El diagnóstico prenatal o la `nueva eugenesia`

España · PaginasDigital
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20 diciembre 2013
Me congratulo de que por fin hayamos caído en la tremenda discriminación que supone que por ley (Ley Orgánica 2/2010) se abra la puerta al aborto cuando el nasciturus presenta indicios de discapacidad.

Hace pocos meses escribí el artículo que reproduzco a continuación, que precisamente hoy ha recobrado toda su actualidad, ante la aprobación en el Consejo de Ministros del proyecto de Ley Orgánica para la Protección de la Vida del Concebido y de los Derechos de la Mujer Embarazada:  

Entonces el Señor preguntó a Caín: ¿Dónde está tu hermano Abel?. Caín contestó: No lo sé. ¿Acaso soy responsable de él?[1]  

El Ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón ha afirmado que los discapacitados deben tener los mismos derechos que el conjunto de los españoles y ha defendido este principio tanto «para aquellas personas que han nacido» como para las «personas que están en proceso de nacer». Me congratulo de que por fin hayamos caído en la tremenda discriminación que supone que por ley (Ley Orgánica 2/2010) se abra la puerta al aborto cuando el nasciturus presenta indicios de discapacidad. Espero que tras la lectura de este post ello quede demostrado.

Y es que estamos asistiendo a una creciente intolerancia hacia la discapacidad (tolerancia, concepto muy de moda actualmente, a pesar de su connotación eminentemente negativa, ya que se tolera lo que a uno no le gusta, le molesta o considera contrario a sus intereses). Es preocupante el tenor con que se expresa el artículo 17.3 de la ley orgánica (en realidad, la lectura de todo el título II de la ley produce pavor… ¿Cómo el ser humano puede llegar tan lejos en el desprecio a la vida de sus semejantes, y más aún en una sociedad que se considera a sí misma “democrática”): en él se establece que, en el caso de que el aborto vaya a acogerse al supuesto del apartado b) de artículo 15, esto es, “que exista riesgo de graves anomalías en el feto” la madre recibirá “información por escrito sobre los derechos, prestaciones y ayudas públicas existentes de apoyo a la autonomía de las personas con alguna discapacidad, así como la red de organizaciones sociales de asistencia social a estas personas”.  Y si aquella no juzga suficientes las medidas públicas de protección a los minusválidos,  el ser humano que lleva en su seno y que podría (no necesariamente lo hará) nacer con alguna minusvalía, no va a tener ni siquiera la posibilidad de nacer, ya que por decisión de su madre se le quitará la vida.  

En un magnífico trabajo [2], Juan Vilarroig considera que, refiriéndonos al síndrome de Dawn, “cada vez hay menos personas con síndrome de Down en España porque no se les deja nacer. No es que haya terapia o curación para ellos, sencillamente evitamos que nazcan”. Y se pregunta por las causas que llevan a unos padres a evitar el nacimiento de su hijo si es portador de la trisomía del gen 21. Las agrupa en tres, esto es, en beneficio de la propia persona portadora de dicha trisomía, en beneficio de sus actuales o futuros hermanos, o en beneficio de los propios padres. Y señala que “la primera opción no parece muy razonable, puesto que decide a priori que la vida de un sujeto es indigna de ser vivida, sin preguntárselo siquiera al principal interesado” y la segunda y tercera deberían situarse en un debate más amplio sobre el hedonismo imperante en nuestra sociedad. Para entenderlo, puede resultar útil acudir a dos posturas contrarias al respecto, expresadas, la primera de ellas por los padres de un niño con parálisis cerebral y la segunda por un tetrapléjico. Nos servirán para entender las dos posturas enfrentadas. Ambas han sido publicadas a través de Twitter, además de haberlo sido también en diferentes medios de comunicación:  

1. Primera  

Sr. Gallardón, mi hijo tiene ocho años, crisis epilépticas, no habla, no controla esfínteres, no anda, es inestable y tiene tal espasticidad que para expresar sus sentimientos se pone rígido. No controla muchos de sus movimientos y lo único que tiene es a sus padres. Tiene épocas en las que no duerme ni de noche ni de día, está irritable y se pasa todo el tiempo llorando y gritando.

Le puedo asegurar que quiero a mi hijo con todo mi corazón, que no lo cambiaba por nada del mundo, bueno, sí, lo cambiaba por él sin problemas… yo no he tenido otra opción, su Parálisis cerebral no se vio durante el embarazo, fue tratado como un niño normal hasta los nueve meses.

Deje a los padres por lo menos la capacidad de decidir si quieren llevar esa cruz toda su vida o no. Le saludo atentamente y le reitero la invitación a vivir unos días con una familia con un niño con problemas y vea como es ese camino de espinas. Sin más se despide de usted una madre de un niño con Parálisis Cerebral.

En esta primera carta vemos que estamos ante la tercera de las posturas comentadas, es decir, en este caso parece que priman los intereses de los padres, que ante la posibilidad de llevar esta cruz toda la vida preferirían acabar con la vida de su hijo. Dejo al amable lector sacar por sí mismo las consecuencias de lo que acaba de leer.

