El filo de la navaja

Cultura · Manuel Oriol
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22 junio 2009
"Por mucho que conozcamos el mecanismo de los hechos, siempre nos queda la pregunta por su sentido para nosotros, que va más allá". No, no es una filtración de la próxima encíclica de Benedicto XVI. Es nada menos que Fernando Savater, en un artículo divulgativo en El País. Desde luego, la frase podría suscribirla no sólo el Papa, sino cualquier persona mínimamente leal con su propia experiencia humana. Los seres humanos somos los más extraños seres de nuestro universo, en primer lugar porque "conocemos el mecanismo de los hechos". Ya eso nos hace únicos. Pero además, acusamos el impacto de este conocimiento de la realidad, no podemos evitar -al menos permanentemente- preguntamos "por su sentido para nosotros". Un parto, un beso apasionado o el espectáculo del mar, por citar sólo los ejemplos del mismo Savater, provocan en cualquiera, inevitablemente, una esperanza, un deseo o una sensación de plenitud, y no una mera constatación de su existencia y un interrogante limitado a sus conexiones causales con otros fenómenos.

Ahora bien, ¿qué estatuto epistemológico debemos concederle a ese otro ámbito no medible, y que sin embargo se encuentra también en nuestra experiencia? Ahí es donde Benedicto XVI no seguiría la senda que nos traza nuestro campeón filosófico nacional. Para Savater, la pregunta por el sentido, que reconoce parte de nuestra experiencia, queda fuera del campo cognoscitivo o racional, entra en el terreno de lo mítico, lo literario o lo sentimental. Para el Papa, y no sólo para él[1], es uno y el mismo hombre el que hace ciencia y religión, y es una y la misma razón la que busca conectar fenómenos mensurables y la que exige un significado. He ahí el filo de la navaja.

Si seguimos a Savater, seamos creyentes o no (pues también para muchos creyentes sus creencias no tienen valor cognoscitivo), acabaremos por negar legitimidad a uno u otro ámbito. El donostiarra nos previene contra la intromisión de la religión en la ciencia, para acabar -sin el hilo de continuidad esperable, hay que decir- advirtiendo de la injerencia de la religión en la política (aunque este deslizamiento del campo científico al político no deja de ser inquietante, como si fuera posible una "política científica" ajena a la consideración de la "pregunta por el sentido": algo que si repasamos la historia sólo ha traído consecuencias espeluznantes). O, al contrario, diremos que sólo en la religión se encuentra la seguridad que el mundo moderno quiere arrebatarnos, y caeremos en un fundamentalismo de signo contrario.

Si en cambio aceptamos el desafío de la experiencia completa, seamos creyentes o no (pues también muchos agnósticos y ateos lo son sin negar valor a la pregunta por el sentido) reconoceremos la legitimidad y la conveniencia de que el científico se pregunte por el significado de sus descubrimientos, y el hombre creyente se deje interpelar por el descubrimiento científico. Incluso aprobaremos con gusto, aunque sea para disentir, que el obispo opine sobre política y que el filósofo ateo opine sobre religión. La laicidad que todos deseamos para nuestra democracia no consiste en que a cierta gente se le prohíba hablar de ciertas cosas, sino en que todos podamos hablar de todo. Y en ese tablero los cristianos, manteniendo abierta la razón en toda su amplitud y dando testimonio de Quien lo hace posible, ofrecen un servicio impagable a la sociedad.

El problema de Savater no es de fe. Es de razón.

[1] Cf. por ejemplo Benedicto XVI, Gustavo Bueno, Jon Juaristi, et al., Dios salve la razón, Encuentro, Madrid 2008.

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