El final de un tiempo: de la diplomacia del aplauso a la del miedo

Recientemente los EE.UU. y la UE han emitido una Declaración conjunta, anunciando un nuevo «Marco sobre un Acuerdo de Comercio Recíproco, Justo y Equilibrado». Se empieza adjetivando y se acaba pagando. Demasiados adjetivos para calificar un acuerdo con más incógnitas que certezas, y que ya va dejando en EE.UU. un ligero repunte de precios.
La presidenta Ursula von der Leyen (UVDL) lo ha presentado este verano como una gran victoria. Trump II, el Proteccionista, también. Éste último le recordó antes las cámaras de medio mundo, el gran acuerdo alcanzado cuando a la presidenta europea le tocaba su turno de palabra en el marco de otra reunión en el Despacho Oval de la Casa Blanca. La que mantuvieron ocho líderes europeos clave -ausencia de Sánchez-, con (sugar)daddy Trump, en la post-cumbre de Alaska entre Trump y Putin.
A Trump lo traicionó su subconsciente al interrumpir a UVDL. Todo está relacionado en la mente de Trump, y todo es negocio. Para él solo cabe ganar en los negocios. Si se puede dejar en evidencia a los adversarios, mejor. Uno gana, Trump, y el otro pierde, Europa. No caben ganancias comunes. Ante tal interrupción a UVDL, los ocho enanitos occidentales -dirigentes europeos clave-, tratando de ceñirse al orden del día, no dijeron esta boca es mí. Enmudecieron sumisamente, avanzando Trump por las llanuras europeas unos cientos de kilómetros.
No se entiende esta sumisión ante un aliado faltón. Trump es el pigmeo de los políticos internacionales. Aunque pretende marcar la agenda, es un woke más, y en el fondo, al ser antiwoke, le marcan el paso a él, como sucede con todos los anti. Hay muchos Trumps. Casi tantos como sus opiniones cambiantes a cada momento, pero un solo Putin. Ni siquiera Xin Ping parece dispuesto a asumir el enfrentamiento con los pueblos libres del Oeste. Confía en nuestro desgaste para, en decenios, asomar por el Este de la estepa rusa algún día. Tal vez en 100 o 150 años, quien sabe calcular a tan largo plazo. Todos callados. No se trataba de abrir un nuevo frente de batalla comercial, cuando aparentemente se había cerrado la batalla de batallas, y teniendo en cuenta que se encontraban en territorio hostil, Washington. Quién lo diría. Todo un choque para la generación criada por Walt Disney y las hamburguesas Mac y King, pero no querían una discrepancia de opiniones ante las cámaras, porque eso inflama y da alas a Trump.
¿Sí? Tal vez no, y sea el jarabe de Sánchez lo que peor soporta Trump. Un Sanchez idolatrado en Italia, al plantar cara al excesivo gasto en armamento, necesariamente estadounidense. Tal vez, Sánchez es un líder europeo clave si tuviera masa crítica para su postureo, pero precisamente por eso, por esas carencias, se atrevió con Trump como no lo han hecho sus otros ocho colegas.
Si Trump inauguró en su territorio más septentrional, Alaska, otrora español, y también ruso, la que podemos llamar “diplomacia del aplauso”, los ocho enanitos, muditos todos y todas, trataron de apaciguar al presidente norteamericano. Es la diplomacia del silencio. ¿Miedo, prudencia o calculado interés? Entonces, lo de Sánchez ¿sería valentía, osadía o tontuna? Es muy posible que los ocho enanitos piensen que Trump es una tormenta, sí, pero de verano, pasajera, que arrasará con su granizo, pero que vendrán tiempos mejores y además, todos tienen más que perder que España.
Pero no es verdad. No habrá tiempos mejores delante de unos EE.UU. en retirada, incapaces de soportar los vientos de un mundo con múltiples polos de poder. Malos tiempos para la lírica. Los europeos no son capaces de frenar las ansias de Trump, pero éste tampoco las de Putin. Ninguno las de China.
Este es el contexto que nadie quiere ver. Rusia avanza, incluso bombardea la sede en Kiev de la Unión, mientras los aliados están más débiles que nunca porque así lo ha dejado claro Trump. Un sistema de defensa colectiva que se basaba hasta la fecha en la disuasión nuclear va a ser puesto a prueba por el Kremlin en algún momento. ¿Se reaccionará invocando el Artículo 5? ¿Qué hará EE.UU., si son ellos mismos los que desean con las mismas ansias que Putin quedarse con alguna porción del Canadá -ojo con Alberta-, cortar el paso al Ártico a los chinos y, de postre, la isla gigante y danesa, y por tanto, europea, de Groenlandia, en la que ya ha comenzado una guerra hibrida por el relato indepe…¿les suena?. Suena a Rusia, y suena a Cataluña. ¿Qué es el Derecho Internacional en la nueva “diplomacia del aplauso”? Nada. Pero emerge con fuerza otra cuestión: ¿Qué es el Derecho Internacional en la diplomacia europea del miedo, la prudencia o el calculado interés? ¿Se trata de aplaudir el uso de la fuerza más brutal, que es el más contrario a la Carta de las Naciones Unidas (Qué en Paz Descanse)? Draghi volvió a avisar este verano, pero es poco probable que estos avisos lleven a la acción. Se vive una esperanza de retorno a tiempos mejores. No volverán jamás.
