Dispuestos a narrar nuestra historia

España · José Luis Restán
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14 octubre 2009
No ha sido un capricho ni un prurito de intelectual. Tampoco el empeño de buscar una foto idílica en el pasado. Desde marzo de 2007 Benedicto XVI dedica la audiencia de los miércoles a dibujar para nosotros las figuras de los Padres de la Iglesia antigua y de los grandes maestros medievales. El Papa está escribiendo semana a semana una bellísima, sagaz y accesible historia de la Iglesia, no para su propio contento, sino para servir al pueblo.

Él tiene una conciencia muy clara de que el cristianismo es la continuidad del acontecimiento de Nazaret, es la cadena ininterrumpida del testimonio de aquéllos que lo han encontrado y han cambiado su vida y la de su entorno. Es imposible vivir la fe, ser cristianos hoy, sin una conciencia viva de esta continuidad palpitante que atraviesa los pliegues de la historia. Una dilatación constante de aquella primera compañía de los apóstoles invitada por Jesús a llegar hasta los confines del mundo. Y sin embargo cuánta ignorancia, cuánta banalidad, e incluso cuánto desprecio entre nuestra propia gente.  

Reconstruir nuestra memoria dañada es una de las grandes tareas de la comunidad cristiana en esta hora. Pero ¿quién la asume? ¿Colegios, familias, parroquias, asociaciones? A veces hay más preocupación por justificarnos y separarnos de nuestra historia que por conocerla y amarla. Cuántos católicos, acaso sinceros, se cuentan entre el millón de españoles que el pasado fin de semana han contemplado la detestable cinta de Amenábar, y cuántos de ellos salieron meneando la cabeza: "si ya lo decía yo…". Es lo que me contaron que afirmó un hombre ya mayor, de cultura más bien alta y perfectamente clasificable en el catolicismo sociológico hispano, tras visionar el tostón incalificable de Dan Brown: "ya me parecía a mí que algo de eso había". Es duro contemplar cómo el poder sacude inmisericorde la razón y el afecto de nuestra propia gente, al tiempo que levanta un muro de hostilidad y resentimiento en torno al resto de Israel en la ciudad secularizada. Duro pero saludable.

No se trata de constatar la capacidad del poder: desde los tiempos de los césares, los cristianos han sabido siempre eso. Se trata de constatar nuestra propia debilidad, nuestra desarbolada vulnerabilidad, que señala la urgencia de una tarea. Sí, emergencia educativa en el interior de nuestra propia Iglesia, como remacha sin parar Benedicto XVI. De poco servirá nuestra combativa defensa de los valores cristianos si no somos capaces de generar una conciencia crítica a la altura de las circunstancias, en definitiva, de generar personalidades cristianas capaces de dar razón de su esperanza, lo cual es imposible sin tener conciencia cabal de la historia de gracia que nos ha alcanzado atravesando imperios e ideologías. Historia de gracia no significa historia impoluta, toda de nácar en su frasquito de cristal. Está salpicada de errores, debilidades y pecados, porque es a través de lo humano y no a pesar de ello, como Dios ha querido salvar al mundo.  

Esa historia de la que son eslabones vivos, por ejemplo, los cinco nuevos santos canonizados por el Papa el pasado domingo, y de los que apenas se ocuparán los grandes voceros encantados con la farsante Hypatia de Amenábar. Gentes de carne, hueso y sangre, con sus miserias personales y sus encrucijadas históricas, gentes transformadas por un encuentro que les hizo verdaderamente grandes, y que suscitó a su alrededor la pregunta clave: pero esa vida vuestra, marcada por alegría incluso dentro del dolor, ¿de dónde nace, dónde se encuentra? La carne y sangre de estos santos es historia real y concreta, una vibración real de esperanza frente a la mentira de encargo, diseñada por un cineasta empeñado en de-construir nuestra memoria.

También los poderes paganos de la época intentaron machacar la imagen del naciente cristianismo, que era entonces como una frágil barca en medio de un océano agitado. Les acusaron de ignorantes, lascivos e incluso ¡ateos! Pero no pudieron impedir la gran misión de la Iglesia antigua, basada en la razón y la caridad. La pregunta que hoy me planteo es: cuando lleguen nuestros chavales a casa, a nuestras aulas y parroquias, con el corrosivo prejuicio de Amenábar en los ojos, ¿sabremos darles razón de la historia que nos ha alcanzado? No basta que encuentren una invectiva, ni tan sólo una buena información. Necesitan testigos arraigados en la tradición viva de la Iglesia, injertados en su cuerpo, capaces de narrar la historia de la salvación como aquellos israelitas que con lágrimas en los ojos decían a sus hijos: el Señor nos sacó de Egipto, nos libró de las manos del Faraón, nos acompañó en el desierto.

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