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Egipto no está condenado

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7 julio 2013
Egipto sigue en llamas y Occidente repite esquemas ideológicos que reducen la complejidad del país más importante en el mundo árabe. No hay fácil salida porque ni los Hermanos Musulmanes ni los jóvenes de la plaza Tahrir están dispuestos a ceder.

Egipto sigue en llamas y Occidente repite esquemas ideológicos que reducen la complejidad del país más importante en el mundo árabe. No hay fácil salida porque ni los Hermanos Musulmanes ni los jóvenes de la plaza Tahrir están dispuestos a ceder.

Desde que Mursi se viera obligado a abandonar el poder, periodistas, analistas y políticos al otro lado del Mediterráneo y al otro lado del Atlántico reiteran dos interpretaciones aparentemente diferentes, aunque con puntos muy coincidentes. Las dos están más alimentadas por esquemas previos que por lo que ocurre sobre el terreno.

La primera interpretación lamenta la salida de los Hermanos Musulmanes porque la considera consecuencia de un golpe de Estado. La utilización de esta terminología juzga la situación como si Egipto fuera un país similar a cualquiera de los occidentales, con un sistema democrático y legal plenamente asentado. Presupone que la llegada de Morsi al poder es consecuencia de un proceso similar al que se produce cuando se elige al presidente de la República Francesa o al de los Estados Unidos. Se acaba concluyendo que si todo esto ocurre es porque, en el fondo, los países de mayoría musulmana están condenados a no tener democracia. Los cambios se instauran por asonadas cuarteleras. Habríamos vuelto a la época Mubarak.

Pero las cosas son más complejas. Desde la destitución del Rais, Egipto vive un proceso muy abierto que de algún modo se parece a los cambios revolucionarios y constituyentes vividos por Europa y América desde finales del XVIII. Aunque en un contexto cultural muy diferente. La salida de Mubarak del poder la propician los jóvenes y las clases medias ilustradas. Los Hermanos Musulmanes no estaban en la plaza. Desde el año pasado se hacen con el poder y comienzan a gobernar contra la mayoría social y contra parte de sus seguidores. Los Hermanos Musulmanes son una minoría amplia, pero una minoría al fin al cabo. El texto constitucional que han redactado sitúa a la sharía (la ley islámica) como suprema referencia, lo que es contrario al sentir de la mayoría de los egipcios. El apoyo que la Universidad de Al Azhar, máxima inspiración del islam religioso egipcio, y el patriarcado cristiano han dado al cambio indica hasta qué punto los Hermanos Musulmanes estaban deslegitimados. Morsi había pretendido apropiarse de un proceso constituyente, entendido en un sentido muy amplio, para realizar su proyecto particular. No podemos juzgar su destitución según la formalidad jurídico-política occidental porque no existe.

La otra interpretación festeja la expulsión de Morsi. También se basa en la idea de que la democracia en el mundo árabe no es posible. Y celebra que el ejército haya tomado el poder porque lo considera la única fuerza realmente laica que puede poner freno a la islamización. Se tiene la idea de que hasta que la revolución egipcia no sea como la revolución francesa y lleve a cabo desde arriba una secularización agresiva, no habrá un cambio real. Pero si por un casual, el ejército intentara esa fórmula que solo existe en los despachos de los analistas occidentales, la guerra interna estaría garantizada. Ninguna de las dos facciones la acepta. Si hay que buscarle algún parecido a la revolución egipcia con alguna de las nuestras solo se asemeja en algunos rasgos a la americana. O sea que es religiosa. Pero, claro, se produce en un país de mayoría musulmana y no cristiana. Es un dato de evidente realismo que no se puede soslayar. No hay democracia posible en el mundo árabe sin que se recoja política e institucionalmente el factor religioso como un elemento decisivo. La mayoría de los egipcios rechazan el islam político, no quieren que la sharía sea la última y única fuente del derecho, pero eso no significa que le recen a la diosa razón.

El proceso sigue abierto y puede ser muy doloroso. No se están respetando ciertas reglas en medio del magma del cambio y se rechaza la secularización: pero eso no significa que el mundo árabe no pueda tener democracia. Quiere decir que puede tardar en llegar y que, desde luego, va a ser diferente.

Por desgracia los Estados Unidos, árbitro en la zona, siempre se acomodan al status quo más superficial. Tanto cuando gobernó Mubarak como cuando han gobernado los Hermanos Musulmanes no se ha dado cuenta de que la corriente de la historia iba en otra dirección.

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