El adiós a la historia del presidente Obama

Mundo · Antonio R. Rubio Plo
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12 enero 2017
La era Obama ha terminado. Pocas veces un presidente despertó tantas esperanzas y expectativas. En el verano de 2008 era un candidato singular, capaz de reunir multitudes en la puerta de Brandenburgo berlinesa, como si de un nuevo Kennedy se tratara, y un año después se le otorgaba el Premio Nobel de la Paz, no tanto por los méritos realizados sino por las ilusiones despertadas. Al recoger su galardón en Oslo, el presidente pronunció un discurso sobre la guerra justa que ningún líder de la Europa posmoderna hubiera asumido, pero los políticos europeos y los medios de comunicación optaban entonces por una Obamanía acrítica, un producto más de imagen que de contenidos.

La era Obama ha terminado. Pocas veces un presidente despertó tantas esperanzas y expectativas. En el verano de 2008 era un candidato singular, capaz de reunir multitudes en la puerta de Brandenburgo berlinesa, como si de un nuevo Kennedy se tratara, y un año después se le otorgaba el Premio Nobel de la Paz, no tanto por los méritos realizados sino por las ilusiones despertadas. Al recoger su galardón en Oslo, el presidente pronunció un discurso sobre la guerra justa que ningún líder de la Europa posmoderna hubiera asumido, pero los políticos europeos y los medios de comunicación optaban entonces por una Obamanía acrítica, un producto más de imagen que de contenidos.

Barack Obama tenía un sentido de la Historia al que no están acostumbrados los políticos europeos, con la posible excepción de los franceses, y seguramente tampoco lo están sus compatriotas de la segunda década del siglo XXI. Se trata de una visión de la Historia en la que son habituales las comparaciones con otras presidencias del pasado, y ese enfoque histórico llega a ser utilizado por los analistas –y los propagandistas– para escudriñar el rumbo de la presidencia. En el primer mandato, se diría que Obama pretendía transformarse en un Lincoln, al ser el primer presidente negro que llegaba a la Casa Blanca o al desplegar una amplia capacidad para integrar a sus rivales del partido demócrata. Con todo, al ser una época de crisis económica, las comparaciones más socorridas podían ser las de un Roosevelt, con sus programas de intervención del Estado en la economía. Además, si se trataba de desplegar ilusiones colectivas, el modelo imprescindible parecía el de Kennedy, con atractiva pareja presidencial incluida.

Hace ocho años, Obama declaró que su filósofo de cabecera era el teólogo protestante Reinhold Niehbur, el hombre que en “La ironía de la historia americana” denunció las tentaciones del poder y puso en duda que EEUU fuera la “nación indispensable”. Con el paso del tiempo, Obama dejó de mencionar a esta voz crítica de los años posteriores a la II Guerra Mundial, acaso porque un presidente no puede cuestionar abiertamente la política exterior de sus predecesores, si bien esto no le impidió marcar distancias con George W. Bush al retirar a las tropas americanas de Iraq a finales de 2011. Decisiones de este tipo sirvieron para que los adversarios de Obama compararan su política exterior con la de Jimmy Carter, considerado un hombre indeciso y un blanco de humillaciones. Estos reproches se avivaron tras el asalto al consulado americano en Bengazi y el no cumplimiento de la promesa de atacar al régimen de Asad en Siria por haber utilizado armas químicas.

¿Cómo respondió Obama a sus críticos? Presentándose como un admirador del presidente republicano Eisenhower, que no quería llevar al país a guerras costosas e impopulares. Las crisis de Suez y Hungría en 1956 pretendieron ser una demostración, aunque ello exasperara a algunos aliados, de que la fuerza militar no siempre sirve para resolver los problemas. De hecho, Obama citó a Eisenhower en un discurso en la academia militar de West Point en 2014, al asumir su percepción de que la guerra es trágica y estúpida, y que no es conveniente buscarla y menos aconsejarla. En este sentido, al igual que Eisenhower, Obama prefería las operaciones encubiertas, tal y como se demostró con la eliminación de Bin Laden y el uso habitual de drones.

Obama presumía de no tener una doctrina específica en política exterior, aunque muchos quisieran encasillarle en las filas del realismo. Decía admirar a George H. Bush, que en la guerra del Golfo (1991) no quiso terminar el trabajo de liberar Kuwait con la caída del régimen de Sadam Hussein, pues temía las consecuencias de alterar el estatus quo. Se dio además el caso de que se le comparara con Richard Nixon, el presidente que se retiró de Vietnam y abrió una nueva era de relaciones con China. Sin embargo, Obama se marchó de Iraq sin lograr por ello un acercamiento a Irán.

El presidente Obama, audaz y ambiguo al mismo tiempo, pretendió alcanzar un complejo equilibrio entre intereses y valores. El problema es que, quizás sin pretenderlo, decepcionó a muchos de los aliados de Washington en Oriente Medio, Asia y Europa. Seguramente no creía en el excepcionalismo americano, pero los aliados no querían desprenderse de la sombra protectora de EEUU y menos todavía alterar el escenario geopolítico. El vacío de poder, o la apariencia del mismo, les produce pánico, y esta percepción puede influir negativamente en el juicio de la Historia sobre el presidente Obama.

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