El agua y la sal

Cultura · Ángel Caldas
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16 febrero 2009
El agua y la sal, y algunos glúcidos -el "suero" fisiológico- es la comida de los que no pueden comer. Estoy pensando, con respeto y con dolor, en la chica italiana que murió el pasado martes por suspensión del tratamiento del suero. Para algunas personas el "suero" es el menú de la supervivencia cuando no se puede ingerir nada más. Pero es menú del día. Ordinario. El problema parece complicarse cuando la situación se prolonga quince años. Pero el núcleo no varía. Es, objetivamente, un tema de alimentación ordinaria. Lo que cambia, explicablemente, son las circunstancies. La esperanza humana se tambalea. El cansancio agotador borra el sentido del seguir luchando. ¿Por qué?

De entrada, pienso que es necesario alabar la medicina pública que encuentra constantemente soluciones de emergencia y a largo plazo a las situaciones de estrés familiar. Se pueden perfeccionar los centros sociosanitarios. Es básicamente un problema técnico de competencia colectiva. Pero, en mi opinión, el problema más importante no se éste. Eluana tenía algo que pone límites a decisiones humanas que no satisfacen el derecho fundamental a vivir y a comida para vivir. Eluana podía no tener nada de lo que tienen las otras personas. Tener, no tenía. Simplemente, era. Su ser humano fundamentaba su dignidad y su valor. Dignidad de persona, valor personal. No tenía nada más que eso. Aquí está el clamor de admiración que provoca todo ser humano. Todo ser humano: los malformados, los deficientes psíquicos, los niños no nacidos, los viejos con demencia senil… En una palabra, la tropa más frágil de la fragilidad humana constituye el punto de referencia del verdadero humanismo. En tiempo de recesión moral y crisis económica, la tentación de negarles el agua y la sal es permanente, por ello es importante no dejarse llevar por los sentimientos, sino por la razón.

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