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Dos meses para aprender cómo

Editorial · Fernando de Haro
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21 febrero 2016
Se suceden las rondas de negociaciones para conseguir la investidura de un presidente del Gobierno de España sin que haya sustanciales avances. Se cumplen dos meses de declaraciones y reuniones desde que se celebraran los comicios. Los más de quince días que restan para la primera votación se antojan una suerte de tortura para la opinión pública, cansada de gesticulación política. Nadie tiene los apoyos necesarios para formar Ejecutivo, todo el mundo dice querer seguir intentándolo sin que los vetos puestos el 20 de diciembre se levanten. Salvo sorpresa de última hora, el PSOE no va a obtener los apoyos que necesita. Rajoy dice que todavía quiere intentarlo, pero tampoco le salen las cuentas.

Se suceden las rondas de negociaciones para conseguir la investidura de un presidente del Gobierno de España sin que haya sustanciales avances. Se cumplen dos meses de declaraciones y reuniones desde que se celebraran los comicios. Los más de quince días que restan para la primera votación se antojan una suerte de tortura para la opinión pública, cansada de gesticulación política. Nadie tiene los apoyos necesarios para formar Ejecutivo, todo el mundo dice querer seguir intentándolo sin que los vetos puestos el 20 de diciembre se levanten. Salvo sorpresa de última hora, el PSOE no va a obtener los apoyos que necesita. Rajoy dice que todavía quiere intentarlo, pero tampoco le salen las cuentas.

Tanto si hay nuevas elecciones el próximo 26 de junio como si de forma imprevista se evitan, lo verdaderamente conveniente es que esta sea ocasión para aprender. Para no seguir dándose con la cabeza en la pared que deja el callejón sin salida.

Desde que el 15M tomara la Puerta del Sol hace cinco años se han puesto en evidencia, de forma creciente, los límites de la democracia española. Los refiere bien Tom Burns en su reciente libro ´De la fruta madura a la manzana podrida´. La transición fue un éxito, pero tuvo sus límites. El Gobierno largo de Felipe González(1982-1996) creó un sistema de partido único cuando las nuevas instituciones estaban demasiado tiernas. La alternancia de la derecha se produjo demasiado tarde. Aznar no supo ni pudo impulsar la renovación necesaria para superar la partitocracia y el distanciamiento político de la vida social. Las inercias siguieron su curso. Y se convirtió en hábito, entre las dos formaciones mayoritarias, considerar al otro más como enemigo que como adversario. La dinámica de la enemistad se ha trasladado desde el poder a los ciudadanos cada vez que se ha producido un cambio de turno: 1996, 2004 y 2011.

El cuadro de una democracia débil se completa con otros factores: una sociedad civil enclenque; una mentalidad estatalista que es más dañina entre la gente que en la Administración; una clase empresarial demasiado obsesionada por el corto plazo y poco dispuesta a contribuir con el bien común, y una intelectualidad generalmente poco libre y poco creativa y demasiado dispuesta a enarbolar la bandera de la confrontación que otros ponían en sus manos.

No sería deseable que el período que España comenzó en Navidad se terminara, por una carambola, con un Gobierno populista. Pero tan negativo como contar con un Ejecutivo radical sería no aprender de la situación creada por las urnas.

Podemos es un aviso serio. Va a seguir creciendo. No es inteligente crear un cordón sanitario en torno al populismo. El partido de Pablo Iglesias señala lo que requiere una atención urgente: la desigualdad creciente; el sistema de partidos agotado por la corrupción y por su aislamiento de los ciudadanos; la falta de sinceridad y de verdad en la vida pública; un sistema educativo con poca capacidad de desarrollar capacidades críticas. La política se hace religión y se identifica con las cuestiones de sentido cuando las cuestiones de sentido son censuradas.

La dialéctica del enemigo, protagonizada por los partidos mayoritarios, está agotada. La incapacidad para formar un Gobierno fiel a la Constitución cuando PP y PSOE cuentan con una mayoría amplia en el Parlamento, y cuando hay un cuarto (Ciudadanos) dispuesto a apoyarlos, certifica el fin de ciclo.

Los españoles, lo dicen las encuestas, quieren que Rajoy y Sánchez no se presenten a las elecciones. Representan el veto mutuo. Los líderes más valorados son los que subrayan la necesidad del sumar. Identificar qué cambiar en el sistema democrático y en su relación con la sociedad civil requiere, desde luego, mucha conversación. Pero en los dos últimos meses se ha hecho evidente cómo conseguirlo. Ni la izquierda puede pretender llevar razón cuando le echa la culpa a la derecha, ni la derecha la lleva cuando hace lo mismo. Nunca hasta ahora era tan necesario un cambio de líderes y un cambio de método. El cambio solo se puede promover con el otro.

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