El autoengaño, un riesgo peligroso

Cultura · Pepita Taboada Jaén
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14 abril 2009
Parece difícil comprender que una persona se niegue a asumir el realismo de las situaciones que se originan en su entorno o fuera de él, para eludir la verdad que le cuesta aceptar.

Ese gran peligro que se denomina autoengaño es una tentación constante que nos acecha a todos y hay que saber permanecer en guardia ante la adversidad o la mentira para no buscar vías de escape frente a los problemas en vez de afrontarlos.

Existen diversas formas de autoengaño. Hay quienes necesitan que se les siga la corriente aunque sea mintiendo; otras se rodean de aduladores que los manejan a su antojo y, aunque perciban que se trata de un engaño, prefieren aceptar la farsa; a otras les molesta enfrentarse con la verdad para no tener que adoptar un nuevo compromiso que no desean. En definitiva, son personas que huyen de la realidad porque no les gusta.

Existen testimonios históricos que demuestran hasta dónde puede llegar la capacidad de autoengaño.

Cuentan los biógrafos de Hitler que se fue creando un mundo de ficción que le llevó a huir de la realidad de manera asombrosa. Cuando los tanque soviéticos estaban ya cercanos a la puerta de Brandenburgo, Hitler gritaba a su Estado Mayor que los rusos sufrirían una gran derrota. Cinco días antes de su suicidio, rodeado de mapas cada vez más irreales, hablaba con gran seguridad a sus generales de la victoria final. Ejemplo sorprendente del extremo al que puede llegar un hombre encerrado en una situación imaginaria: sus derrotas eran victorias.

Un triste episodio de la historia del siglo XX subrayado por el autoengaño de creerse invencible y negar la existencia de principios morales superiores que hubieran evitado el terrible Holocausto.

No estamos en la actualidad tan lejos de los errores cometidos por el personaje citado, con diversos matices que intentan disimular su gravedad.

El autoengaño es también llamativo en algunos personajes actuales de la política, la ciencia, escritores, pensadores, etc. encerrados en su mundo propio, empeñados en negar la realidad y contribuyendo con ello a desacreditar el prestigio de la razón. La primacía de la razón, conectada con la verdad, limita el peligro de aprobar objetivos inmorales y pone en su sitio el elemento emocional -del que tanto se abusa- prestando más atención a la valoración real de la persona humana. Un solo ejemplo, pero bastante clamoroso, es el hecho de considerar al embrión humano como una cosa, no como un cuerpo humano incipiente. Para ello se inventa el término "pre-embrión", cuando dicho término no responde a ninguna realidad biológica ni filosófica, simplemente "sirve" para poder manipularlo sin ninguna responsabilidad ética. ¿No responde esta actitud a un claro autoengaño por parte de "científicos" y "políticos"?

Un segundo valor de la razón es la valentía, que suele ser exigente y hasta agotadora, de ahí que muchos prefieran el mundo de la fantasía, buscando más la evasión que la solución de los problemas.

La actitud, pues, racional es tener voluntad para afrontar los hechos, sean agradables o no, huyendo del autoengaño que lleva a la falsedad. Decía Cicerón que todos los hombres pueden caer en un error, pero sólo los necios perseveran en él. ¿Tan difícil es ordenar la razón? ¿Tan difícil resulta descubrir la verdad?

Profundizando algo en el estudio de la filosofía cristiana nos encontramos que la razón se orienta hacia Dios. Es un hecho que existe un conocimiento natural espontáneo de la existencia de Dios; cualquier pueblo por primitivo que sea cree en algún tipo de divinidad. Hay que advertir, sin embargo, que la razón no es el único factor en nuestro conocimiento de Dios. No es sólo una tarea intelectual. Pero no ignoramos que se relaciona inevitablemente con la vida y la moralidad, con lo justo y lo injusto en la decisión y la acción humanas. Importante, pues, es su estudio para encauzar debidamente el bien común.

De igual forma, pese a la profunda crisis existente debido al relativismo moral, el hombre goza de capacidad suficiente para buscar la verdad objetiva y a ello debe dedicar sus energías.

Juan Pablo II defendía con ardor esta filosofía: "Todos nosotros somos responsables de esta cultura y se exige nuestra colaboración para que la crisis sea superada. En esta situación la Iglesia no aconseja prudencia y precaución, sino valor y decisión. Ninguna razón hay para no ponerse de parte de la verdad o para adoptar ante ella una actitud de temor. La verdad y todo lo que es verdadero constituye un gran bien, al que nosotros debemos tender con amor y alegría".

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