Educación para la ciudadanía, ocasión para la laicidad

España · Fernando de Haro
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4 marzo 2008
 "Si los contenidos de la Educación para la Ciudadanía son plurales y adecuados a la Constitución, ayudará". Enrique Múgica, Defensor del Pueblo, 27 de marzo 2007El problema que pretende atajar la nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía es real. La solución, descabellada por confesional y por ingenua. La sociedad española se desarticula porque las jóvenes generaciones no reconocen el valor de casi nada y eso provoca un deterioro progresivo de la convivencia democrática y de los espacios de convivencia. El Gobierno pretende resolver esa evidente crisis dando salida a una de sus viejas aspiraciones, que siempre alentó el alma jacobina del PSOE, con la imposición de una moral común. Con esa decisión, el Estado deja de ser verdaderamente laico. Un Estado no confesional, como el que define nuestra Constitución en su artículo 16, no se identifica con ninguna de las identidades culturales, religiosas o laicas, que conforman una nación. Un Estado verdaderamente aconfesional reconoce con sus políticas que existe una sociedad pluricultural y es capaz de utilizar y no de sofocar la diversidad social para solucionar cuestiones tan importantes como las que tiene planteadas nuestro sistema educativo.

Los datos tomados desde el espacio muestran que esta cultura deforestó su entorno y propició un cambio en el clima

Como decía Habermas, el padre del patriotismo constitucional, en su conversación con el cardenal Ratzinger: "al Estado constitucional le interesa cuidar la relación con todas las fuerzas culturales de las que se alimenta la conciencia normativa y solidaria de los ciudadanos (…)". El filósofo alemán, después de constatar que vivimos en una sociedad post-secular en la que no domina ninguna "idea absoluta", reclama un diálogo y un aprendizaje mutuo "sobre los temas públicos controvertidos". Esto es precisamente lo contrario de lo que ha hecho el Gobierno con la Educación para la Ciudadanía. Como han denunciado los obispos (www.conferenciaepiscopal.es/actividades/2007/marzo_01.htm), la nueva asignatura quiere imponer como obligatoria una cultura radical, no precisamente la más numerosa, que se nutre de algunas ideologías como la de género y que en los decretos de desarrollo de la LOE apuesta decididamente por "el relativismo moral".

Frente a esta invasión de las conciencias, el PP ya ha anunciado que va a utilizar las competencias educativas de las comunidades autónomas en las que gobierna para desactivar, a través de los decretos de currícula, el contenido más lesivo de la materia. Muchos de los colegios de iniciativa social han anunciado que no se van a enfrentar a la asignatura de forma frontal y que cambiarán su contenido cuando llegue a las aulas. Ese posibilismo, que podría ser inteligente, choca en la práctica con una profunda debilidad cultural.

Algunos de esos colegios ya han encargado a algunas editoriales "manuales alternativos" para la nueva asignatura. Y el problema es que los autores que están redactando los textos alternativos están más convencidos de la necesidad del confesionalismo ético, de la conveniencia de imponer una moral única, que el propio Gobierno. Uno de esos autores asegura: "Cada familia educará de acuerdo con su moral (católica, musulmana, atea, comunista, liberal, confuciana, anarquista, o la que sea), que se puede enfrentar a otra moral. Por esta razón necesitamos una educación en valores comunes, más allá de la moral y de las religiones, que es lo que llamamos ‘ética'". Esa ética universal sustituirá al "monopolio moral que han ejercido siempre las religiones, y que a estas alturas no se puede aceptar". Eso es lo que van a estudiar los alumnos de colegios católicos.

Ya es grave que el Estado quiera invadir las conciencias, pero el drama consiste en que una de las culturas que han forjado a nuestro país, la católica, para sus teóricos valedores ha dejado de ser una hipótesis educativa. Es sólo "un modo" de ver las cosas del que hay que prescindir para construir una convivencia neutra.

La asignatura de Educación para la Ciudadanía es, por eso, una buena ocasión para retomar el valor del cristianismo como un acontecimiento que reta la libertad de las nuevas generaciones -eso es la educación- y que está dispuesto a construir junto a todos exigiendo una verdadera laicidad.

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