El mensaje del Papa al Meeting 2018

España · PaginasDigital
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20 agosto 2018
El lema del Meeting –“Las fuerzas que mueven la historia son las mismas que hacen feliz al hombre”– retoma una expresión de don Giussani que hace referencia a ese momento crucial que vivió la sociedad en torno al 68, cuyos efectos no se han agotado cincuenta años después, tanto que el papa Francisco afirma que «hoy no vivimos una época de cambios sino un cambio de época» (Discurso al V Congreso nacional de la Iglesia italiana, Florencia, 10 de noviembre de 2015).

El lema del Meeting –“Las fuerzas que mueven la historia son las mismas que hacen feliz al hombre”– retoma una expresión de don Giussani que hace referencia a ese momento crucial que vivió la sociedad en torno al 68, cuyos efectos no se han agotado cincuenta años después, tanto que el papa Francisco afirma que «hoy no vivimos una época de cambios sino un cambio de época» (Discurso al V Congreso nacional de la Iglesia italiana, Florencia, 10 de noviembre de 2015).

La ruptura con el pasado se convierte en el imperativo categórico de una generación que ponía sus esperanzas en una revolución de las estructuras capaz de asegurar una mayor autenticidad de vida. Muchos creyentes cedieron a la fascinación de esa perspectiva e hicieron de la fe un moralismo que, dando la Gracia por descontado, confiaba en los esfuerzos de realización práctica de un mundo mejor.

Por eso es significativo que, en ese contexto, a un joven totalmente implicado en la búsqueda de las “fuerzas que dominan la historia”, don Giussani le dijera: «Las fuerzas que mueven la historia son las mismas que hacen feliz al hombre» (Luigi Giussani. Su vida, Encuentro 2015). Con estas palabras, le desafiaba a verificar cuáles son las fuerzas que cambian la historia, elevando así el rasero con el que medir su empeño revolucionario.

¿Qué ha sido de aquel intento? ¿Qué ha quedado de aquel deseo de cambiarlo todo? No es este el lugar para hacer un balance histórico, pero podemos reconocer ciertos síntomas que emergen de la situación actual de Occidente. Vuelven a erigirse muros en vez de construirse puentes. Se tiende a cerrarse, en vez de abrirse al otro que es diferente a nosotros. Crece la indiferencia más que el deseo de tomar la iniciativa para un cambio. Prevalece una sensación de miedo sobre la confianza en el futuro. Y nos preguntamos si en este medio siglo el mundo se ha vuelto más habitable.

Esta pregunta también nos afecta a nosotros cristianos, que hemos pasado por la etapa del 68 y que ahora estamos llamados a reflexionar, junto a muchos otros protagonistas, y preguntarnos: ¿qué hemos aprendido?, ¿qué podemos atesorar?

Desde siempre, la tentación del hombre es la de pensar que su inteligencia y sus capacidades son los principios que gobiernan el mundo, una pretensión que se realiza de dos maneras. «Una es la fascinación del gnosticismo, […] donde en definitiva el sujeto queda clausurado en la inmanencia de su propia razón o de sus sentimientos. La otra es el neopelagianesimo […] de quienes en el fondo solo confían en sus propias fuerzas» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 94).

Pero entonces, ¿el cristiano que quiera evitar estas dos tentaciones debe necesariamente renunciar al deseo de cambio? No, no se trata de retirarse del mundo para no correr el riesgo de equivocarse ni para conservar la fe como una especie de pureza incontaminada, porque «una auténtica fe […] siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo» (ibid.., 183), de mover la historia, como dice el lema del Meeting.

Muchos se preguntarán: ¿es posible? El cristiano no puede renunciar a soñar que el mundo cambie a mejor. Es razonable soñarlo, porque en la raíz de esta certeza está la convicción profunda de que Cristo es el inicio del mundo nuevo, que el papa Francisco resume con estas palabras: «Su resurrección no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable. […] En medio de la oscuridad siempre comienza a brotar algo nuevo» (ibid.., 276).

