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El despertar

Mundo · Elena Santa María
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25 mayo 2017
La vida de Francisco Luzón, el que fuera mano derecha de Emilio Botín en el Banco Santander, cambió radicalmente cuando hace tres años y medio le diagnosticaron ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica). En una entrevista que publicaba esta semana El Mundo contaba su nueva cotidianidad: ´Me descubro ante el espejo, la imagen se desdobla, Paco me mira con gesto serio y con crudeza y realismo me pregunta: «¿por qué el empeño en mantener tanta actividad cuando una enfermedad tan perversa se ha metido en tu cuerpo?»´.

La vida de Francisco Luzón, el que fuera mano derecha de Emilio Botín en el Banco Santander, cambió radicalmente cuando hace tres años y medio le diagnosticaron ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica). En una entrevista que publicaba esta semana El Mundo contaba su nueva cotidianidad: ´Me descubro ante el espejo, la imagen se desdobla, Paco me mira con gesto serio y con crudeza y realismo me pregunta: «¿por qué el empeño en mantener tanta actividad cuando una enfermedad tan perversa se ha metido en tu cuerpo?». Me mantengo frente al espejo, desvío ligeramente la mirada, Paco me sonríe y me aconseja que no haga caso de la perorata, que merece la pena dar esta batalla hasta el último minuto. Con esta escena arrancan mis días. La eterna lucha entre dos almas, con sus razones y argumentos demoledores en cualquiera de los casos´.

Probablemente la lucha de Vanessa Redgrave por las mañanas, aunque no sufra ELA, sea parecida, al menos desde el día que vio en televisión el cadáver de Aylan Kurdi en la playa. A sus 80 años -informa El Mundo- se ha estrenado como directora en el festival de Cannes, donde ha presentado su documental sobre refugiados: Sea Sorrow (El dolor del mar). ´No quiero pasarme los meses o años que me queden de vida dando discursos. Por eso me decidí a ponerme detrás de la cámara. Quise hacer una elegía. La película no es más que una expresión del dolor; un dolor muy concreto. Europa prometió ayudar a gente que escapaba de la guerra y que nos veía como un santuario, el único en el mundo. Y hemos roto esa promesa. Les hemos traicionado. Hemos olvidado quiénes somos y por qué somos europeos´.

Por otro lado, es posible que el político Juan Carlos Girauta también se enfrente a una lucha matutina semejante. Escribe en su columna de El Español, titulada “Creer en algo”, lo siguiente: ´Hay que reconocer que nadie previó mejor que el católico Chesterton la credulidad absoluta e indiscriminada en que iba a caer Occidente una vez perdida la fe en Dios (…) Tolstoi en La Confesión ilustra maravillosamente la necesidad de la religión para unas gentes sencillas que padecían tanto como el campesinado ruso. Es la misma idea de Marx cuando compara la religión con el opio, una reflexión bondadosa contra la interpretación habitual: no es el opio literario de la huida placentera, es el opio solemne que aplaca el dolor insufrible de la existencia necesitada. Quien haya precisado alguna vez la morfina, quien conozca ese paso casi instantáneo del dolor extremo al bienestar ataráxico sabrá muy bien a qué me refiero. Marx no insultaba a la religión en aquella frase, no menos popular que la de Chesterton. Pero, a diferencia del polígrafo británico, no comprendió que lo insufrible no era la existencia en precario sino la existencia sin más, y que privados del opio auténtico, muchos se lanzarían desesperados en busca de cualquier chute, polvo cortado, cigarrillo cargado o pastilla dudosa´.

De nuevo en El Mundo, Iñaki Andrés explica una conversación con el filósofo Javier Sádaba: ´rematamos los vermuts hablando de la felicidad. Así, como a bocajarro. Sobre cómo ser felices. O cómo detectar que lo somos sin rubor. O si eso se aprende. O cómo no lo somos y hasta dónde prolongar la penumbra del ánimo´. Anticipa además su conclusión: ´los placeres sutiles son aquellos que no se convocan. Suceden. Vienen de lo que no se ve. Mejor: de lo que no se espera.´ Valeria Luiselli intuye algo similar, escribe en El País: ´Hace unas semanas caminaba por la avenida Broadway con mi hija de siete años. De pronto me tiró de la mano y, obligándome a detenerme, señaló con el índice un letrero en la fachada de una zapatería. Las letras empotradas en bloque decían Hary`s Shoes. Me costó unos segundos detectar lo que señalaba: en la cuenca de la o de la palabra shoes había un nido de pájaro, hecho de palitos, plumas, y posibles restos de colillas de cigarro (…) En sí misma, la actividad de buscar nidos es trivial y ociosa -sino del todo chalada-. Pero llevada más allá de su fin inmediato, tal vez constituya una especie de reentrenamiento de la mirada. Y en estos días tan blanco y negro, tan ellos y nosotros, tan sí o no, vale la pena entregarnos a la disciplina cotidiana de reparar en los matices y en las pequeñas cosas”.

Explicaba Vanessa Redgrave que el título de su documental, Sea Sorrow, replica una expresión de La Tempestad de Shakespeare. ´Pocas obras de él expresan el miedo y el horror a la vez que la gratitud por la providencia de la vida salvada´.

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