no contravalores, por ejemplo, que la muerte o la violencia sean un bien), cuando faltan algunos de los pilares, el hombre se derrumba y con él, la sociedad, el sistema.

Pues en Alemania ha pasado un poco lo que está pasando en el resto de Europa, pero como son más ricos, pues algo menos, y como son más alemanes –dicho con todo el respeto– pues parece que el asalto a los cielos se hará poco a poco y ordenadamente. ¿Se hará? Tal vez. En el pasado, desde luego que se hizo. El presente en cambio es nuestro. De ellos. Es lo bueno. También, cuando no se está preparado ni formado, puede ser lo malo. Los europeos estamos un poco en esto. No sabemos muy bien lo que es bueno o malo, pero queremos decidir por nosotros mismos, todo (¡Oh, Hegel!), pero si nos equivocamos queremos, eso sí, tener una red social y de seguridad, y echamos la culpa al otro, que además parece que reza raro y es oscurito. Creo que tendríamos menos miedo si conociéramos más nuestro arraigo y estaríamos más ciertos en pocas cosas, pero las importantes.  

Así que sí, opino que la bestia del miedo ha aparecido ya formalmente en Alemania. La bestia del miedo no suele tener miedo, sino que se alimenta del de los demás.

La sociedad alemana ha apostado por la estabilidad y la continuidad, pues el 75% votó por partidos de siempre, pero querría escapar del continuismo y hacia no se sabe dónde –ideología nadista–, por lo que una parte ha apostado por soluciones escapistas, más en el este donde además el problema de la autoestima se da por duplicado.

Angela Merkel renueva por cuarta vez. Pasará a la historia ya por esto, pero el proyecto de profundización europea propuesto a primeros de mes por Juncker, del que Macron es un apóstol –presupuesto común para la Eurozona (zona donde tenemos la moneda del euro)–, queda tocado, lo que sin duda, a la larga, va a generar más ansiedad en los alemanes, y en los europeos, que quieren certezas y la Unión las puede ofrecer. Pero es que estas solo son de Dios. Aviso por tanto a los europeístas de todo pelaje, como yo. El miedo a la libertad es lo que suele traer la barbarie y la dictadura, y el colapso. El monstruo del miedo va a seguir creciendo en Alemania.

La Gran Coalición con los socialdemócratas no se va a repetir por expreso deseo de estos, con sus peores resultados de la historia tras la guerra mundial. Queda aún la opción de un gobierno tripartito, nunca antes intentado a nivel federal en Alemania, con liberales y verdes –grandes ganadores morales, con un 10%–. Se conoce esta opción como la jamaicana, pues los colores de los tres partidos conservador, liberal y ecologista forman la bandera jamaicana, ello a pesar de tener políticas muy antagónicas, y por cuyo equilibrio deberá velar Merkel.

En cuanto a los socios bávaros, hasta 2018 van a estar echados al monte y no van a salir de paseo con Merkel salvo que sea necesario, aunque parece que llegarán a algún tipo de entendimiento. No quieren oír hablar de refugiados o inmigrantes, para asegurarse la victoria en 2018 en su Länder. Han perdido en estas elecciones el 12% de sus votos en favor de la extrema derecha. La prensa conservadora no descarta nuevas elecciones, pero Merkel es también ambiciosa y, en el fondo, no quería hacer seguidismo en Europa del joven europeísta Macron, así que tener que nadar y guardar la ropa en casa al moderar una coalición tan heterogénea será una excusa perfecta en una Bruselas que tenderá, por tanto, a la parálisis, al menos hasta las elecciones de 2019 al Parlamento Europeo. Alemania tiene dinero de sobra para permitirse cierto desgobierno, pero no parece ir con su carácter nacional. Y si han votado a Merkel es precisamente para evitar las sorpresas. Creo que vamos a ver otra Merkel distinta, “maternalista”, y puede que no sea su declinar político.

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