El centro de gravedad de la Iglesia

Mundo · José Luis Restán
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7 marzo 2013
A Walter Kasper el Cónclave le ha sorprendido al filo de los ochenta años. La providencia le ha regalado este momento histórico cuando ya disfrutaba de su retiro. Su larga  relación con Joseph Ratzinger ilumina un tramo largo de la reciente historia de la Iglesia. Ambos fueron jóvenes y brillantes teólogos que participaron del entusiasmo conciliar; ambos veían la necesidad de renovar la teología, volviendo a las fuentes por un lado, dialogando con la modernidad por otro. La apertura intelectual y la ausencia de formalismo han permitido que coincidieran y discreparan sin disimulo, incluso cuando ambos lucían ya la púrpura cardenalicia.

Kasper ha puesto el acento siempre en las cuestiones estructurales y disciplinares. Le preocupa la cuestión de las relaciones entre el Papa y los obispos (abogando por menos centralismo y más colegialidad), la participación de los laicos en las estructuras eclesiásticas, y también temas como la participación en la comunión eucarística de los divorciados vueltos a casar. No son temas menores, y su colega Ratzinger nunca ha rehuido el diálogo sobre ellos. Pero es cierto que siempre colocaba el centro de gravedad en "otra cosa", en la sustancia de la fe. Cuando Kasper hablaba de crisis subrayaba la necesidad de modernizar la maquinaria, de flexibilizar la norma… mientras que Ratzinger-Benedicto XVI insistía en el cansancio y en la debilidad de la fe. Por supuesto que ambas cosas no son incompatibles, para ninguno de los dos lo han sido, pero cada uno tenía su clave a la hora de interpretar la partitura.

Cuando Joseph Ratzinger fue llamado en 2005 a la silla de Pedro muchos cavilaron sobre el futuro de Kasper en la Curia. Durante años había comandado el Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos con una sensibilidad no siempre concordante con el nuevo papa. Pero Benedicto XVI le confirmó en su cargo y le mantuvo cinco años a su lado, así era su grandeza de alma y de mente.

Ahora Kasper ha vuelto a Roma y en una entrevista concedida al vaticanista Paolo Rodari en el diario La Repubblica ha reiterado su programa: descentralización, extensión de la colegialidad a todos los estratos de la Iglesia, reforma copernicana de la Curia, revisión de la norma que impide a los divorciados vueltos a casar recibir la comunión. Lo repito, no son temas menores. Pero curiosamente Kasper no menciona apenas el cansancio de la fe en Occidente, la debilidad educativa de las comunidades cristianas ni el desafío de comunicar la fe en un mundo marcado por el nihilismo.

Vaya por delante que la posición que encarna Kasper es completamente legítima y seguramente encarna una sensibilidad presente en el futuro Cónclave: la de quienes priman la solución de problemas estructurales y de gobierno interno, especialmente tras la crisis de Vatileaks y las disfunciones detectadas en la Curia. Y la de quienes insisten, cincuenta años después, en la necesidad de redimensionar el "centro" de la Iglesia.

Precisamente en Alemania, patria común de los dos protagonistas de este artículo, Benedicto XVI pronunció unas palabras que a mi juicio iluminan este debate: "Vemos que en nuestro opulento mundo occidental hay carencias. A muchos les falta la experiencia de la bondad de Dios. No encuentran un punto de contacto con las Iglesias institucionales y sus estructuras tradicionales. Pero, ¿por qué? Pienso que ésta es una pregunta sobre la que debemos reflexionar muy seriamente… En Alemania la Iglesia está organizada de manera óptima. Pero, detrás de las estructuras, ¿hay una fuerza espiritual correspondiente, la fuerza de la fe en el Dios vivo? Debemos decir sinceramente que hay un desfase entre las estructuras y el Espíritu. Y añado: la verdadera crisis de la Iglesia en el mundo occidental es una crisis de fe. Si no llegamos a una verdadera renovación en la fe, toda reforma estructural será ineficaz".

Y una última reflexión sobre el centro romano. Benedicto XVI nos ha mostrado un modo de ejercer el ministerio de Pedro en el que el centro no fagocita ni absorbe los distintos elementos del cuerpo eclesial. Ha sido un centro fuerte en cuanto a la sustancia doctrinal y la persuasión del testimonio, pero nunca un centro imperial o invasivo. También en esto el pontificado de Joseph Ratzinger dejará una estela. Es justo reivindicar la colegialidad que diseña el Concilio, pero sin un centro como el que hemos visto en acción, dicha colegialidad se diluiría. Paradojas de la modernidad. Esta época de la globalización y las redes sociales ha dotado de mayor peso y responsabilidad al papado, en lugar de disminuirlo. ¿No había que escuchar los signos de los tiempos?

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