2.        Segunda Reflexiones de un tetrapléjico sobre la ley del aborto.

Abortarme o no abortarme, he ahí el dilema.

Para mí suenan campanas de progreso. Hoy es el primer día en el que un ministro de este país ha planteado públicamente que abortar por causa de diversidad funcional (discapacidad), va a dejar de ser causa legal para poder terminar con un embarazo.

Lo que significa realmente para mí, es que alguien empieza a valorar mi vida como la de las demás personas. Tener una tetraplejia, dejará de ser causa legal para valer menos en esta sociedad.

Lo curioso es que mi opinión, y la de mucha gente como yo, es la que menos importa a nadie. Todos están ocupados en el debate de si ´aborto sí´ o ´aborto no´. Casi nadie se da cuenta de que el debate es mucho más profundo; el debate es sobre qué valor tienen las vidas de los futuros seres humanos que funcionen de una manera diferente a la media estadística de la población.

Claro, que para eso, primero hay que empezar con las palabras. Según la mayoría, se habla de ´malformaciones del feto´. Eso quiere decir exactamente, que yo soy un ser humano malformado. Pero como nos hemos vuelto más finos, y como ya estoy vivo y ya no se me puede abortar, ellos me llaman ´discapacitado´, ´persona con discapacidad´ o ´minusválido´. Sin embargo, ni es así como yo me veo, ni son las palabras que defiendo. Hace ya muchos años que algunos de los ´malformados´ propusimos otra manera de llamarnos: ´personas discriminadas por su diversidad funcional´.

Parece que no, pero la cosa cambia mucho. De ser personas menos valiosas, o menos capaces, pasamos a ser personas discriminadas por nuestra diferencia. ¿Le suena?

En esta segunda postura, que es la de una de las víctimas de esta discriminación, queda patente la misma, al rebelarse contra su consideración social como persona de segunda clase. En definitiva, y sin entrar a considerar el valor, a mi juicio sagrado de toda vida humana (consideración que permitiría superar definitivamente este debate) de lo que realmente se trata aquí es de un problema simple de discriminación. Se impide nacer a quienes presenta éste (u otros síndromes congénitos) haciéndoles con ello menos dignos que quienes no los presentan, calificando su vida de no digna de ser vivida.

En palabras de Vilarroig: “¿en virtud de qué se practica la interrupción voluntaria del embarazo a la madre cuyo hijo tiene síndrome de Down? En virtud de que su hijo (repetimos: aunque aún no lo considere persona) tiene una anomalía congénita. Si no tuviera síndrome de Down podría nacer tranquilamente”, y continúa “En nuestra sociedad se reconoce plena dignidad a las personas discapacitadas. Leemos, por ejemplo, que la finalidad del II Plan de Acción para personas con síndrome de Down en España es «la consecución de la autonomía individual en las personas con síndrome de Down»; y que estas personas «tienen derecho a decidir sobre su propia vida y su papel en la sociedad, por tanto, a desarrollar el proyecto de vida que para sí determinen». (…) O dicho de otro modo: nuestra sociedad, por un lado, no se cansa de repetir que hay que promover la autonomía de las personas discapacitadas porque son igualmente dignas, pero por otro permite eliminar a un individuo (futura persona, para aquellos que crean que antes de los nueve meses no se es persona) por el mero hecho de ser discapacitado. ¿Igualmente dignas cuando se asume que podemos eliminar al hijo que está en camino si es portador del síndrome de Down?”

De todo lo dicho puede deducirse que estamos ante una dramática quiebra social: el mero hecho de que pueda pensarse en acabar con la vida de un ser humano simplemente porque no va a ser como las demás rompe todos los consensos y todas las bases de nuestra convivencia. Porque valorar más al hijo sano que al enfermo significa la negación misma del concepto de persona. El ser humano es portador de una dignidad innata que impide que sea utilizado para absolutamente ninguna finalidad, pues es un fin en sí mismo; su valor no puede venir dado por lo que tiene, sino por lo que es, no puede venir dado por cómo es, sino por ser él mismo. Es un grave síntoma de descomposición social, insisto, el hecho de que dejen de considerarse importantes valores tales como la solidaridad, la responsabilidad por el otro, la generosidad y la entrega a los demás.  Si no somos capaces de aceptar, valorar y responsabilizarnos de los más débiles de entre nosotros, nuestra sociedad ya no será tal, y habrá dejado de ser plenamente humana.

Imagen: http://www.intereconomia.com/. Sindrome-Down-Getty.jpg

[1] Génesis, 4.9

[2] VILARROIG MARTÍN, JUAN. La desaparición silenciosa: A propósito del cribado eugenésico de las personas con síndrome de Down. En Cuadernos de Bioética. Nº 77. Vol. XXIII, 1ª, 2012. Pp. 111-121

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