El Gobierno Monti o una victoria de la democracia

España · Eugenio Nasarre
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29 noviembre 2011
Disiento de quienes han defendido que el gobierno Monti haya sido una imposición de los mercados; que constituya, en consecuencia, una grave anomalía democrática; y que se trate, dicho despectivamente, de un "gobierno de tecnócratas". Por el contrario, sostengo que el gobierno Monti es verdaderamente un triunfo de la opinión pública italiana, a la que se han visto obligados a someterse los partidos; que cuenta con todas las credenciales democráticas; y que es un gobierno político en plenitud, cuyo rasgo esencial es que ha acogido en su seno a lo mejor de la sociedad civil italiana. De poder calificarlo cabalmente, habría que llamarlo un gobierno de la "aristocracia civil" italiana. Mi enjuiciamiento de conjunto es claro: lejos de ser una anomalía es una victoria de la democracia italiana. Debo, claro está, razonar mis afirmaciones.

Empezaré diciendo que si me dieran a elegir entre Berlusconi y Monti, francamente me quedo con Mario Monti. Tengo la impresión de que ahora piensan lo mismo millones de italianos. Es cierto que Berlusconi goza de la legitimidad de las urnas: su partido ganó las elecciones y su mandato todavía no había concluido. Pero, ojo, en democracia no basta la legitimidad de origen, la que proporciona una mayoría parlamentaria emanada de las urnas. También, como ya señalaron los tratadistas clásicos, exige la legitimidad de ejercicio. Esta es más sutil que la primera. Y tiene que ganársela a pulso el gobierno que ejerce sus funciones. Reclama la confianza de la opinión pública. Es cierto que normalmente el veredicto de la opinión pública se substancia periódicamente en las urnas. Pero hay situaciones excepcionales que escapan de esta regla. Las democracias más antiguas se dotaron de instrumentos para solventarlas civilizadamente. Es el caso del impeachment, cuando un poder en funciones ha violado la Constitución y la ley. La dimisión de Nixon, por ejemplo, no puede ser considerada como una anomalía democrática. Lo que demostró, por el contrario, fue la fortaleza de la democracia americana.

Pero la legitimidad de ejercicio no se agota en la no violación de la ley por quien ostenta el poder. Hay comportamientos degradantes, que no responden a los cánones de honorabilidad exigibles a quien representa a una nación civilizada. La sucesión de escándalos de Berlusconi iban más allá de lo que forma parte de la esfera de la moral privada. Eran ofensivos para una sociedad mínimamente decente. Y, querámoslo o no, erosionaban gravemente la acción de su gobierno. ¿Cómo podía pedir sacrificios a la gente, al ciudadano común? Millones de italianos se sentían avergonzados. La anomalía habría sido si Berlusconi, so pretexto de su legitimidad de origen, hubiera aguantado gobernando hasta el final de la legislatura.

Y es en esa situación insostenible cuando el Presidente de la República Napolitano impulsa la "solución Monti". Lo hace observando escrupulosamente los poderes que le confiere la Constitución. Lo lleva a cabo con habilidad, haciéndose intérprete de un fuerte clamor de la opinión pública italiana. La crisis se resuelve con la formación de un gobierno que logra un amplísimo respaldo en las dos Cámaras. La solución de la crisis, por tanto, es plenamente parlamentaria, constitucional y democrática. Monti posee la misma legitimidad de origen que cualquier otro gobierno parlamentario.

Pero esta crisis italiana nos proporciona alguna lección adicional. Es cierto que las democracias modernas son y han de ser "democracias de partidos". Los partidos son instrumentos insustituibles para la articulación del pluralismo, para canalizar las distintas corrientes de opinión de fondo en una sociedad, para hacer posible la alternancia y la dialéctica gobierno-oposición. Pero los partidos no lo son todo en la democracia. La "democracia de partidos" tiene siempre el riesgo de degenerar en una partitocracia. Ello se produce cuando los partidos intentan interferir esferas de poder y de los aparatos del Estado que no les corresponde, cuando pretenden invadir ámbitos de la sociedad civil, cuando, en suma, se arrogan el monopolio de la vida pública. El lema de la partitocracia podría sintetizarse así: "todo dentro de los partidos, nada fuera de los partidos". Si este lema se consagrara, nos encontraríamos con un problema suplementario no menor: dada la tendencia oligárquica de los partidos, las democracias se deslizarían hacia sistemas oligárquicos.

Precisamente tengo para mí que en algunas críticas que han emergido sobre la "solución Monti" late, consciente o inconscientemente, una concepción partitocrática de la democracia. Porque el reproche fundamental ha sido que la operación se ha hecho "al margen de los partidos". Lo cual es hasta cierto punto cierto: los partidos, más bien por incapacidad propia, se han visto obligados a secundar una iniciativa no suya.

La lección del "caso Monti", al menos para mí, es que la sociedad civil italiana, en estas circunstancias de especial dificultad, ha estado más a la altura que los partidos. Porque cuando Monti acepta el encargo, forma un gobierno con lo más sobresaliente de la sociedad civil italiana. Llamar a este gobierno "de tecnócratas" me parece una impostura. Basta leer sus biografías. Todas ellas revelan un alto compromiso cívico con la sociedad italiana. ¿Y no es esto también estar en la vida pública, aunque sea de otra manera?

Quiero que se me entienda. Creo en la "democracia de partidos", porque no encuentro otra mejor. Creo que en verdad no hay otra. Pero los partidos deben aprender a ser modestos, a ceñirse a lo que son sus verdaderas funciones, a abrir sus puertas a la sociedad civil, a contar con ella, a ver en ella las energías más valiosas de una sociedad. Y, cuando las circunstancias lo aconsejan, resulta sabio contar con los mejores de la sociedad civil, tal vez para regenerar la democracia misma.

¿Qué pasará con el gobierno Monti? No lo sabemos por ahora. Le corresponde llevar a cabo un programa de sacrificios y de reformas indispensables. Debe contar con el apoyo de las fuerzas parlamentarias que lo han votado y con el de la opinión pública. El discurso de Monti me pareció impecable por su rigor, modestia y sinceridad: comportamientos que necesitamos más que nunca. Su tarea es titánica. Sin el doble apoyo no será posible su éxito. Pero si lo logra, aunque sea parcialmente, paradójicamente para algunos, habrá hecho un gran servicio a la democracia italiana.

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