El drama del centro-derecha italiano

Mundo · Eugenio Nasarre
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2 octubre 2013
Quienes amamos Italia, respetamos a sus gentes y nos sentimos deudores de tantas y decisivas aportaciones en el orden cultural y político, sentimos estos días una irrefrenable amargura. Los episodios que estamos viviendo no pueden juzgarse sólo con la óptica de la política ordinaria. No es una crisis de gobierno más, que afecte a la estabilidad institucional de la República italiana y sacuda su vida financiera.

Quienes amamos Italia, respetamos a sus gentes y nos sentimos deudores de tantas y decisivas aportaciones en el orden cultural y político, sentimos estos días una irrefrenable amargura. Los episodios que estamos viviendo no pueden juzgarse sólo con la óptica de la política ordinaria. No es una crisis de gobierno más, que afecte a la estabilidad institucional de la República italiana y sacuda su vida financiera. A lo que estamos asistiendo es a una degradación de su vida pública incompatible con una democracia asentada en valores morales y principios jurídicos. Digámoslo sin ambages: hay un gran culpable, que está arrastrado al centro-derecha italiano a un suicidio colectivo. Es Berlusconi.

Italia no se merece el centro-derecha que ahora lidera Berlusconi y que se ha convertido en una anomalía en el panorama democrático europeo. Por eso mismo, hoy es necesario afirmar que otro centro-derecha es posible para devolver dignidad a la política italiana. Los italianos deben entenderlo y sus élites políticas han de esforzarse en acabar con esta degradante anomalía. Reconstruir un centro-derecha decente es la operación política más importante y urgente que se necesita acometer en Italia.

Sí, otro centro-derecha es posible y es imprescindible para Italia, también en beneficio del conjunto de Europa. En la Europa devastada tras la segunda guerra mundial, Italia supo levantarse con gran dignidad, haciendo acopio de sus energías morales, recomponiendo las bases de una sociedad democrática y en libertad. Aquella Italia contribuyó decisivamente a poner en marcha el gran proyecto de integración política europea. Un estadista de talla excepcional, Alcides De Gasperi, supo liderar un camino fecundo, que tantas aportaciones dio a la cultura democrática de la Europa de la segunda mitad del siglo XX.

Contraponer esos dos modelos de centro-derecha no es una tarea vana ni inútil. En todo caso, hay que decir que uno es infinitamente mejor que el otro. No se trata, desde luego, de dirigir la vista atrás. Todas las sociedades europeas han experimentado transformaciones sociales y culturales profundas. Italia no ha sido ajena a esos cambios. Pero nada que pretenda ser fecundo puede hacerse sin asentarse en una tradición cultural. En Italia la recomposición del centro-derecha exige una recuperación de los valores que alimentaron lo mejor de su obra de reconstrucción de su democracia.

No es posible vaticinar los próximos episodios de esta gran crisis. Es posible que se alcance algún tipo de compromiso para ganar tiempo. Pero lo que resulta incuestionable es que ya no sirven los paños calientes, los parches, las soluciones meramente tácticas. El centro-derecha irá a la deriva hasta que corte el nudo gordiano: superar definitivamente la nefasta etapa berlusconiana. Monti pudo haber sido una oportunidad. Tuvo la intuición de que debía plantear una alternativa a lo que representaba Berlusconi y su mundo. Pero fracasó. Algunos dicen que su error fue no pactar con Berlusconi. Ahora sabemos también que un pacto habría sido un error. Quienes siguieron el camino de Monti acertaron, aunque no cosecharan el triunfo. Ellos tienen ahora una gran responsabilidad en la tarea de recomposición del centro-derecha. Que ha de hacerse, que sólo podrá hacerse, asentándose en un sólido entramado de valores que enlacen con el gran legado que representa De Gasperi: la antítesis de lo que es y representa Berlusconi.

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