El empeño del Isis por convertirnos en un `gran Israel`

Mundo · Gianluigi Da Rold
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23 marzo 2017
El atentado de Londres nos deja sin aliento y sume a Europa entera, a todo Occidente, en el drama y ansiedad que genera la más oscura incertidumbre. Los servicios ingleses y de Scotland Yard, probablemente los mejores del mundo, fueron rápidos a la hora de calificar el atentado terrorista y luego, como de costumbre, parcos en los detalles de la investigación.

El atentado de Londres nos deja sin aliento y sume a Europa entera, a todo Occidente, en el drama y ansiedad que genera la más oscura incertidumbre. Los servicios ingleses y de Scotland Yard, probablemente los mejores del mundo, fueron rápidos a la hora de calificar el atentado terrorista y luego, como de costumbre, parcos en los detalles de la investigación.

Según los expertos en seguridad, el método utilizado por los ingleses es propio de quien tiene una pista concreta que seguir y lo hace con una discreción indispensable. El ataque terrorista se ha producido en Westminster, que es el corazón de la capital británica, el lugar que representa históricamente el centro, donde nació la democracia parlamentaria y representativa. Un simbolismo que supone una hipótesis que aún hay que verificar.

Todo se está sucediendo en un clima de alarma terrorista mundial, que se repite después de los atentados de Francia, con una cadencia continuada y obsesiva, y que coincide con una serie de aniversarios: los 60 años de Europa, los atentados de Bruselas hace un año, las próximas manifestaciones que ponen en discusión las decisiones políticas que se toman en Europa y en Occidente en general.

No cabe duda de que la raíz ideológico-político-religiosa que anima estos atentados nos reconduce al Isis, al estado islámico y sus “profetas” asesinos. Pero encontrar en estos atentados una estrategia y una racionalidad bélicas, aun en la asimetría propia del terrorismo, resulta difícil y complicado.

Las noticias hablan de un hombre que lanzó su coche, un todo terreno, por el puente de Westminster contra la multitud, embistiendo a la gente. Luego se apeó armado con un cuchillo, apuñaló a un policía y fue abatido por otros agentes, como si hubiera ido buscando el “sacrificio” para ganarse el paraíso y honrar el “verbo” del califa. Sigue el patrón del atentado suicida tristemente habitual en estos últimos años.

Se puede pensar que la guerra siria e iraquí, con el estado islámico en dificultades para actuar sobre el terreno, esté buscando respuestas desesperadas e incite por ello a sus simpatizantes a cometer atentados en Occidente. Se puede pensar en respuestas de venganza por la posible caída de Mosul y los problemas en Raqqa, la “capital” del califato.

Pero según los expertos occidentales en materia de seguridad, todos estos razonamientos, estos símbolos son fruto de la racionalización occidental, es decir, de nuestra racionalización. Lo demás es solo el fruto de una estrategia terrorista que ha llegado a un segundo nivel y solo quiere crear precariedad e incertidumbre. Pero la base de este terrorismo se basa sobre todo en una espontaneidad que nos deja atónitos.

Parece ser que los nuevos terroristas ni siquiera frecuentan las mezquitas, que los nuevos adeptos se han radicalizado tras conocer los ambientes del fundamentalismo islámico. Muchos son jóvenes inmigrantes de segunda generación que viven sumidos en una situación de malestar y que encuentran una razón para vivir y para morir en el sacrificio supremo del atentado, que se convierte casi inevitablemente en una forma de suicidio. La historia de Abu Muhammad Al Adnani es emblemática en este sentido.

Se encuentran consigo mismos no tanto en una dimensión religiosa sino más bien en una diferenciación ideológica de pertenencia no occidental. Todo ello adopta un aspecto de incertidumbre que parece insoportable y que está acostumbrando a Europa y a todo Occidente a vivir en una especie de “gran Israel”, donde estamos obligados a vivir con el imprevisto del terrorismo en cualquier momento, en cualquier circunstancia, en cualquier lugar.

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