Donald Trump, el pez que avanza en un país confuso

España · Riro Maniscalco
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9 diciembre 2015
Es un hombre de grandes dimensiones, 1,90 de estatura y unos cien kilos, con un peinado bastante elaborado y, en resumen, de aspecto un tanto impresentable. Suele decir, cada vez con más frecuencia, cosas impronunciables. No solo por ser “politically incorrect”, pues esto diría mucho a su favor, sino por insensatas e impracticables. La última ha sido cerrar internet para estrangular la red mediática del Isis.

Es un hombre de grandes dimensiones, 1,90 de estatura y unos cien kilos, con un peinado bastante elaborado y, en resumen, de aspecto un tanto impresentable. Suele decir, cada vez con más frecuencia, cosas impronunciables. No solo por ser “politically incorrect”, pues esto diría mucho a su favor, sino por insensatas e impracticables. La última ha sido cerrar internet para estrangular la red mediática del Isis.

Podría decirse que cada uno tiene los bufones que se merece, pero definir a Trump simplemente como bufón es un poco apresurado. Se sienta sobre un imperio inmobiliario-financiero estimado en unos 4.000 millones de dólares. Un imperio cuyos fundamentos (inmobiliarios, obviamente) los puso su padre, hijo de inmigrantes alemanes, que nuestro Donald lanzó hacia los cielos de América. Si das un paseo por Nueva York te encuentras una Trump Tower a cada paso. Recuerdo la primera vez que entré en una de estas torres, en la Quinta Avenida; reluciente, brillante, con mármol de Carrara, unido a Nike Town e Ibm Building.

Resumiendo, estamos ante alguien que no ha construido civilizaciones ni mucho menos catedrales, pero ha edificado –y lo sigue haciendo, como él mismo dice– porque no es una cuestión de dinero sino de estar siempre en el juego. Y de ganar, no de hacer reír a la gente. Cuatro mil millones de dólares, tres mujeres, cinco hijos y quién sabe cuántas torres, y ahora Trump se lanza a la política, donde ya metió la cabeza hace tres años. Entonces se asomó, soltó tres o cuatro de las suyas, y se fue como había venido. Pero esta vez no, esta vez ha venido para quedarse, esta vez va en serio.

¿En serio? ¿Hay algo “serio” en lo que dice Trump? Yo diría que no. No se pueden poner barricadas en América para cerrarla ante los “musulmanes”, ni sellar la red. No se puede reconstruir un país con acero, cristal y mármol de Carrara. Pero Trump está abriendo brecha y lidera las encuestas republicanas con amplio margen sobre sus contendientes. Unos contendientes cuyos “contenidos” son también bastante pobres pero carecen de la envoltura de las propuestas de Trump: urgencia, inmediatez, comprensibilidad y simplicidad. Ante la confusión reinante, la demagogia de Trump responde diciente: “si hacemos esto, el problema se resuelve”.

¿Que el problema se resuelve? Por supuesto que no. Pero la determinación con que lo dice y el hecho de que el descontento generalizado ansíe una solución abren brecha. ¡Por fin uno que nos dice cómo movernos! ¿Qué mejor que una solución simple para un problema grave? Todos los demás –también Obama– tienen pinta de pescado hervido, con esos ojos vítreos. Trump no. Trump es un pescado frito, dispuesto a mandar a freír a cualquiera a su alrededor.

Habrá que ver qué pasa el próximo martes en la gran batalla campal de los candidatos republicanos. Veremos si el peinado de nuestro Donald resistirá una vez más, si todavía será capaz de decir cosas imposibles, dando voz así a los pensamientos más oscuros de un país incierto y dividido, o si alguien conseguirá por fin meterlo en la sartén, a golpe de realismo, inteligencia y corazón.

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