El empeño de cuidar la vida

Mundo · José Luis Restán
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28 septiembre 2016
La asamblea de los obispos de Canadá, reunida estos días, afronta el desafío que supone la aprobación de la norma que legaliza el suicidio asistido y la eutanasia en aquel país. La Iglesia católica no ha permanecido pasiva en los debates previos, participando activamente en una amplia coalición civil denominada HealthCARE and Conscience. El arzobispo de Toronto, cardenal Thomas Collins, tomó la palabra el pasado mes de febrero ante el Comité Especial Adjunto del parlamento canadiense para estudiar este grave asunto, y advirtió sobre el riesgo de que la nueva legislación impulse un cambio de mentalidad según el cual matar a una persona se verá en ciertos casos como una forma de “cuidado de la salud”, y sobre la presión que soportarán en el futuro los más vulnerables, de modo que el supuesto “derecho a morir” en la práctica se convertirá para algunos en el “deber de morir”.

La asamblea de los obispos de Canadá, reunida estos días, afronta el desafío que supone la aprobación de la norma que legaliza el suicidio asistido y la eutanasia en aquel país. La Iglesia católica no ha permanecido pasiva en los debates previos, participando activamente en una amplia coalición civil denominada HealthCARE and Conscience. El arzobispo de Toronto, cardenal Thomas Collins, tomó la palabra el pasado mes de febrero ante el Comité Especial Adjunto del parlamento canadiense para estudiar este grave asunto, y advirtió sobre el riesgo de que la nueva legislación impulse un cambio de mentalidad según el cual matar a una persona se verá en ciertos casos como una forma de “cuidado de la salud”, y sobre la presión que soportarán en el futuro los más vulnerables, de modo que el supuesto “derecho a morir” en la práctica se convertirá para algunos en el “deber de morir”.

Lo cierto es que esas advertencias, así como el testimonio de una larga tradición de cuidados a los enfermos terminales que promueve su dignidad integral, no fueron escuchadas por los parlamentarios canadienses, que han preferido montar en la ola del nihilismo y la ingeniería social. El tiempo permitirá calibrar las consecuencias sociales de esta legislación, que evidentemente no nace de la nada, sino sobre la base de una cultura alimentada por los grandes centros de poder desde hace décadas, y seguramente por la debilidad de una verdadera cultura de la vida.

Por todo ello los obispos canadienses han invitado a su asamblea a un ponente de excepción, el cardenal de Utrech, Willem Eijk, médico antes que teólogo, experto en bioética médica y pastor de una comunidad que vive desde 1993 en el contexto de la permisividad social y el apoyo legal a la eutanasia. El cardenal holandés ha dibujado ante sus hermanos el sombrío panorama de una sociedad que, en buena medida, se ha embotado frente a las grandes preguntas éticas que surgen de la cuestión de la eutanasia. Y a buen seguro que también ha señalado la debilidad de la respuesta eclesial durante muchos años. En cualquier caso, la cultura nihilista ambiental y una legislación pro-activa han actuado como un sistema de biela-manivela que ha profundizado una mentalidad no sólo permisiva sino favorecedora de la eutanasia. De modo que lo que empezó siendo respuesta legal a supuestos problemas-límite, ahora se acepta como solución plausible para quien atraviesa una depresión o sufre una discapacidad. “Una vez que se permite acabar con la vida de alguien que padece algunos tipos de sufrimiento, ¿por qué no habría que permitirlo para quien sufre un poco menos?”. Seguramente las cosas no serán deferentes en Canadá.

Mientras la ley C-14 entraba en vigor y daba sus primeros pasos, este verano se inauguraba en Montreal, junto al Riviére-des-Praires, un moderno pabellón para enfermos terminales enclavado en la Citadelle Marie-Clarc, que regentan las hermanas de la Caridad de Santa María. Las religiosas lo han construido porque muchos enfermos no querían abandonar el hospital (ya existente desde hace cincuenta años) por el terror a morir solos, todo un signo de la época en que vivimos. Y lo han concebido como un lugar en el que los enfermos viven serenamente hasta el final, con una atención que tiene en cuenta todas las dimensiones de su vida. El pabellón “Oasis de paz” dispone de 36 camas y está pensado para que las familias puedan estar siempre cerca, con habitaciones grandes, y ventanas que se abren sobre el río y permiten contemplar la belleza del paisaje, también en los últimos momentos de la vida. Pero el alma de este lugar son las hermanas y voluntarios cuyo estilo consiste en la escucha, la sonrisa, el respeto a la dignidad de cada uno, de manera que el pabellón se convierte en un santuario. “Nuestro valor como sociedad se medirá por el apoyo que demos a los más vulnerables”, había dicho el cardenal Collins ante el Comité parlamentario. La partida está abierta, en todos los campos.

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