Editorial

El loco, las pastillas y la geoestrategia

Editorial · Fernando de Haro
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13 agosto 2017
La época de la Guerra Fría desarrolló fórmulas diplomáticas mucho más complejas de las que se usan en estos tiempos. En plena tensión con el bloque comunista, la administración estadounidense creó la llamada “teoría del loco” como instrumento disuasivo. La utilizó el equipo de Nixon para intentar forzar a los vietnamitas a negociar. Kissinger tuvo mucho que ver en el desarrollo de un recurso que consistía en hacer creer a los soviéticos, o a cualquier potencial adversario, que en el Despacho Oval había sentado un presidente al que no se podía controlar, dispuesto a cualquier cosa.

La época de la Guerra Fría desarrolló fórmulas diplomáticas mucho más complejas de las que se usan en estos tiempos. En plena tensión con el bloque comunista, la administración estadounidense creó la llamada “teoría del loco” como instrumento disuasivo. La utilizó el equipo de Nixon para intentar forzar a los vietnamitas a negociar. Kissinger tuvo mucho que ver en el desarrollo de un recurso que consistía en hacer creer a los soviéticos, o a cualquier potencial adversario, que en el Despacho Oval había sentado un presidente al que no se podía controlar, dispuesto a cualquier cosa.

Quizás la “teoría del loco” se haya sofisticado. Quizás las amenazas volcadas durante los últimos días por Trump contra Corea del Norte (también contra Venezuela) sean parte de una complicada operación de disuasión. Aunque es difícil creer que todo esté planificado. El presidente de Estados Unidos ha hablado de responder con “furia y fuego”, ha asegurado que está dispuesto a disparar y a provocar algo “que no se ha visto nunca”. El Secretario de Estado, Rex Tillerson, se ha ocupado, como en otras ocasiones, de hacer de “policía bueno” y de rebajar las amenazas. Ya ha sucedido en otros incendios de los muchos que ha provocado Trump.

Más que una sofisticada operación de simulación parece que estamos ante un nuevo error, consecuencia del gusto o de la necesidad de alimentar la imagen de la “fortaleza asediada”. A Trump no le importa tener unos índices de popularidad muy bajos, pero necesita que su suelo no descienda del 36 por ciento de aprobación. Y para ese fin es necesario mantener la imagen de un gran peligro del que hay que defenderse con firmeza y de forma elemental, algo más urgente para Trump que las victorias en política internacional.

El presidente, de hecho, al enzarzarse en una polémica con Kim Jong-un ha perdido buena parte de la ventaja que consiguió hace unos días su embajadora en Naciones Unidas. Nikki Haley arrancó una interesante resolución del Consejo de Seguridad para aumentar las sanciones. El veto a las exportaciones de carbón, hierro, plomo y marisco, al que no se opuso China, supuso una gran conquista. En lugar de quedarse callado, después de semejante avance, Trump ha incumplido una de las reglas fundamentales en cualquier conflicto: no polemices, no discutas con quien está en una posición inferior. Es el mismo error que ha cometido con Venezuela. Nada le puede venir mejor a Maduro que un presidente de los Estados Unidos amenazándole con una intervención armada.

La primera advertencia de “furia y fuego” se producía curiosamente después de que Trump participara en una reunión para afrontar la grave epidemia por el consumo de opiáceos que afecta al país. La cuestión es seria y refleja el profundo “estado de infelicidad” de un importante segmento de la población estadounidense. Por mucho que algunos pretendan restarle relevancia, recordando que ya hubo unas epidemias similares por el consumo de los derivados del opio en el siglo XIX, los datos son contundentes.

El número de muertos por sobredosis de heroína y de opiáceos legales recetados por los médicos se elevó a 60.000 durante el año pasado. Es la causa de muerte más frecuente entre los estadounidenses con menos de 50 años. La escalada de fallecimientos por abuso de las drogas empezó hace 15 años y desde entonces se ha triplicado. La epidemia se ha convertido en una cuestión económica. En su comparecencia de mediados de julio ante el Senado, la directora de la Reserva Federal, Janet Yellen, confesó que Estados Unidos es la única nación avanzada en la que se ha incrementado la ratio de muertes por sobredosis, especialmente entre la gente con menos nivel de educación. Yellen subrayaba la relación entre la epidemia y un estado de infelicidad laboral, que afecta especialmente a los más jóvenes y a los que han perdido oportunidades. El sueño americano es pesadilla para muchos y la heroína y las pastillas parecen ofrecer un refugio, al menos pasajero.

Trump se empeña en acusar al enemigo exterior, señalando la responsabilidad de México en el tráfico de drogas. Pero el presidente tendría que mirar algo más hacia dentro porque mucho de lo que está pasando tiene que ver con el modo en el que los laboratorios farmacéuticos promocionan sus analgésicos o el modo en el que los médicos lo recetan. Para estar colocado, para encontrar una pastilla que suavice la infelicidad, no hace falta en muchas ocasiones ir en busca de un traficante, basta tener la receta conveniente.

La actitud del presidente número 45 de los Estados Unidos va más allá de la clásica búsqueda de un enemigo externo que haga olvidar los problemas internos. Especialmente entre sus votantes, esos estadounidenses que cada vez están más alejados del éxito.

El “síndrome de la fortaleza asediada” parece la consecuencia natural de una inseguridad existencial que se convierte cada vez más en una categoría geoestratégica. Un buen enemigo al que echarle la culpa de todo puede ser un consuelo. La crisis continúa diez años después de que estallara la Gran Recesión provocada por las subprime. Se prolonga porque no es solo una crisis económica, es sobre todo una crisis de identidad. Los programas de expansión monetaria dieron buen resultado. Pero el aumento de liquidez no resuelve los dramas humanos que acaban convirtiéndose en opciones políticas. Esta búsqueda de la confrontación con el adversario, despreciando cualquier mínima inteligencia diplomática, esta insistencia en defender valores asediados en castillos imaginarios, certifica inseguridad y desconcierto. El líder quizás esté catalizando los sentimientos de una minoría amplia de la población. Hace falta una cierta dosis de felicidad real, de satisfacción física, no química, para no echarle la culpa al otro.

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