En esta nueva “diplomacia del aplauso” habrá quien aplauda las deportaciones masivas de hispanos, o la lucha contra el narco sin orden judicial o sin mandato de las Naciones Unidas. Motivos no faltan nunca para aplaudir esta manera de actuar ante graves injusticias. Lo único que se empieza aplaudiendo algunas piruetas, y atajando, y se acaba aplaudiendo al león que se ha tragado a su domador. El circo de la política mundial es así. Las débiles reglas siempre han estado en peligro de muerte. Trump es el médico forense que necesitaba Putin para certificarlo, porque con Trump no es que fenezca ya la democracia liberal, sino que sucumbe el ciudadano y nace el individuo. El individuo es la persona sin alas, en su soledad, aislada, en su miedo, polarizada al máximo, sin capacidad de construcción social, sin pertenecer a nada, desligada, des-relacionada, despojada, descompuesta, destruida. Como los EE.UU. de Trump. La persona despersonalizada, es decir, des-religiosa. El Trump, que abraza el culmen máximo del liberalismo, que es acaso la destrucción de las evidencias de la vida en común en pos de un sueño de prosperidad y de libertades no sujeto a las leyes del Universo, lo finiquita. Y, ¿ahora qué?
Pues ahora, con los pies en la tierra, tenemos el Acuerdo Comercial, que es un mal pacto, porque ha forzado la relación trasatlántica y ha dejado para toriles el vínculo con EE:UU., Lo aprovecharán otras potencias para posicionarse en Europa, porque se trata de quedarse con lo que se pueda. Sucintamente, la UE eliminará los aranceles sobre productos industriales estadounidenses y dará acceso al mercado a ciertos productos agrícolas de EE. UU., mientras que EE.UU. aplicará tarifas NMF (Nación Más Favorecida) o una tasa del 15% (antes era el 1%) a productos específicos de la UE -incluidos suministros de productos de defensa, esos que habrá que comprar a EE.UU. durante décadas-, aunque reducirá los aranceles sobre automóviles y piezas europeas. En materia de energía, el Acuerdo incluye cooperación en el suministro de energía, con el compromiso de la UE de adquirir una cantidad sustancial de gas natural licuado, petróleo y productos de energía nuclear de EE.UU. (por unos 750.000 millones de euros), contemplándose el reconocimiento mutuo de estándares, la superación de barreras no arancelarias y la colaboración en ciberseguridad, derechos de propiedad intelectual y derechos laborales. Nada se dice sobre el control de exportaciones de tecnologías críticas y disruptivas, o los servicios en la nube, que es donde se dibuja el siglo XXI y donde Europa no existe.
También, ahora, las garantías para la seguridad de Ucrania habrán de pasar por la presencia de tropas de la UE sobre el terreno. De lo contrario, la expansión definitiva de Rusia en Europa está servida, y recordaremos la brutalidad en la Hungría de 1956 o los horrores de Praga, de 1968, y de Grecia.
Ahora, como españoles, podemos pensar que podemos construir una gran Hispanidad , renovada a nuestros mejores tiempos, pero cabría caer en esta tentación de salir de la UE, que es la construcción de un orden internacional moral superior, justo, basado en leyes, y en el estado de Derecho.
Y en eso estamos, lectores de Páginas. En la necesidad de hacer ver a los liberales, verdes, socialdemócratas, y democristianos, que el camino se trazó en 1949. Y que la UE se basaba en la existencia de un pueblo europeo que respondía a Roma, Jerusalén y a la Ilustración a partes iguales. El plano vertical y el plano horizontal, como en toda cruz, y en este cruce de maderos, la persona: individuo y comunidad. Todo intento de crear una nueva religión, una nueva ideología, una nueva fraternidad universal sin contar con esto, es más, luchando contra ello, contra Él, será nuestra perdición. Pero siempre habrá quien aplauda a Putin, a Trump o, en nuestro caso, también a un nuevo Almanzor.
O la Unión, o la nada, pero una Unión valiente que abandone la diplomacia del miedo, y por supuesto, la del aplauso.
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