El debate de la Nación: el arte de tener siempre la razón

España · Francisco Pou
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27 febrero 2014
Alguna discreta columna en el Wall Street Journal. Predecibles titulares en la prensa española. El “debate del Estado de la Nación” pasa como un compromiso predecible. Sin sorpresas acaba la función que se representa con un guión cinematográfico a lo “Rocky 18”. Una suerte de liturgia civil con el tedio que para un escéptico puede tener el funeral del amigo de un primo que no sabe muy bien cómo se llama.

Alguna discreta columna en el Wall Street Journal. Predecibles titulares en la prensa española. El “debate del Estado de la Nación” pasa como un compromiso predecible. Sin sorpresas acaba la función que se representa con un guión cinematográfico a lo “Rocky 18”. Una suerte de liturgia civil con el tedio que para un escéptico puede tener el funeral del amigo de un primo que no sabe muy bien cómo se llama.

En primer lugar está la Nación. Ya empezamos. Una identidad, la española, que a fuerza de complejos, ha acabado buscando orígenes fantásticos, como un cincuentón preguntando en qué torno de convento fue encontrado, sin querer ver las fotografías de sus abuelos, padres, cómo creció, quién le daba la mano y le enseñaba a aprender. La Nación, las naciones, el Estado, Las Autonomías, las pretensiones. Es difícil encontrar en el mapa del Mundo una entidad nacional (perdonen la presunción) con mayores dudas, complejos y creativos del conflicto identitario hasta lo milimétrico.

Luego está el estado. En minúscula; la situación, el estado de “la Nación”, que no es lo mismo que el “Estado” mayúsculo, enorme, creciente. Un tumor que pretende ser la solución sin darse cuenta de que es precisamente el problema. El estado oficial de la Nación es “saliendo de la crisis”. Porque el Estado y el “sistema” celebra la salida de “la crisis”. Hay más dinero en el Estado, sí. Hay más dinero en los bancos. Pero, qué casualidad, ha subido la relación de deuda pública-PIB, debemos más dinero; lo deben ya los hijos que vayan a tener nuestros hijos. El 94% de lo que consigamos este año, lo debemos. Y subiendo. Ha dejado de subir el paro. Pero qué casualidad, hay menos gente que pueda ir al paro, porque sencillamente “somos menos” en el país con más decrecimiento poblacional de Europa. Y “ya tienen trabajo” muchos titulados, padres de familia, con sueldos de mil euros. No es que tengan trabajo, es que tienen trabajo hasta el apuro para comprar alimentación básica. Pero volvemos al crecimiento. ¿Quiénes?

Con los periódicos del “debate del estado de la Nación” se han arropado mejor algunos que cerca de mi casa duermen en “viviendas portátiles” de cartón. Cada vez son más. Cuando alguna vez les llevo la cena y el desayuno no hablamos del “derecho a decidir” ni de indicadores económicos. Hablamos de la realidad del frío, del hambre, de la soledad. Todo eso que intentamos alejar juntos.

Es cierto, empieza a subir el consumo. Pero si es “esa” toda nuestra esperanza, que sea “el consumo” quien nos saque de la crisis, seguimos con el mismo tumor, el mismo error. Los errores… Hoy un “error” ha hecho que 9 votos del PP en Cataluña se hayan apuntado (un despiste…) al referéndum soberanista. Y no ha pasado nada. A mí me resulta tedioso leer a Schopenhauer. Pero tiene un opúsculo titulado “El arte de tener siempre la razón”. Claves dialécticas, consejos de judoka, para hacer caer al contrario o para acabar vencedor en un ring donde no importa la realidad, la verdad o el frío y la soledad de los que duermen en un cartón. Sólo la victoria dialéctica. El debate parlamentario de la semana tenía el tedio de Schopenhauer y la soledad de un mundo aparte que sólo habla de sí mismo. Y están pasando cosas en el mundo real.

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