Entrevista Valentí Puig

´El desastre independentista no cuestiona el Estado de las Autonomías´

España · P.D.
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23 marzo 2018
Hace falta rehacer los vínculos entre Madrid y Barcelona. Necesitamos una excelencia intelectual que favorezca el intercambio de ideas y no la confrontación de identidades, la prosperidad y no la incertidumbre económica, la seguridad jurídica y no la ruptura, un sistema de opinión que corresponda a una sociedad compleja y no al reduccionismo populista. Defendemos el sentido de pertenencia frente a los instintos de exclusión, el “fair play” del discurso público frente a la distorsión. Según se ve con el independentismo, como decía Tocqueville, es más fácil aceptar una simple mentira que una verdad compleja.

¿El centro político fue el gran vencedor en la transición?

A mi entender el vencedor de la transición fue una sociedad que venía evolucionando desde los años sesenta, con el anclaje positivo de las clases medias. Regresaron los exiliados, se dejó en el armario la bandera republicana, hubo una imbricación entre sociedad y política, mejor que la de ahora. Eso ocurría en el umbral de la crisis del petróleo. Se creyó que con la Constitución de 1978 se creaba el marco para terminar con los nacionalismos victimistas. El actual desastre independentista catalán hace pensar a algunos que eso representa el fracaso del Estado de las autonomías pero no lo veo así: habrá que racionalizarlo, arrancar de raíz los gérmenes de caciquismo pero todavía sirve sí se urde un buen sistema de financiación.

¿Se ha dejado de gobernar desde el centro? ¿Por qué?

Yo también me lo pregunto porque la sociedad española fue muy sensata al desplazarse electoralmente desde el centro de la UCD –en el gobierno con la transición y luego finiquitada– al centroizquierda del PSOE: es decir el felipismo. Con la crisis de 2008, aparecen nuevos actores políticos de distinta sustancia, como Ciudadanos y Podemos. Eso condiciona al PP y al PSOE. Respecto al PSOE no se le ve con ganas de centrarse. El PP es un partido muy fatigado y ve crecer la amenaza de Albert Rivera.

¿El centrismo político tiene relación directa con la existencia de una clase media?

Sí, incluso en el moderantismo del siglo XIX. Luego, la hegemonía de las clases políticas se fundamenta en el crecimiento económico de los años sesenta y una aceleración de los cambios sociales. Con la crisis de 2008, las clases medias se han visto muy castigadas, pero renacerán, adaptadas a la nueva realidad, y volverán a ser decisivas en el trazado del mapa político.

¿El agotamiento de la socialdemocracia tiene algo que ver con el agotamiento del centro?

Esa cuestión es central porque la deriva de la socialdemocracia genera ausencia a la hora de hacer frente a los nuevos populismos. Y en el centro-derecha tenemos partidos atrápalo-todo que nadie sabe muy bien qué valores defienden. Al mismo tiempo, la laxitud de las políticas inmigratorias ha cambiado el mapa político de Europa.

¿Por qué hemos vuelto a la dialéctica amigo-enemigo?

Por no hacer gran política sino estricto partidismo, por un desorbitado corporativismo de los partidos políticos. Pero si la política se instala en la dialéctica amigo-enemigo no creo que ocurra lo mismo en la sociedad, a pesar de los “reality show” y de un cambio excesivamente acelerado en las costumbres y las formas.

¿Es Macron un centro real?

Habrá que ver qué ocurre cuando intente hacer sus grandes reformas. En casos previos, la oposición social a los cambios ha tumbado a varios presidentes o les ha obligado a un giro de 180 grados. Macron tiene su atractivo, como novedad, pero Francia es un país que desconfía y se siente incómodo con casi todo.

Ha promovido en Barcelona el Club Tocqueville. ¿En qué consiste esta iniciativa?

Es una suerte de “think tank” con más ambición intelectual que política. Emprende su trayectoria desde el horizonte constitucional de una Cataluña autonómica, en una España con presencia de primera línea en la Unión Europea. Hace falta rehacer los vínculos entre Madrid y Barcelona. Necesitamos una excelencia intelectual que favorezca el intercambio de ideas y no la confrontación de identidades, la prosperidad y no la incertidumbre económica, la seguridad jurídica y no la ruptura, un sistema de opinión que corresponda a una sociedad compleja y no al reduccionismo populista. Defendemos el sentido de pertenencia frente a los instintos de exclusión, el “fair play” del discurso público frente a la distorsión. Según se ve con el independentismo, como decía Tocqueville, es más fácil aceptar una simple mentira que una verdad compleja.

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