El canto de amor que dio a conocer a Eliot

Cultura · Silvia Ballabio
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14 enero 2015
Hace cien años, la revista Poetry publicaba “La canción de amor de J. Alfred Prufrock”, escrita por Thomas Stearns Eliot a los 22 años, gracias a la mediación de Ezra Pound, el mentor de Eliot o su mejor artesano, como el propio Eliot definió a Pound. A esta publicación le siguió un folleto, “Prufrock y otras observaciones” en 1917, y a partir de ahí ya es historia conocida.

Hace cien años, la revista Poetry publicaba “La canción de amor de J. Alfred Prufrock”, escrita por Thomas Stearns Eliot a los 22 años, gracias a la mediación de Ezra Pound, el mentor de Eliot o su mejor artesano, como el propio Eliot definió a Pound. A esta publicación le siguió un folleto, “Prufrock y otras observaciones” en 1917, y a partir de ahí ya es historia conocida.

El nacimiento de ese astro de la poesía moderna llamado Thomas Stearns Eliot tuvo lugar con aquel poema de 140 versos, reelaborado y revisado como siempre hacía Eliot, y como siempre hecho de fragmentos: suyos, de la Biblia, de Hesíodo, de Shakespeare, Chaucer, Marvell, versos libres por donde desfilan el famoso “paciente eterizado en una mesa”, Miguel Ángel y el menos conocido “yo”, formulado en boca de otros hasta convertirse en un insecto “espetado a la pared”.

Pero más allá del Panteón de la gloria inmortal, el canto de amor menos lírico y romántico de la poesía inglesa, ¿ha sobrevivido a la evolución de la sensibilidad? Retrato de un alma o tumba de su desesperación, este poema está cargado de preguntas planteadas todas en primera persona, como laberintos donde cada ocasión es “tiempo para cien visiones y revisiones / antes del té con tostadas”. No hay espacio para la “pregunta abrumadora” que solo Hamlet osó pronunciar, “To be, or not to be, that is the question”, que en Prufrock se limita a un “¿Me animo, si pudiera / a perturbar el universo?”. Que al final se queda en “¿Me animaré a comer / una papaya?”. Una imparable y precipitada caída.

Aparte de sus quejumbrosas preguntas, la voz casi petulante de Prufrock se desvela en su gesto de decir quién no es él. No es Hamlet, como mucho es un “bufón”. No es Juan el Bautista, y a nadie le importa su cabeza “traída en una fuente”. Tampoco es Lázaro, “vuelto entre los muertos, [para] contarles todo”, ese pobre que vuelve de los cielos para advertir a los que pierden su vida en la tierra. Ni Ulises, puesto que no cree que las sirenas, ni siquiera en sus oídos, “vayan a cantar para mí”. En el océano del ser (o del no ser) no viajamos, ni descubrimos, ni exploramos; “nos ahogamos” en el eterno presente de un mundo donde el tiempo es siempre y solo futuro o una ocasión perdida.

Las palabras de Prufrock han seguido el camino del vino que se deja envejecer, prácticamente imposible de beber el día que se embotella (fue durísimo el comentario anónimo publicado en 1917 en la revista The Times Literary Supplement, afirmando que esas “observaciones no tienen relación alguna con la poesía”) pero que adquiere valor con el paso del tiempo. Las eruditas menciones a la Biblia, Shakespeare, Marwell, Hesíodo o Chaucer sirven de catapulta a sentimientos y sensaciones de miedo, soledad, alienación, frustración e impotencia, que el siglo XX transformó, pasando a ser de sentimientos rechazados por el hombre a la experiencia más común: signo de la disolución del yo. También y sobre todo en la poesía. También y sobre todo en nuestros días.

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