Don Quijote, mi hija y la resurrección

Cultura · Wael Farouq
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17 abril 2017
Mi hija Noura, cuando llega la hora de ir a dormir, se sumerge bajo las mantas y hace como que duerme. En realidad, se mete furtivamente a leer, con la ayuda de una pequeña linterna. Normalmente, finjo no verla porque de pequeño yo era más vulnerable que ella ante la tentación de la lectura. Leía en los momentos y lugares menos oportunos: en clase durante la lección, en la mezquita durante el sermón… Tapaba las cubiertas de los libros con papel blanco para no dejar ver los títulos. La lectura era para mí una acción secreta que podía gustar solamente a escondidas.

Mi hija Noura, cuando llega la hora de ir a dormir, se sumerge bajo las mantas y hace como que duerme. En realidad, se mete furtivamente a leer, con la ayuda de una pequeña linterna. Normalmente, finjo no verla porque de pequeño yo era más vulnerable que ella ante la tentación de la lectura. Leía en los momentos y lugares menos oportunos: en clase durante la lección, en la mezquita durante el sermón… Tapaba las cubiertas de los libros con papel blanco para no dejar ver los títulos. La lectura era para mí una acción secreta que podía gustar solamente a escondidas.

Pero hace unas noches no pude ignorar lo que hacía Noura. Lloraba y temblaba bajo las sábanas. Corrí preocupado a verla, levanté la colcha y me dijo con las mejillas bañadas en lágrimas: “Ha muerto, papá, ¡ha muerto!”. “¿Quién ha muerto?”, le pregunté. “¡Don Quijote!”. La abracé disimulando una sonrisa. Recordé cuando lloraba en secreto por los héroes de las historias que leía. Le dije: “No estés triste, tesoro. Volverá a la vida”. “¿Cómo?”. “Cuando alguien empiece a leer la novela, es así desde hace siglos”. Pero Noura no quedó convencida de que la muerte fuera solo un juego, o que Don Quijote pudiera ser capaz de engañarla, y decidió compadecerse de él.

En el mundo real, todos los días mueren personas por las que no sentimos tristeza alguna porque no sabemos quiénes son ni conocemos su historia. Cuando leemos o escuchamos noticias de atentados terroristas, dictaduras y guerras, sentimos rabia, miedo, pero tristeza no. No nos entristecemos por 34 o 47 víctimas de las que solo conocemos el número, y por ello las olvidamos enseguida: pocos minutos después de publicar un post enfurecido donde desahogamos nuestro rechazo y nuestra condena, separándonos de la violencia, publicamos otro en la misma timeline hablando de moda, alimentación, carreras de coches o fútbol.

Mi hija de diez años no ha aceptado la idea de que la muerte sea un juego en el caso de Don Quijote. En cambio nosotros, actualmente, vivimos la muerte como un juego en el que hemos llegado a ser expertos. El temor reverencial hacia la muerte se ha perdido porque la muerte ha quedado desprovista de historias. Ya no es más que una información despojada de cualquier experiencia humana, una información que utilizamos para vencer los conflictos ideológicos. Y así hemos caído en una dolorosa paradoja: la muerte nos aflige más en los relatos que en la realidad.

En los relatos no hay individuos, sino personas. Los relatos son el cuerpo de la experiencia humana, son lo que transforma los hechos en verdad y la información en conocimiento. No en vano, en las tres religiones abrahámicas, Dios eligió historias concretas como fórmula principal para comunicarse con las personas. ¿Qué quedaría de la Torá, del Evangelio y del Corán si les quitáramos sus relatos? ¿Cómo podríamos relacionarnos con las enseñanzas divinas y cómo estas enseñanzas podrían relacionarse con nosotros sin esos relatos, sin ese espacio que estas historias abren a la experiencia y al encuentro? ¿Pero cómo podremos comprender hoy los libros sagrados si hemos perdido el interés por los relatos y no les prestamos credibilidad alguna, hasta el punto de haberlos convertido en la antítesis de la realidad y de la verdad?

Cervantes, al final de su libro, escribió que su objetivo era hacer que la gente odiara las historias de caballerías, falsas y artificiales. Quería historias sencillas y sinceras, expresión de la naturaleza humana con todos sus defectos, sus contradicciones y límites, porque no se puede vivir una vida auténtica sin una historia auténtica, sin ser el héroe de tu propia historia.

Dios no quiere seguidores, no nos pide que creamos en una serie de informaciones y hechos, sino que nos invita a vivir la verdad, a hacer de la verdad un espacio para nuestra historia y convertir nuestra historia en una encarnación de la verdad. Por eso no veo la resurrección como una promesa de vida después de la muerte, sino más bien como una promesa de vida y victoria sobre la muerte, después y antes.

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