El informe Viganò puede hundir a la Iglesia en el moralismo

Mundo · Massimo Borghesi
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12 septiembre 2018
La potencia geométrica con que el documento Viganò golpeó al Papa el día que participaba en el Encuentro Mundial de las Familias de Dublín ya se ha puesto de manifiesto abundantemente en todos los medios. Francisco hablaba de la suciedad en la Iglesia, pedía perdón por los vergonzosos delitos del clero, y apareció una carta implicándole, a él y a sus predecesores, como si él mismo fuera corresponsable de esa plaga con sus silencios y omisiones. La maniobra del vaticanista Marco Tosatti, el “creador” del informe Viganò, le salió a la perfección.

La potencia geométrica con que el documento Viganò golpeó al Papa el día que participaba en el Encuentro Mundial de las Familias de Dublín ya se ha puesto de manifiesto abundantemente en todos los medios. Francisco hablaba de la suciedad en la Iglesia, pedía perdón por los vergonzosos delitos del clero, y apareció una carta implicándole, a él y a sus predecesores, como si él mismo fuera corresponsable de esa plaga con sus silencios y omisiones. La maniobra del vaticanista Marco Tosatti, el “creador” del informe Viganò, le salió a la perfección.

Los opositores del Papa no son corderitos blancos. Como zorros viejos, saben usar muy bien los medios. Las críticas deben resultar explosivas, lacerantes, generar caos en nombre de la verdad, poner al rebaño en contra del pastor. Con el informe Viganò, cuyo eco ha sido aún más fuerte en Estados Unidos que en Europa, nos encontramos con el “segundo golpe” contra Francisco. El primero fue con motivo de la publicación de la exhortación apostólica Amoris Laetitia en 2016. Entonces la oposición subterránea contra el Papa salió a la luz y se concentró en una pequeña nota –sobre la posibilidad de dar la comunión, en ciertas condiciones concretas, a los divorciados vueltos a casar– para contestar a la ortodoxia del Papa en materia de matrimonio. Las “dudas” de cuatro cardenales dieron la vuelta al mundo, los tradicionalistas pidieron la acusación del pontífice, una marea negra parecía rodear a Bergoglio. Luego las acusaciones mostraron ser lo que eran, un fuego de paja. El Papa no modificó nada en la doctrina sobre la indisolubilidad del matrimonio. La primera mitad de 2018 se ha caracterizado por una calma relativa, pero tras el informe Viganò volvemos a tener a Francisco bajo la luz de los focos por culpas que se remontan a mucho antes de su pontificado.

Este juego intermitente, que usa temas distintos en un intento sistemático de deslegitimar al Papa, muestra una dirección y una estrategia. En Italia, sus terminales son Sandro Magister, con su blog multilingüe en L`Espresso, Marco Tosatti, Aldo Maria Valli, La Nuova Bussola Quotidiana, Corrispondenza Romana. Aparte de Magister, se trata de blogs pequeños pero muy activos. En realidad, su resonancia es significativa porque son los puntos terminales de una onda profundamente conservadora, al límite del tradicionalismo que procede de ultramar. Una corriente que está invistiendo a la Iglesia estadounidense, esa que en los últimos cuarenta años no se ha dado cuenta de nada respecto a los abusos sexuales del clero y que ahora, de repente, se ha despertado y no encuentra nada mejor que hacer que derivar sobre el Papa la responsabilidad de sus propias culpas. Esa Iglesia, con excepciones significativas, se opone al Papa, no lo ama e intenta criticarlo con cualquier pretexto. No solo porque es “latinoamericano” sino esencialmente porque, desde la perspectiva misionera adoptada por el papado, la posición de los llamados “cultural warriors”, los guerreros culturales, tan extendida en la Iglesia norteamericana, se pone radicalmente en discusión. A esta postura eclesial hay que sumar la orientación liberal del mundo económico, fuertemente sacudido por las críticas al capitalismo contenidos en la Evangelii Gaudium, y del ámbito político americano hostil a una visión universal del papado. La orientación de la Iglesia se apoya entonces en el poder político y en el económico, donde un bloque enorme trabaja en este momento en la deslegitimación de Francisco.

