El antropoceno y el poder de los sin poder

Mundo · Mauro Magatti
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20 marzo 2019
No solo es Greta Thunberg, la joven de 16 años que hace unos meses se convirtió en símbolo global de la lucha contra la contaminación ambiental. Muchas otras, como Charlotte Wanja, keniata de 17 años que, invitada a la conferencia de la ONU sobre el clima celebrada en Nairobi, regañó sin ningún temor reverencial a los delegados, insistiendo en la urgencia de realizar una acción eficaz para afrontar los problemas ligados al cambio climático. Los llamamientos de estas jovencitas han logrado movilizar a millones de chavales que se han manifestado en todo el mundo, ¿cómo no reconocer la potencia simbólica de este nuevo inicio?

No solo es Greta Thunberg, la joven de 16 años que hace unos meses se convirtió en símbolo global de la lucha contra la contaminación ambiental. Muchas otras, como Charlotte Wanja, keniata de 17 años que, invitada a la conferencia de la ONU sobre el clima celebrada en Nairobi, regañó sin ningún temor reverencial a los delegados, insistiendo en la urgencia de realizar una acción eficaz para afrontar los problemas ligados al cambio climático. Los llamamientos de estas jovencitas han logrado movilizar a millones de chavales que se han manifestado en todo el mundo, ¿cómo no reconocer la potencia simbólica de este nuevo inicio?

Hace unos años, el Premio Nobel de química Paul Crutzen introdujo el término “antropoceno” para decir que la revolución industrial no solo marcó el inicio de una nueva etapa histórica sino también geológica. Debido a los cambios, cada vez más notables, causadas por la acción del hombre sobre la biosfera. Efectos que en poco más de dos siglos se han hecho tan imponentes que amenazan la vida en la Tierra.

Como se ha confirmado en Nairobi, nos enfrentamos a un dilema: o proceder por el sendero de desarrollo que hemos seguido hasta ahora, pagando cada vez unos costes más elevados aunque no inmediatos; o bien aceptar el reto de corregir nuestro modo de vivir, reconociendo que la salud, la prosperidad, la paz e incluso la vida dependen directamente de la capacidad de respetar el vínculo ambiental. Las conclusiones de la sexta edición del Global Environmental Outlook presentadas en Nairobi son muy claras. En el siglo XXI el crecimiento no se puede concebir como un aumento ilimitado de nuestra capacidad de producción sino como la capacidad de educar a la humanidad en el respeto de una trama cada vez más densa de interconexiones con todo el ecosistema.

La naturaleza y el alcance de tal desafío son inéditos, afecta al planeta entero e implica a siete mil millones de personas organizada en (casi) 200 estados nacionales. Con intereses y preocupaciones divergentes, en función del diverso nivel de desarrollo y fuertes desigualdades internas. Sin entender la novedad –por su alcance y complejidad– de la cuestión, será imposible encontrar las soluciones que buscamos y que cada vez resultan más urgentes.

Si no queremos contentarnos con la enésima adhesión afectiva y efímera a estos acontecimientos, hace falta lucidez para poner sobre la mesa ciertas cuestiones de fondo. Veamos dos, entre las muchas que se podrían señalar.

Primero: la idea de soberanía. El desafío es uno, los estados son muchos. Eso significa que la idea moderna de soberanía –que se refiere al poder de decisión de los estados soberanos, independientemente de lo que les rodee– es cada vez menos apropiada. Concretamente, cuando Trump, presidente de Estados Unidos, afirma que la cuestión del clima no es una prioridad y se sustrae a los compromisos de París, ya de por sí insuficientes, ¿qué hay que hacer?, ¿quién debe intervenir y cómo? Custodiar la Tierra, “casa común”, comporta introducir herramientas reguladoras globales capaces de vincular a distintas soberanías. Pero no sabemos cómo hacerlo. Si bien es cierto que ningún país puede sustraerse a las obligaciones que derivan de la pertenencia común a todo el planeta, ¿cómo repensar la idea de soberanía concebida desde la modernidad como absoluta y que hoy en cambio vemos que se da en relación?

El segundo punto se refiere al principio del interés individual, sobre el que se plasma la racionalidad moderna. Un principio que hoy se revela más inadecuado. Por poner un ejemplo cotidiano, cada uno de nosotros tiene siempre buenas razones para usar su coche privado, pero el efecto añadido de muchas decisiones individuales produce consecuencias que ya conocemos bien. Para afrontar la crisis ambiental, necesitamos aprender a dejar espacio a una racionalidad de sistema (eso que llamamos “bien común”) sin la cual no es posible resolver los problemas a los que nos enfrentamos. Es fácil decirlo pero dificilísimo hacerlo, sobre todo porque saca a la luz la creciente inadecuación de las dos principales filosofías sociales de la modernidad (liberalismo e utilitarismo), sin sugerir por otro lado qué podría sustituirlas.

Vivir en la era del antropoceno supone reconocer que todo está conectado, como dice el papa Francisco en la Laudato si’. Pero decir esto significa da un paso más allá en la forma de modernidad que hemos conocido hasta ahora.

Tras el efecto mediático creado estos días, el hecho de que hayan sido mujeres jóvenes las que han ocupado la escena debería hacernos reflexionar. Para afrontar los retos que tenemos por delante, hay que cambiar de mentalidad, aunque sabemos que eso nunca es fácil.

Lo que sabemos es que la renovación –cuando debe poner en discusión sistemas de intereses consolidados– tiende a ser producto de algo que Vaclav Havel llamó un día “el poder de los sin poder”. Que en efecto es la verdadera energía que se ha puesto en marcha en las últimas semanas.

Puede que solo se trate de un destello de corta duración, pero algo nuevo ha sucedido. Los jóvenes han comprendido que, frente al inmovilismo de los adultos, tienen que unirse si quieren cambiar las cosas. Aunque con formas que aún no conocemos, la cuestión intergeneracional –que unida al tema ambiental y de la sostenibilidad reabre el tema del futuro y del sentido del crecimiento– no dejará de convertirse en algo cada vez más crucial en los años venideros.

Avvenire

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