Dudas y esperanza tras la victoria de Arce en Bolivia

Mundo · Arturo Illia
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10 noviembre 2020
Finalmente las elecciones se celebraron en Bolivia con la victoria del Movimento Socialista MAS, con más del 55% de los votos. Los dos partidos de la oposición (Comunidad Ciudadana y Creemos Bolivia) consiguieron el 28,83% y el 14% respectivamente, por lo que Luis Alberto Arce Catacora es el nuevo presidente.

Finalmente las elecciones se celebraron en Bolivia con la victoria del Movimento Socialista MAS, con más del 55% de los votos. Los dos partidos de la oposición (Comunidad Ciudadana y Creemos Bolivia) consiguieron el 28,83% y el 14% respectivamente, por lo que Luis Alberto Arce Catacora es el nuevo presidente.

Antes ministro de Economía y Finanzas, Arce es reconocido como el artífice del desarrollo de Bolivia durante los años de presidencia del polémico Evo Morales, aunque el crecimiento del país no se ha utilizado solo para crear un bienestar social sino también un ministerio de sanidad que ha llevado a las desastrosas cifras que ha sufrido el país por el Covid-19.

El conocimiento de Bolivia por parte del mundo occidental se basa en muchos estereotipos que son típicos del llamado progresismo “radical chic”, que hace años celebró el triunfo de Evo Morales como la victoria justa del indio sobre el capitalismo.

Pero el “complejo de Cristóbal Colón” se siguió difundiendo desgraciadamente, y lo sigue haciendo, creando estereotipos que unen una manipulación histórica a un análisis bastante superficial de una nación que se aleja mucho de un análisis ecuánime de los hechos. Se tiende a considerar el movimiento indio en su totalidad como una etnia única, oprimida por los conquistadores y sus herederos. Vamos, que la conquista del continente latinoamericano fue obra de un puñado de españoles que tenían unos ideales muy poco “humanos” y que con el paso de los siglos causaron atrocidades inenarrables, pero ese puñado de aventureros lograron someter al continente entero aprovechándose sobre todo de las crueles divisiones que existían (y existen) entre las etnias originarias, que a veces se alinearon con los españoles para diezmar a enemigos de su propia raza.

Este concepto aún persiste porque entre las diversas etnias indias que pueblan los diversos países no corre la misma sangre y Bolivia, donde viven hasta 63 tribus diferentes, es una demostración de ello. La consagración de Morales como presidente fue también la de los aymara de los altiplanos, y los años de poder de Evo se distinguieron también por las expropiaciones de terrenos de otros pueblos, operaciones mezcladas muchas veces con delitos que llegaron al conocimiento de la ONU.

De hecho, los fraudes electorales de 2019 en las elecciones presidenciales provocaron no solo una protesta popular gigantesca, sino también el alejamiento del “caudillo” de su país, camuflado de huida en una serie de fotos inolvidables en las que Evo aparecía como el oprimido para alegría no solo de los “radical chic”, sino también de los presidentes latinoamericanos del “pacto de Sao Paulo”, que sustancialmente obedecen al populismo de inspiración cubana. De hecho enseguida corrió la voz del “golpe de estado militar” que habría depuesto al “legítimo” vencedor de las elecciones (Morales) e instalado en el poder a Janine Añez. Pero los defensores de esta hipótesis pronto quedaron defraudados porque las elecciones se celebraron (aunque con un leve retraso debido al Covid) y la victoria fue para el partido de Morales, ¿pero eso significaba su retorno al poder?

Aquí hay que hacer varias consideraciones, en primer lugar sobre la labor de Añez como presidente, pero ante todo sobre la falta de unidad de la oposición, que favorece al MAS. La gestión de la expresentadora televisiva no ha sido de las mejores precisamente y ha padecido los mismos ataques ideológicos (obviamente de signo opuesto) que su contraparte política. Hay que decir que, aunque con mucho retraso, Añez se retiró de la competición presidencial para intentar ofrecer una unidad al frente opositor al MAS, pero los errores que cometió en este breve arco de tiempo han sido notables, empezando por mostrar la Biblia el mismo día de su investidura “ad interim” como signo de guía en sus políticas. En una nación de mayoría india (aunque profundamente dividida en su seno) un gesto así, que tiende a reforzar su modus operandi en relación con la minoría evangélica presente en el país, no refuerza precisamente la unidad de Bolivia y, condicionado por otros errores posteriores, ha mostrado en la práctica un concepto de democracia poco factible.

Ahora habrá que ver qué pasa con el nuevo presidente, si su elección significará la continuación del populismo de Morales o una ruptura de Alberto Arce con el pasado de su líder. Una hipótesis que ya se ha visto en Ecuador, donde el presunto delfín del expresidente Rafael Correa, Lenin Moreno, una vez en el poder ha roto el hilo que le unía a su predecesor, hasta el punto de que el 20 de septiembre solicitó, mediante un mandato internacional, su arresto para cumplir una condena de ocho años de cárcel por corrupción.

En sus primeras declaraciones, Arce ha dado a entender que quiere alejarse de la sombra de Morales, lo cual es deseable no tanto por romper con un pasado de luces pero sobre todo de sombras en este país sino para dar inicio a una fase política donde la democracia real pueda instaurarse en una nación cuya historia, entre continuos golpes de estado militares y la pseudodemocracia de Morales, necesita urgentemente señales de unidad que cierren la brecha étnica de la que Bolivia necesita librarse si quiere hablar de verdadero progreso y de un futuro digno para este país tan rico.

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