Diario de Siria 2

Mundo · Fernando de Haro, Damasco
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12 junio 2017
Sandra Awat es la encarnación de la feminidad oriental. Con coquetería confiesa que está a punto de cumplir los 40. Las uñas pintadas, el maquillaje generoso, las pestañas más que largas. Estudió Derecho pero las leyes le aburren y hace tiempo que se dedica a la comunicación.

Sandra Awat es la encarnación de la feminidad oriental. Con coquetería confiesa que está a punto de cumplir los 40. Las uñas pintadas, el maquillaje generoso, las pestañas más que largas. Estudió Derecho pero las leyes le aburren y hace tiempo que se dedica a la comunicación.

Hemos llegado hasta su despacho en el este de Damasco después de un viaje desde Beirut que no tendría que haber durado, en circunstancias normales, más de dos horas y que se ha prolongado más de cinco. Después de disfrutar de la primavera en un valle de la Bekaá, todavía fresco, con rosas en flor, y viñedos y cipreses e higueras que te dan la sensación de estar en casa, al acercarnos a la raya el paisaje se ha hecho más desértico. Cruzar la frontera, a pesar de tener todos los papeles en regla, requiere mucha paciencia y más de cinco controles. La obsesión de los policías sirios que custodian la entrada al país son los dispositivos que pueden emitir con conexión vía satélite. El último registro ha sido especialmente exhaustivo. No querían dejarnos pasar y después de insistir he conseguido una entrevista con el oficial al mando. No sabía inglés. Escribía lo que me quería decir en su ordenador y sus comentarios me llegaban a través de la voz metálica del traductor de Google.

Después de cruzar la marca la carretera está limpia hasta Damasco. Camuflados entre las rocas rojas y calizas, números puestos del ejército. Te detienes a tirar unos planos y los soldados aparecen de no sabes dónde para explicarte que estás en zona militar.

Al entrar en la capital, la sensación es la de estar en una ciudad en fiesta. Ni siquiera el rigor del Ramadán frena el deseo de vida. “Estamos saliendo de una guerra, todos queremos estar en la calle, vivir con más intensidad, disfrutar”, me explica Sandra. Esas ganas de disfrutar llena los parques y los restaurantes. Ofrece un paisaje humano que debe parecerse al de antes de 2011: mujeres veladas caminan junto a mujeres nada recatadas, no se ve, al menos en el centro de la ciudad, huella de la hiperinflación. A pesar del prescriptivo ayuno hay quien come y fuma por la calle, impensable incluso en Jordania.

Pero hay mucho de apariencia. “Aquí, en la parte este de la ciudad, seguimos oyendo las bombas de los barrios y de los pueblos que todavía controlan los yihadistas. Esta misma mañana las hemos oído, el frente está a cuatro kilómetros de aquí”, explica Sandra. “Nuestro país se ha convertido en el terreno que han escogido todas las potencias del mundo para enfrentarse en una guerra mundial. Somos el pretexto”, añade. El Damasco de la fiesta es también el Damasco que calla, el que teme, el que sigue desconfiando.

Sandra no quiere que hablemos de los cristianos perseguidos de Siria. “Si conviertes a los cristianos de Siria en víctimas, todo el mundo intentará sacarlos del país. Es lo que están haciendo algunas naciones occidentales”, añade. “Hemos sufrido como todos, pero ahora queremos mirar al futuro, este es un país que nos necesita, siempre ha sido un país plural”, concluye. Luego me cuenta que tiene dos hijos todavía pequeños y que visita habitualmente a una mujer que se quedó paralítica por los disparos de un francotirador. Su aportación a una Siria plural tiene la forma de la caridad.

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