El cardenal Fernando Sebastián

Mundo · Eugenio Nasarre
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19 febrero 2014
En el consistorio que mañana tendrá lugar en Roma el Papa Francisco impondrá la birreta cardenalicia al arzobispo emérito Fernando Sebastián. Es un día de alegría para el catolicismo español. Quiero dar cuenta a los amigos de estas Páginas las razones de este sentimiento, al que se une el de la gratitud.

En el consistorio que mañana tendrá lugar en Roma el Papa Francisco impondrá la birreta cardenalicia al arzobispo emérito Fernando Sebastián. Es un día de alegría para el catolicismo español. Quiero dar cuenta a los amigos de estas Páginas las razones de este sentimiento, al que se une el de la gratitud.

He tenido la fortuna de seguir de cerca la trayectoria de Fernando Sebastián desde que, a comienzos de la Transición, era Rector de la Universidad Pontificia de Salamanca: hace ya cerca de cuarenta años, el período de nuestra democracia. Y a lo largo de este tiempo se ha alimentado en mí una creciente admiración por sus virtudes y por su inmensa tarea al servicio de la Iglesia y de la sociedad española.

Concedo al nombramiento de D. Fernando, cardenal que por edad ya no es elector, un valor simbólico, que trasciende el merecido reconocimiento de su obra como teólogo y pastor de la Iglesia. Es el reconocimiento de la andadura de la Iglesia española en el complejo período histórico que se alumbró con el advenimiento de nuestra democracia. Fernando Sebastián es una figura clave para entender el camino recorrido por el catolicismo español desde el rumbo impulsado por Tarancón con el aliento del Concilio Vaticano II. La Iglesia, para afrontar los imponentes desafíos que se le presentaban ante los “tiempos nuevos”, necesitaba un nuevo modo de presencia en la sociedad española, que abarcaba múltiples aspectos, y que no podía reducirse a su acomodación al régimen de libertades y de democracia con que los españoles habíamos decidido asentar nuestra convivencia.

En la tarea de renovación y de reflexión doctrinal que el catolicismo español tuvo que llevar a cabo la contribución de monseñor Sebastián ha sido extraordinariamente fecunda y nos deja un legado que no debemos dejar en saco roto. Se ha ido plasmando tanto en importantes documentos de la Conferencia Episcopal como en sus escritos personales como teólogo y pastor. Siempre me admiró la aguda capacidad de análisis de D. Fernando, al atisbar los intensos cambios que estaba experimentando la sociedad española, así como las luces y las sombras que iban apareciendo en el horizonte, al compás de la onda secularizadora que se iba extendiendo en la sociedad europea. A todas ellas dio respuesta Fernando Sebastián con orientaciones lúcidas, que no siempre fueron acogidas como hubiera sido deseable por el cuerpo del catolicismo español.

Son muchas las aportaciones de D. Fernando. Pero ahora querría subrayar tres. La primera, su contribución a la tarea de asentar la vida civil española bajo el signo de la reconciliación y de una convivencia basada en el respeto y comprensión mutua, indispensables en una sociedad pluralista. Sólo una visión miope residenciaría esta tarea en la política. La dimensión religiosa forma parte esencial de la convivencia civil y debe ocupar un lugar en el espacio público, que va más allá de la tradicional concepción de las “relaciones Iglesia-Estado”. D. Fernando siempre creyó que el diálogo era y es el instrumento privilegiado para el nuevo modo de presencia del catolicismo en nuestra sociedad. Y dedicó los máximos esfuerzos para hacerlo realidad, aunque los resabios laicistas que han impregnado nuestra historia contemporánea dificultaron sobremanera este empeño.

La segunda aportación fue su lúcido diagnóstico sobre los riesgos de la “secularización interna” del catolicismo español, que sacudió a instituciones y grupos humanos de la comunidad eclesial española. Sus escritos en torno a esta capital son esclarecedores. D. Fernando ha animado siempre a la coherencia de una fe vivida, que alienta el sentido de la vida y la misión evangelizadora. Las debilidades del catolicismo español (y europeo) tienen esta honda raíz.

La tercera aportación es su decidida defensa de la dignidad humana y de los derechos inherentes a ella, frente a estrategias deshumanizadoras. Recuerdo su homilía en Leiza, en el funeral de José Javier Múgica asesinado por ETA, como pieza magistral, desde la perspectiva estrictamente religiosa, de defensa de la vida humana y de condena moral del terrorismo. En Occidente se libra una gran batalla, de naturaleza cultural, en la que están en juego derechos fundamentales y la misma concepción del hombre. D. Fernando nos incita a tener un compromiso fuerte en esta encrucijada que mueve los cimientos de nuestra civilización.

Día de alegría y día de gratitud. Sé que D. Fernando recibirá la birreta como un nuevo compromiso: el compromiso de su magisterio, de su palabra, ejercida con libertad y con caridad.

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