El desordenado aprecio de los españoles por el orden público

España · M. Medina
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16 diciembre 2010
Soraya Sáenz de Santamaría ha tenido este jueves una estupenda mañana en el Congreso. Con contundencia dialéctica ha denunciado la anomalía institucional que supone la prórroga de un estado de alarma para resolver el conflicto con los controladores. Zapatero, que al final ha asistido al pleno, encajaba con sonrisas forzadas los golpes certeros.

Uno de los más eficaces es el que Santamaría le ha propiciado cuando ha asegurado que "el último recurso del Gobierno es mostrarse autoritario para disfrazar su falta de autoridad". Razonamiento perfecto: denuncia de la falta de previsión, de la anomalía institucional. Tan contundente pronunciamiento parecía el anuncio de un voto en contra de la convalidación del decreto. Pero toda la munición empleada sólo estaba destinada a justificar la abstención.

¿Incoherencia de los populares? Muchos de sus diputados defendían en los últimos días que había que votar que no. Pero en el PP han pensado que no era el momento de oponerse al sentir de muchos españoles y que era conveniente no caer en la trampa que le ha tendido Rubalcaba a cuenta de los controladores. Y es que buena parte de la opinión pública española parece haber aceptado el maniqueísmo con el que se le ha presentado la cuestión. Hay todavía una fibra muy presente en nuestra sociedad que está convencida de que lo importante es solucionar los problemas, sobre todo si son de orden público, y que es secundario si la ley o las instituciones sufren por ello.

¡Si podemos volar, qué más da que no se puedan celebrar elecciones! La imposibilidad de celebrar elecciones es uno de los efectos más visibles del estado de alarma. Es un razonamiento que en el fondo esconde una falta de sensibilidad democrática. No estamos dispuestos a sacrificar casi nada por la cosa pública. Nos parece abstracto el respeto a la ley que limita los poderes del Estado. El asunto, por desgracia, tiene poco que ver con nuestros intereses. Es como si nos regalaran la democracia. Y Rubalcaba, que conoce esa gran debilidad de nuestra sociedad, la explota como en la época de González, para darnos el pan de la seguridad a cambio de sacrificar la libertad.

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