El infinito que está dentro

Cultura · Costantino Esposito
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28 febrero 2020
Hay una gran paradoja que acompaña desde su inicio la historia del nihilismo y cuyo cumplimiento hoy vemos más claramente: el verdadero sentido de la “muerte de Dios” –la fórmula con que de Nietzsche en adelante se alude a la crisis irreversible de toda trascendencia, ontológica, religiosa o moral– reside en la muerte del “yo”. El ser que yo soy ya no se concibe como un “dato” objetivo, sino como el “caso” subjetivo de un proceso evolutivo impersonal, un momento de tránsito provisional, eso que el nihilismo oriental, inspirado en el budismo, llamaría la “no-permanencia” o “no-existencia” del yo individual. Momentos accidentales en el flujo necesario de la naturaleza: eso serían los seres humanos, y no está dicho que la falta de un sentido personal sea una pérdida. Según algunos, podría ser hasta una liberación, la posibilidad de vivir la vida tal cual es, en su acontecer desnudo, y basta.

Hay una gran paradoja que acompaña desde su inicio la historia del nihilismo y cuyo cumplimiento hoy vemos más claramente: el verdadero sentido de la “muerte de Dios” –la fórmula con que de Nietzsche en adelante se alude a la crisis irreversible de toda trascendencia, ontológica, religiosa o moral– reside en la muerte del “yo”. El ser que yo soy ya no se concibe como un “dato” objetivo, sino como el “caso” subjetivo de un proceso evolutivo impersonal, un momento de tránsito provisional, eso que el nihilismo oriental, inspirado en el budismo, llamaría la “no-permanencia” o “no-existencia” del yo individual. Momentos accidentales en el flujo necesario de la naturaleza: eso serían los seres humanos, y no está dicho que la falta de un sentido personal sea una pérdida. Según algunos, podría ser hasta una liberación, la posibilidad de vivir la vida tal cual es, en su acontecer desnudo, y basta.

Esta paradoja es el caso de la cultura actual. De hecho, por un lado parece imponerse en todos los frentes la ideología de la performance, según la cual nuestro ser consistiría en el logro, pero reduciendo los logros a la afirmación de una propia imagen de poder (sea el que sea); pero por otro lado, si este juego no se “logra” –lo que suele suceder, o sale mal, o sencillamente no dura– nuestro ser queda literalmente aniquilado, reducido a cero, ya no sirve para nada. Aquí nace la “cultura del descarte”, en la que el papa Francisco identifica con total evidencia uno de los problemas más dramáticos de nuestras sociedades.

¿Pero qué puede poner en cuestión tal perspectiva –no solo socio-económica sino en primer lugar antropológica– del “descarte de uno mismo”? El reclamo a una sabiduría individual o a una moralidad pública ya no resultan eficaces. La deontología no es capaz de entenderse con la ontología. ¿Habrá algún punto en el que apoyarse para afrontar el problema? Y si lo hay, no puede venir de fuera de la experiencia, solo puede nacer desde su interior. Un punto ganado por la urgencia misma del vivir que nos inquieta a diario, un punto que emerja de la inmanencia de la vida misma. Si existe un sentido trascendente, o se encuentra en la inmanencia o sencillamente no se da.

Aquí volvemos al problema existencial del nihilismo, allí donde la vida parece ser una “inmanencia absoluta”, por usar una expresión del filósofo Gilles Deleuze (L’immanence: une vie… de 1995), que retoma una idea típica de Spinoza, para quien la vida es una potencia natural absoluta, “movimiento que no empieza ni acaba”, conciencia impersonal, al mismo tiempo “sin objeto y sin yo”, por extraño que pueda parecer al sentido común una conciencia que no sea conciencia de algo y que no sea conciencia de sí. Solo una “inmanencia pura”, según Deleuze, permitiría una “felicidad completa”, como la de los recién nacidos, que “se parecen todos, no poseen una individualidad propia, pero tienen singularidades, una sonrisa, un gesto, una mueva, hechos que no son caracteres subjetivos. Los recién nacidos están atravesados por una vida inmanente que es potencia pura, y también felicidad a través de los sufrimientos y debilidades”.

Resumiendo, habría que decir que cuando el recién nacido se convierte en “individuo” o en “yo”, cuando adquiere su propia irreductibilidad personal, justo entonces la vida se perdería. Y se impondría una trascendencia ilusoria que, intentando significar la vida en relación con algo o alguien más grande que la propia vida, en realidad la traiciona y paraliza. La vida así entendida es un movimiento sin origen ni meta, una potencia que se nutre a sí misma, un deseo que se sigue generando sin advertir carencia alguna. El único sentido posible es entonces el que no viene impuesto sino generado por los propios acontecimientos de la vida, que solo encuentran en sí mismos y nunca en otros su dirección casual.

He encontrado ciertos ecos de esta tesis en la observación de uno de mis alumnos de filosofía, que me escribe: “pienso que el valor del nihilismo reside precisamente en la pérdida total de sentido, que si en un primer momento puede sin duda desorientar, después solo puede hacernos apreciar la vida por lo que es, hacernos amar y vivir la vida hasta el fondo, intentando sacar la mejor experiencia posible”. En esto consistirían “las ganas más profundas de vivir la vida en su maravillosa superficialidad”.

La superficialidad de la vida y de la realidad es maravillosa para mi alumno, porque no necesita nada más para ser gozada, más que lo que hay. Pero se plantea una pregunta sencilla, dentro de ese goce: ¿“quién” puede gozar de esta maravilla?, ¿“quién” experimenta esta felicidad de la vida? Si todo se reduce a una potencia impersonal que se genera a sí misma, sin que nos falte nada ni nadie más, ¿acaso no hará falta un “yo”, es decir, alguien que espera, que desea, que pide, para poder gozar, es decir, para poder ser feliz? Nosotros nunca somos completamente felices, y sin embargo deseamos serlo, precisamente porque no nos basta todo lo que podamos tener o incluso imaginar. En el corazón de nuestra vida se produce –como un contragolpe o contra-movimiento– un infinito, que no viene de fuera sino que nos urge desde dentro. Sin esta intensidad abismal –que nunca nos baste nada–, toda superficialidad nos causaría, como decía Leopardi, tan solo “fastidio” y “aburrimiento”. Hace falta el infinito para poder disfrutar de las cosas finitas.

L`osservatore romano

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