Edén al Oeste

España · Juan Orellana
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3 octubre 2013
El cineasta griego Constantin Costa-Gavras, conocido por su dogmatismo marxista, vuelve a la carga con renovado vigor en Edén al Oeste. El film es una coproducción mediterránea en la que intervienen Grecia, Italia y sobre todo Francia. Elías es un inmigrante musulmán que viaja en el barco que les traslada clandestinamente a Europa. Cuando, frente a las costas italianas, son descubiertos por la guardia costera, Elías se arroja al mar y comienza una aventura homérica que terminará en París. La búsqueda de trabajo y la huida constante de la policía son los motores que impulsan a Elías a estar en permanente viaje.

El film hace una trasposición del esquema marxista de la lucha de clases y convierte al inmigrante ilegal en el nuevo proletario, víctima de un decadente capitalismo. Para Costa-Gavras el capitalismo occidental cuenta con un férreo sistema policial que le defiende de la amenaza potencial de la inmigración. En ese sentido, Edén al Oeste busca situaciones demasiado contrastadas y artificiosas como toda la primera parte en que Elías ha ido a parar a un hotel de lujo, donde se exhiben todas las miserias de una sociedad de consumo ahíta de sí misma. Nudismo, derroche de alimentos sofisticados, lujos variopintos… van acompañados de una sistemática humillación de Elías, como cuando es obligado a desatascar un retrete con la mano, o es coaccionado vejatoriamente para mantener una relación homosexual. De hecho, el sexo aparece en el film como instrumento de dominación de la clase capitalista, como hizo Pasolini en Saló. La demagogia llega a su culmen en escenas como la llegada de los cadáveres de ilegales a la playa, mientras los niños y sus papás hacen fotos morbosas, mientras comentan con desagrado: "Ya no podemos bañarnos aquí".

Frente a esto, Elías encarna la dignidad del pobre, un nuevo Charlot sin pecado original, un buen salvaje puro e indefenso y que encarna la nobleza de la clase proletaria. Este maniqueísmo pasado de moda -llega con casi 50 años de retraso- muestra el absoluto estancamiento de un Costa-Gavras que se ha esterilizado intelectualmente en aras de una ideología que ya hace mucho que se despojó de su piel de cordero. Lo mismo que Ken Loach, el director griego lleva años declinando una idea fija que destila esquematismo y olor a naftalina. El film tiene inevitablemente destellos de humanidad, a veces de humor, que quedan eclipsados por su deliberado carácter adoctrinador. Querido Gavras, hay vida después de El capital.

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