Educar enemigos de la barbarie

Mundo · Ferrán Riera
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14 diciembre 2015
Este año no podemos llegar a la Navidad sin que la pregunta por el sentido de la vida sea más acuciante que nunca. Es difícil abstraerse de las imágenes de París y superar la impresión que ha dejado en nosotros comprobar de forma patente y pública que nuestra vida cuelga de un hilo. Descubrimos de nuevo que no hay sistema de seguridad que nos proteja de la irracionalidad y de la barbarie y comprobamos también con dolor que nuestros propios ideales, nuestra tradición y nuestro modus vivendi no nos sirven para sostenernos ante el miedo a la incertidumbre del devenir.

Este año no podemos llegar a la Navidad sin que la pregunta por el sentido de la vida sea más acuciante que nunca. Es difícil abstraerse de las imágenes de París y superar la impresión que ha dejado en nosotros comprobar de forma patente y pública que nuestra vida cuelga de un hilo. Descubrimos de nuevo que no hay sistema de seguridad que nos proteja de la irracionalidad y de la barbarie y comprobamos también con dolor que nuestros propios ideales, nuestra tradición y nuestro modus vivendi no nos sirven para sostenernos ante el miedo a la incertidumbre del devenir.

Hechos como los de París hacen patente la fragilidad del hombre, sacan a la luz algo que nunca –desde el primer momento en el que venimos a la existencia– dejó de ser connatural a nuestra condición pero que olvidamos, hoy más que en el pasado, entre dietas de adelgazamiento y consumo desmedido.

¿Qué significa en esta situación volver a los orígenes? ¿Es posible reconstruir una sociedad, un mundo, en que podamos vivir sin miedo no por olvido de lo que somos sino por una certeza buena sobre nuestro destino? ¿Se puede tener una conciencia tal del significado de la vida que nos permita ser libres de lo que sucede sin renunciar a nada de lo que nos sucede? Responder a estas preguntas o por lo menos intentarlo es comenzar una partida educativa diversa en la que lo que está en juego ya no son las competencias y lo que somos capaces de hacer “hacer” a nuestros hijos y alumnos.

Partir de estas preguntas y tenerlas en cuenta en el desarrollo del proceso educativo del niño y del joven no solo permite la elaboración de un proyecto educativo sino que llega a la implicación en las decisiones didácticas en el colegio.

Nadie que mire con lealtad su experiencia puede dudar de que es el amor que recibimos y no lo que hacemos lo que construye a los hombres. La relación original de la vida entre padres e hijos, la experiencia de enamorarse y de la amistad verdadera, por poner algunos ejemplos, así nos lo muestran. Por este el motivo lo que hace diferente una educación de otra es la posición que tomamos ante la cuestión más decisiva de la vida: ¿es posible ser amado siempre?

En los últimos tiempos parece imponerse la evidencia de que la respuesta a esta pregunta es negativa. En consecuencia tan sólo nos queda el refugio de la acción y por este motivo los adultos vivimos con tanta tensión, con tanto estrés y violencia todo aquello que amenace con interrumpir el camino en el “buen hacer” de nuestros hijos. Con tintes de desesperación, intentamos –sin éxito claro- aplanar los valles y las aristas que puedan significar un mal paso, una desviación, en el proyecto de “hacer” de nuestros hijos hombres que “hagan bien” las cosas. Esto incluye nuestros propios errores y nuestras imperfecciones a la hora de ponernos delante suyo. El sufrimiento está servido.

Olvidamos que lo que hace que un hombre sea buen músico no es evitarle que escuche música máquina o reggaetón sino el descubrirse amado en la belleza de una rapsodia de Rachmaninov o en un preludio de Chopin.

Qué interesante y necesario es para nuestra civilización occidental, para cada uno de nosotros, adentrarnos verdaderamente en el misterio que celebramos cada Navidad: un Dios que no viene a decirnos lo que tenemos que hacer –el Niño no dice nada desde el pesebre– sino que con su Presencia, en el portal pobre y frágil de nuestra existencia, nos recuerda que somos amados.

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