El caso Zuckerberg y la soledad

Mundo · Riro Maniscalco (EE.UU)
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11 abril 2018
Yo uso Facebook. Un poco. No es que haga allí grandes cosas. Más que nada, cuelgo mis artículos, los eventos que quiero dar a conocer al mundo entero y consulto la lista de cumpleaños. De vez en cuando cambio la foto de portada. En definitiva, soy uno de los dos mil millones de seres humanos a los que Mark Zuckerberg ha congregado en esta enorme comunidad virtual nacida de la nada en los últimos 14 años. En California tengo amigos que trabajar allí. Una idea genial, un desarrollo imprevisible, un negocio multimillonario, un montón de cosas buenas e interesantes… ¿y ahora? 

Yo uso Facebook. Un poco. No es que haga allí grandes cosas. Más que nada, cuelgo mis artículos, los eventos que quiero dar a conocer al mundo entero y consulto la lista de cumpleaños. De vez en cuando cambio la foto de portada. En definitiva, soy uno de los dos mil millones de seres humanos a los que Mark Zuckerberg ha congregado en esta enorme comunidad virtual nacida de la nada en los últimos 14 años. En California tengo amigos que trabajar allí. Una idea genial, un desarrollo imprevisible, un negocio multimillonario, un montón de cosas buenas e interesantes… ¿y ahora? Ahora pasa que el Sr. Zuckerberg, el empresario prodigio treintañero que nunca acabó la universidad (cosa que no le afectó especialmente), tiene que comparecer ante dos comisiones del senado que lo van a freír a causa del uso impropio de los datos personales de millones de usuarios.

Hay más. El año pasado Facebook ya admitió que casi 1,8 millones de personas habían empezado a seguir ciertas páginas asociadas a una entidad rusa no identificada, extremadamente activa durante la campaña presidencial norteamericana. No es para bromear, la cosa es seria. Y Zuckerberg plenamente consciente, tanto que tanto él como Sheryl Sandberg, jefa de operaciones del coloso de Menlo Park, empezaron hace tiempo su campaña pública de petición de perdón, con una oleada de entrevistas que los medios nunca habían ni soñado. Para decir que “no hicimos lo suficiente para impedir que estos instrumentos se utilizaran para fines dañinos”. Y que obviamente están trabajando en ello.

Sea como sea, qué hace falta para controlar a un mastodonte como Facebook es algo que no me atrevo ni siquiera a imaginar, pero yo no soy Zuckerberg ni tengo que sentarme en la parrilla ardiente de la comisión del senado. Yo tengo mis preocupaciones. Pero lo que más me llama la atención en la aventura de Facebook es cómo se ha introducido en ese limbo terrenal, en ese sutil y casi invisible espacio entre la privacidad y la soledad que es la residencia habitual de tantos americanos y cada vez más en el mundo occidental. Con Facebook, la privacidad, un cierto tipo de privacidad, desaparece, y no es cuestión de rusos ni de consultores ingleses que quieren comernos el cerebro.

Aunque nadie renuncia a poner ciertos límites entre mi casa y la del vecino, desde que Zuckerberg entró en nuestras vidas nada me frena a la hora de informar al mundo entero (con imágenes, palabras e incluso con música) de que me caso, soy abuelo, juego al lego, tengo que salir corriendo al baño, tengo un hámster o qué sé yo. De hecho, hoy igual que ayer, y posiblemente igual que mañana, cientos de millones de usuarios seguirán pinchando, comentando y compartiendo. El hecho de que Zuckerberg tenga que declarar ante el senado parece que no interesa demasiado ni que vaya a cambiar nuestro modo de relacionarnos con las redes sociales.

Blanco como su camisa, visiblemente tenso, Zuckerberg se ha sentado ante las preguntas de Chuck Grassley, jefe de la comisión, y ha ido respondiendo con su, legítima, retórica: la nuestra es una compañía idealista y optimista que nació para conectar gente del mundo entero. Mientras hablaba y anunciaba toda una serie de acciones para proteger datos, combatir las fake news y defenderse de intrusiones políticas, parecía ir tomando color. Pero el interrogatorio cada vez era más exigente. ¿Por qué no notificó a la gente cuyos datos habían sido sustraídos por Cambridge Analytica? ¿Por qué no informó a las autoridades? ¿Por qué, después de diez años de excusas por los errores cometidos, esta debería ser la hora de la verdad? ¿Por qué una persona cualquiera sigue pudiendo encontrar en Facebook cosas que no deberían estar ahí? ¿Por qué debe ser Mr. Zuckerberg quien dicte las reglas del juego del monopoly en las redes sociales?

Pero solo estamos al principio… Y parece que el rostro de Facebook vuelve a salir vencedor del enésimo desafío porque, a diferencia de los senadores que le interrogan, él sabe de qué está hablando… Es solo una sensación que tengo, ya veremos. En todo caso, aunque Facebook pueda privarnos de la privacidad, de lo que no nos privará sin duda es de la soledad. Esa no se ha resentido.

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