Massimo Introvigne dibuja un escenario bastante preciso en un artículo publicado en Il Mattino bajo el título “Progresistas y ratzingerianos decepcionados: quiénes son todos los «enemigos» del papa Francisco”. La curvatura política de todo lo que está pasando se refleja en el lugar donde se ha publicado el informe Viganò, La Verità, de Maurizio Belpietro, el periódico más de derechas en Italia en este momento. No precisamente una sede neutral. Los críticos del Papa se defienden, en este caso, afirmando que la sede no es significativa, ni la posible manipulación o resentimientos que hayan podido llevar a mons. Viganò a publicar ese texto, sino la verdad o no de lo que afirma sobre la pedofilia en la Iglesia. Pero esa argumentación resulta débil, no creíble. El marxismo también contenía muchas verdades, pero eso no lo hace aceptable. Si el objetivo de mons. Viganò era contribuir a la limpieza en la Iglesia, este no es el camino.

En realidad, el verdadero objetivo está al final de su carta: la petición de dimisión del Papa. Algo inmenso que presupone culpas muy graves. Viganò no quiere la reforma de la Iglesia, ¡quiere la caída del Papa! El resto es evidentemente instrumental, en función de este objetivo. De momento, el resultado es un impasse, un intento de bloquear la acción reformadora de Francisco. Como bien ha escrito Giuliano Ferrara, “da la impresión de que ya todo está, como se dice con ese término horrendo, mediatizado, que amigos y enemigos del papa se sirven de la comunicación para volver a empezar con ese juego absurdo que llevó a aquel gran Papa teólogo, discreto, prudente, de estilo renacentista, a la renuncia. Las cuestiones de doctrina, de pastoral, de evangelización, de ética pública y de libertad de culto y cultural, pasan regularmente a un segundo plano, la Iglesia está por todas partes a la defensiva, obligada a enrocarse y participar en el proceso mundano contra los sacerdotes que, como categoría masculina célibe, se ven señalados, en una despiadada y falsa generalización, por el desprecio público ético y moral. Entre periodistas y mentores del nuevo curso post-ratzingeriano, a los que han favorecido la transformación de la Iglesia en una agencia de comunicación no les interesa actualmente defender un papado popular, amable, misericordioso y cercano al corazón del siglo. Dejan que se hunda. En cambio los que tenían dudas, como yo, están preocupados” (‘Devolvedme una Iglesia menos mediática y más iglesia’, artículo publicado en Panorama el 30 de agosto de 2018).

Según Ferrara, “hoy nadie en la Iglesia está en condiciones de huir de la picota o de la amenaza de la picota. El miedo reina soberano. Y no es una cuestión de carreras eclesiásticas. Es la libertad de una sociedad pluralista que se mete en un saco, como cuando se destruyeron los templos y tumbas cristianas durante la revolución francesa, con la insinuación de una tendencia connatural al abuso y a la pedofilia como un flagelo ligado a la naturaleza del sacerdocio. No sé, me gustaría una Iglesia capaz de sorprender, de volver a exponerse y reinventarse sin quedarse en un mea culpa confuso e inconcluyente, capaz de renovarse con hechos y sin caer en la tentación de hacer de la tolerancia cero, característica ya discutible de la seguridad en el ámbito secular, un nuevo núcleo de su pensamiento y de su presencia. Predicaciones, no inquisiciones en público y autos de fe, es lo que eventualmente los laicos de verdad necesitarían”.

