Sábado por la paz en Siria

El gesto más razonable

Mundo · José Luis Restán
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5 septiembre 2013
Siempre hay una forma de reducir y desactivar las palabras del Papa (de todo Papa) mientras se asiente con benevolencia e incluso se esbozan unos tímidos aplausos. Pero la jornada de ayuno y oración proclamada por Francisco para el próximo sábado 7 de septiembre no es un simple gesto piadoso, una especie de bien-intencionada impotencia. Con su palabra y sus gestos el Sucesor de Pedro propone al mundo entero la mirada sobre el hombre y sobre la historia que nace de la relación con Cristo. Y no hay mirada más penetrante ni más resolutiva en la historia.

Siempre hay una forma de reducir y desactivar las palabras del Papa (de todo Papa) mientras se asiente con benevolencia e incluso se esbozan unos tímidos aplausos. Pero la jornada de ayuno y oración proclamada por Francisco para el próximo sábado 7 de septiembre no es un simple gesto piadoso, una especie de bien-intencionada impotencia. Con su palabra y sus gestos el Sucesor de Pedro propone al mundo entero la mirada sobre el hombre y sobre la historia que nace de la relación con Cristo. Y no hay mirada más penetrante ni más resolutiva en la historia.

Lo mismo cuando en la Plaza de San Pedro ha pedido ante de miles de fieles que “estalle en el mundo la paz”, que cuando ha escrito al Presidente Putin como anfitrión del G-20 para pedir que “se abandone la vana pretensión de una solución militar” para Siria, el Papa puede ser entendido por todos, sencillos e intelectuales, pobres y poderosos de la tierra. Porque apela a una exigencia del corazón de cada hombre y porque pone en juego una racionalidad más abierta y exhaustiva que la que estos días se escucha en los foros internacionales.

Francisco, y con él toda la Iglesia, no patrocina una suerte de pasividad frente a la tragedia siria. En realidad la Iglesia lleva años reclamando una acción concertada de la comunidad internacional para poner coto a las masacres, auxiliar eficazmente a las víctimas e impedir una nueva tierra quemada en la que sólo brote la semilla del rencor, del fundamentalismo y del terrorismo. Benedicto XVI lo reiteró muchas veces e intentó enviar una delegación del Sínodo de los obispos a tierra siria, empeño que hubo de ser abandonado ante el enconamiento de la violencia, pero encargó al cardenal Robert Sarah, Presidente de Cor Unum, visitar en su nombre los campos de refugiados y portar la ayuda material y espiritual de la Santa Sede.

El Papa Francisco ha querido explicar a los embajadores de todo el mundo lo que pretende: porque el gesto del sábado no será un gesto privado de algunos creyentes “que no entienden lo que pasa en el mundo”. Por el contrario, se tarta de un gesto público, en medio de las plazas del mundo, un clamor que haga entender y sentir que “no es la cultura de la confrontación y del conflicto la que construye la convivencia, sino la cultura del encuentro, la cultura del diálogo; éste es el único camino para la paz”. La mirada educada por la fe sirve de esta forma al mundo entero, no solo a los cristianos.

También por eso, la presencia cristiana en Medio Oriente es la garantía de un futuro de paz, de un nuevo camino de diálogo, reconciliación y libertad en aquella martirizada tierra. Esta semana tres grandes patriarcas católicos (el melkita Gregorios III Laham con sede en Damasco, el maronita Behara Rai con sede en Beirut, y el caldeo Louis Sako con sede en Bagdad) han alzado su voz en nombre de sus heroicas comunidades siempre olvidadas en las cancillerías de Occidente. La complejidad de Oriente Medio obliga a Occidente a ser prudente, a forzar el diálogo y a buscar interlocutores solventes. El Patriarca Sako se ha preguntado si acaso Occidente no ha aprendido la amarga lección de Irak. Por que derribar al dictador Assad al precio de la sangre de muchos inocentes, para que se instalen en Damasco los fundamentalistas sería una nueva tragedia histórica. Como ha dicho el Patriarca de Bagdad, si Occidente quiere realmente la democracia en la zona debe ayudar a educar, debe buscar interlocutores que la puedan llevar a cabo, y no crear nuevos e imprevisibles conflictos. Nos estamos jugando mucho en estos tormentosos días. Por eso invocar el don de la verdadera paz es lo más razonable.

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