El camino a casa

Mundo · José Luis Restán
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21 octubre 2009
"Nuestra primera lealtad es hacia Cristo, no hacia la comunión anglicana. Jesús nos ha ordenado ser un solo cuerpo... yo me siento comprometido por la unidad con el obispo de Roma, y siempre he esperado morir, aunque sea como un laico cualquiera, unido a Pedro". Son las palabras de un joven párroco anglicano de Kent, en el sudeste de Inglaterra, tras el anuncio de la Santa Sede de la creación de una estructura canónica para acoger a los anglicanos que desde hace años buscan la plena comunión con la Iglesia católica. Palabras conmovedoras que centran el significado de esta noticia.      

Y es que no se trata simplemente del enfado de unos miles de fieles anglicanos por la decisión de su comunidad de permitir la ordenación de mujeres y de personas homosexuales. Tampoco se trata de una artimaña de la astuta Roma para captar a los descontentos de una comunidad cristiana en franco declive. El asunto es mucho más serio y profundo. En realidad hace más de cien años que profundas tensiones afectan a la comunión anglicana. El gran cardenal John Henry Newman, cuya beatificación se espera para 2010 (quién sabe si con la presencia del Papa), nos ha dejado una crónica honda y dolorida de lo que muchos anglicanos han comprendido y sentido en años posteriores. Se trata del crecimiento de la conciencia de que el tesoro de la fe común basada en el Evangelio y la tradición de los Padres sólo puede encontrar su pleno acomodo, su defensa y sustento, en la Iglesia católica presidida por los sucesores de Pedro.

Esta conciencia se ha vuelto dramática en la medida que la propia comunión anglicana ha acentuado su protestantización interna, y en tanto que la fe profesada y la disciplina eclesial en temas esenciales han pasado a estar en manos de las mayorías cambiantes en asambleas dominadas por la lógica política y por los medios de comunicación. La ordenación sacerdotal y episcopal de mujeres y de homosexuales ha podido ser la espoleta, pero no indica el fondo del problema, como revelan las declaraciones del mencionado párroco de Kent.

Tras casi dos décadas de paciente diálogo con estos hermanos, Benedicto XVI ha dispuesto su acogida a través de una estructura de "Ordinariatos personales", análoga a la Prelatura del Opus Dei o de los Vicariatos castrenses. De esta forma se insertarán plenamente en la comunión católica, preservando sus tradiciones litúrgicas y espirituales. Un paso audaz que no ha dejado de suscitar resquemor en algunos ambientes católicos y en Canterbury, pero el Papa ha decidido nuevamente un gesto valiente a favor de la unidad, que tiene en cuenta el duro camino y la autenticidad de quienes han llamado a la puerta de Pedro. Por cierto, ¿qué dirán ahora los de la cantinela de que Benedicto no gobierna?  

A los miles de fieles, sacerdotes y obispos que buscan volver a la casa materna no les espera un camino de rosas. En muchos de sus ambientes les aguarda la crítica y la incomprensión, y por otra parte deberán afrontar problemas económicos, familiares y de organización. Buena parte de los sacerdotes están casados, lo cual no será un impedimento para que sean ordenados como sacerdotes católicos… en cuanto a los obispos casados, no podrán acceder al episcopado católico, reservado a varones célibes tanto en la Iglesia de Oriente como de Occidente. A todos ellos se les ha pedido que profesen la totalidad de la doctrina católica tal como se expresa en el Catecismo. Con toda humildad, el arzobispo John Hepworth, de Blackwood, Australia, ha confesado: "esto es más de lo que nos atrevimos a soñar y a pedir en nuestras oraciones… es un acto de gran bondad por parte del Santo Padre, que ha dedicado su pontificado a la causa de la unidad".     

Es un día de alegría para la Iglesia universal, pero en Lambeth, residencia del primado Rowan Williams, no puede disimularse la amargura. Se reconoce el derecho de estos anglicanos a encontrar un camino propio y se afirma que esto no romperá el diálogo en busca de la plena unidad con la Iglesia católica. Pero es evidente que lo sucedido responde a un deterioro profundo del tejido de la comunión anglicana, que la mediación de Williams no ha podido evitar. No se ha cerrado la herida del cisma de Enrique VIII, en cierto modo se ha hecho más evidente su daño. Pero con su gesto paterno, Benedicto XVI ha respondido al corazón de miles de hermanos que, como Newman en su día, han enfilado con humildad y entereza el camino de vuelta a casa. Y eso, hasta en Canterbury lo han tenido que entender.

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