Las observaciones de Ferrara llaman la atención por su lucidez y capacidad para intuir el núcleo de la cuestión. Obviamente, no se trata de pasar el problema de la pedofilia a un tema menor. Su gravedad lo sitúa como la plaga de la Iglesia en los albores del tercer milenio. Sus causas tendrán que ser analizadas adecuadamente y los remedios exigen disposiciones y medidas severas. La cuestión es otra. Como dice Francesco Murana, dirigiéndose a mons. Viganò es una espléndida carta publicada en L`Unione Sarda, “en sardo, usted es un ‘imboddiosu’, uno que agarra una madeja que no es suya y va haciendo nudos en el hilo, obligando así al hilandero a perder tiempo en desatarlos para poder seguir tejiendo… El trabajo seguirá adelante, pero habremos perdido tiempo gracias al ‘imboddiosu’ de turno”.

El documento Viganò hará que se pierda tiempo en la reforma, también moral, de la Iglesia porque la induce a replegarse sobre sí misma, a revolver sus miserias, a clericalizarse más aún, a profundizar en el moralismo. Como confirmación de lo que estamos diciendo, hay un artículo de mons. Luigi Negri, arzobispo emérito de Ferrara-Comacchio, conocido por su distancia respecto de la perspectiva del Papa, publicado en La Nuova Bussola Quotidiana, donde se separa, por inusual que pueda parecer, de la línea de los nuevos inquisidores anti-Francisco. “No se puede negar –escribe Negri– que sea una situación de auténtico escándalo, en el sentido de que la manifestación de la inmoralidad se haya hecho tan obvia y natural que el pueblo vive en una situación permanente de escándalo. Es como si toda la Iglesia estuviera concentrada en hablar de estos escándalos, en intentar aclararlos y dar información detallada. Pero hay un detalle increíble del mal que lleva a alterar realmente la situación de la Iglesia. Los escándalos de la pedofilia, de la inmoralidad del clero, de la evidentísima presencia en el tejido de la Iglesia de formas de presión homosexual, están a la vista de todos pero el escándalo de los escándalos es que la Iglesia ya no habla de Jesucristo. La Iglesia acaba limitándose a formular una serie de intervenciones políticamente correctas, donde resulta evidente que ya no se propone la imagen de Jesucristo, ya no se presenta esa presencia inquietante y a la vez reconfortante que la Iglesia debe vivir y comunicar a los hombres de todas las generaciones. Lo sospechoso es que esta atención desproporcionada a situaciones ciertamente graves desde el punto de vista moral acabe impidiendo que la Iglesia se mantenga firme en ese punto. ¿Cuál es el punto sobre el que la Iglesia debe mantener firme su presencia? ¿Que existan estos terribles escándalos o que, a pesar de todos estos límites, existe la presencia de Cristo que salva al hombre, que llena la vida del hombre de un significado verdadero y profundo, que abre delante de todos los hombres un sendero bueno para la vida, del que hablaba de manera inolvidable el papa Benedicto XVI? Si la Iglesia se agota en el análisis de sus males, o de algunos de sus males, quedará consternada frente al mal porque el mal parecerá invencible. No es entonces una Iglesia que renueve día tras días a todos los hombres la experiencia del anuncio, que el Señor ha resucitado y está con nosotros, que la vida humana no se ha perdido, ni se ha roto, ni es inútil: la vida humana adquiere su sentido profundo, su significado profundo, por la presencia de Cristo y de la presencia de Cristo”.

Tanto las consideraciones de Ferrara como las de Negri demuestran, con su preocupación, que el documento Viganò, lejos de favorecer la limpieza en la Iglesia, corre el riesgo de tener un papel de desviación. Desviación no tanto por la condena de los implicados en casos de pedofilia, una acción que continuará cada vez con más vigor; sino desviación de su perspectiva misionera, de anuncio de Cristo resucitado, de esperanza cristiana para los pueblos en tiempos del nihilismo. Una Iglesia replegada sobre sí misma, dedicada a lamerse las heridas, temerosa a causa de sus pecados ante el mundo, chantajeada y obligada a autojustificarse, ya no tiene la sencillez de ofrecerse al mundo con la conciencia de ser una pobre pecadora que se lo debe todo a Dios y nada a sí misma. El clericalismo, lejos de ser superado, saldrá reforzado.

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