El islam creó Europa

Mundo · Ángel Satué
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13 diciembre 2016
Amigo lector, seguro que con este título he atrapado tu atención. A estas alturas del devenir de Europa, no te habrá resultado extraña una afirmación de este tipo. Apelo a tu innata curiosidad para seguir leyendo.

Amigo lector, seguro que con este título he atrapado tu atención. A estas alturas del devenir de Europa, no te habrá resultado extraña una afirmación de este tipo. Apelo a tu innata curiosidad para seguir leyendo.

He estado leyendo los discursos del Papa Francisco que pronunció ante el Parlamento europeo, en 2014 y al recibir este año el Premio Carlomagno, y he querido profundizar en este último personaje histórico, Carlos el Grande, y trazar una línea entre su tiempo y el nuestro. Tal ha sido mi fascinación.

En los últimos años Carlomagno aparece como el referente de los favorables a la causa de la unidad europea, entre los que me encuentro. El Premio Carlomagno o la vía cultural europea de Carlomagno que se impulsa son dos claros ejemplos. Pero, ¿por qué razón?

Aunque en torno al año 800 el concepto de Europa no existía aún, la obra de Carlomagno en el campo militar (dominando del Mar del Norte a Marsella, de la Marca Hispánica a Bohemia), el político (agustinismo y su civitas christiana), el religioso (cristianización), el cultural (Escuela palatina, con Alcuino de York), el monástico (Regla de San Benito unificadora), el diplomático (embajadas del califa de Damasco y Bizancio, con los reyes anglos y el reino de Asturias), el arquitectónico (estilo carolingio) y el comercial (creando un mercado común, prohibiendo el préstamo con intereses o introduciendo el concepto de precio justo), ha contribuido a ser lo que somos ahora como europeos.

Se le considera con razones de peso como el precursor de toda unidad europea. Así, pasó de rey de los francos a emperador del Imperio Romano de Occidente (300 años después de su caída). Su capital, Aquisgrán, es el corazón de Europa (una Europa un poco más germánica que mediterránea y latina). Su tarea fundamental, según Ferdinand Werner, fue unificarla afirmando su esencia cristiana frente a un islam combativo y en expansión. Eghinardo, su cronista (hoy diríamos también su biógrafo) llamó a Carlomagno “rey de los europeos”, si bien muy pronto fue sustituido por rey de la cristiandad (lo que dista de convertirle en un ejemplo de marido fiel). Los mismos súbditos bajo dos poderes diferenciados, aunque necesitados y recelosos el uno del otro, el temporal del Imperio, y el atemporal de la Iglesia. Todo un avance para la sociedad y vida europea del momento, pues daba lugar a la separación entre la Iglesia y el estado.

Y el islam, ¿ayudó entonces a la unidad europea? Ayudó en tanto en cuanto obligó al Imperio Bizantino a defenderse –aun perdiendo Palestina, Siria y Egipto– y porque la conquista de España y África por el islam había convertido al rey de los francos, a Francia, en dueño absoluto del Occidente cristiano (tesis de Henri Pirenee). Y tampoco se puede entender el actual mapa político de Europa sin el Tratado de Verdún del año 840, que repartió Europa entre los tres nietos de Carlomagno (Carlos –Francia–, Lotario –Alemania– y Luis –Holanda y Norte de Italia–).

En un momento como el de nuestros días, convulso para Europa, en que los EE.UU. de Europa parecen más lejanos que antes y con una opinión pública europea que se vuelve a mirar sus respectivos ombligos nacionales, cobra fuerza la tesis del geógrafo y diplomático francés Michel Foucher, que ya en 2010 advertía que “los Estados europeos se han adherido –a la Unión– para servir a sus intereses nacionales”. Estoy con él en que la identidad plural y multilingüe europea –forjada desde la Alta Edad Media, en un crisol de cristianismo y el recuerdo más o menos sostenido del Imperio Romano– es una fuerza para Europa si prevalecen los factores de convergencia, pero que son un lastre ante presiones nacionalistas, populistas o xenófobas.

A diferencia de la Europa de Carlomagno, la violencia ha dado paso a una unión voluntaria, basada en la memoria reciente del mayor conflicto bélico que han visto los siglos, y en la amenaza de una ideología antihumana –el comunismo– que dominó media Europa y medio mundo. Esta unidad sería imposible, sencillamente, sin un sustrato cultural y espiritual común. Los intereses nacionales deben recordar el reparto de Verdún.

Sucedió igual que nos dice el historiador belga Pirenne que le ocurrió a Europa con el islam. La unión actual que vivimos se la debemos al nazismo y al comunismo. Parece el sino de Europa. Renacer y renacer. La referencia al emperador Carlomagno y la cristiandad es hoy una mención a una conciencia europea prepolítica. Ese Imperio de Carlomagno, que no era teocrático, nos debe dar la clave de un deseo de unidad y de la existencia de un alma europea, a la que el propio Papa Francisco apelaba en su discurso con motivo de la entrega del premio Carlomagno, el pasado 6 de mayo de 2016: “La creatividad, el ingenio, la capacidad de levantarse y salir de los propios límites pertenecen al alma de Europa”.

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