Hemos visto en acto esta “fuerza de vida” en muchas situaciones a lo largo de la historia. ¿Cómo no recordar aquel otro cambio de época que marcó el mundo? El Santo Padre habló de ello al episcopado europeo el año pasado. «En el ocaso de la antigua civilización, cuando las glorias de Roma se convertían en esas ruinas que todavía hoy podemos admirar en la ciudad; mientras nuevos pueblos presionaban a lo largo de las fronteras del antiguo Imperio, un joven se hizo eco de la voz del Salmista: “¿Quién es el hombre que quiere la vida y desea ver días felices?”. Al proponer esta cuestión en el Prólogo de la Regla, san Benito […] no se preocupa de la condición social, ni de la riqueza, ni del poder. Él mira la naturaleza común de cada ser humano, que, cualquiera que sea su condición, anhela profundamente la vida y desea días felices» (Discurso sobre Europa, 28 de octubre de 2017).

¿Quién salvará hoy este deseo que habita, aun confusamente, en el corazón del hombre? Solo alguien que esté a la altura de su anhelo infinito. De hecho, si el deseo no encuentra un objeto adecuado, se queda bloqueado y ninguna promesa, ninguna iniciativa podrá moverlo. Desde este punto de vista, «resulta fácilmente concebible que la época moderna, que comenzó con una explosión de actividad humana tan prometedora y sin precedentes, acabe con la pasividad más mortal y estéril de todas las conocidas en la historia» (H. Arendt, La condición humana, Paidós 2005).

Ningún esfuerzo, ninguna revolución, puede satisfacer el corazón del hombre. Solo Dios, que nos ha hecho con un deseo infinito, puede llenarlo con su presencia infinita; por eso se hizo hombre: para que los hombres pudieran encontrar a Aquel que salva y cumple el deseo de días felices, como recuerda un pasaje del Documento de Aparecida (29 de junio de 2007), fruto de la V Conferencia del episcopado del continente latinoamericano y el Caribe. El Santo Padre, agradeciendo la exposición dedicada al gran santuario mariano de Aparecida, ofrece ese paso como contribución para profundizar en el lema del Meeting: «El acontecimiento de Cristo es […] el inicio de ese sujeto nuevo que surge en la historia […]: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus caritas est, 1). […] La naturaleza misma del cristianismo consiste, por lo tanto, en reconocer la presencia de Jesucristo y seguirlo. Esa fue la hermosa experiencia de aquellos primeros discípulos que, encontrando a Jesús, quedaron fascinados y llenos de estupor ante la excepcionalidad de quien les hablaba, ante el modo cómo los trataba, correspondiendo al hambre y sed de vida que había en sus corazones. El evangelista Juan nos ha dejado plasmado el impacto que produjo la persona de Jesús en los dos primeros discípulos que lo encontraron, Juan y Andrés. Todo comienza con una pregunta: “¿qué buscáis?” (Jn 1,38). A esta pregunta siguió la invitación a vivir una experiencia: “venid y lo veréis” (Jn 1,39). Esta narración permanecerá en la historia como síntesis única del método cristiano» (Documento de Aparecida, 243-244).

El Santo Padre espera que el Meeting de este año sea, para todos aquellos que participan en él, ocasión para profundizar o acoger la invitación del Señor Jesús: «Venid y lo veréis». Esta fuerza, mientras libera al hombre de la esclavitud de los “falsos infinitos” que prometen felicidad sin poderla garantizar, lo hace protagonista nuevo en la escena del mundo, llamado a hacer de la historia el lugar del encuentro de los hijos de Dios con su Padre, y de los hermanos entre sí.

Mientras asegura su oración para que podáis estar a la altura de este entusiasmante desafío, el papa Francisco os pide que recéis por él y por el Encuentro Mundial de las Familias que tendrá lugar en Dublín el 25 y 26 de agosto.

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