Después del referéndum ¿qué hay del bien común?

España · Giorgio Vittadini
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16 diciembre 2016
Dos semanas después del referéndum, ¿qué significado puede tener aún la idea de una sociedad donde compartir proyectos, vidas y aspiraciones de desarrollo? ¿Puede decirse que el deseo de un bien común tiene todavía un valor concreto y operativo?

Dos semanas después del referéndum, ¿qué significado puede tener aún la idea de una sociedad donde compartir proyectos, vidas y aspiraciones de desarrollo? ¿Puede decirse que el deseo de un bien común tiene todavía un valor concreto y operativo?

Para comprenderlo, basta plantear una sencilla pregunta a los ganadores: ¿ahora cómo puede vuestra victoria construir el bien común? Qué perspectivas se abren respecto a una grave crisis económica y financiera, los compromisos europeos e internacionales, la tragedia del terremoto que ha golpeado el centro de Italia… la sensación es que se advierte un gran malestar y un vacío enorme. No hay plan B, ya no hay un proyecto de reforma constitucional (literalmente desaparecido), ni siquiera hay una alternativa de cara al futuro de Italia.

Hay más bien una sensación desoladora al pensar en la procesión de los 17 grupos parlamentarios minoritarios y los cuatro mayoritarios en el rito de las consultas para la formación del nuevo gobierno. Y un parlamento semivacío en cuestión de confianza en el gobierno. A la falta de perspectiva de los vencedores se contrapone un obtuso deseo de venganza en los que han perdido el referéndum, descuidando la necesidad de renovación y desarrollo que tiene el país.

Pero la realidad es un país entero que da a entender claramente que ya no puede soportar más el actual clima político. Hasta los tertulianos más famosos han empezado a abandonar su mundo imaginario y parece que empiezan a comprender el drama de esta violenta división.

¿Por dónde empezar a recomponer un cuadro social y político tan confuso y acalorado? ¿Cómo intentar reconstruir? Es hora de darse cuenta del fracaso de la decisión tomada hace 25 años para superar una primera república que se presentaba como toda ella basada en el teorema de la corrupción. Un hecho que solo fue acertado en ciertos casos. Para hacer los gobiernos más duraderos se eligió un sistema bipolar representado por “hombres solos al mando”, que recogían apoyos mediante la propaganda, favorecida tan solo por un sistema mediático que no representaba la realidad.

Para que el pueblo no pudiera intervenir ni elegir, se crearon sistemas electorales donde los líderes podían nombrar a personas que en vez de ciudadanos se convirtieron en súbditos. Al final se terminó humillando al parlamento, considerado no como un lugar de confrontación constructiva sino como un paso obligatorio y aburrido en el que convenía perder poco tiempo. En medio de todo esto, se agrandó el alcance de los escándalos judiciales, que muchas veces resultaron ser auténticos montajes, para poder demostrar que solo unos pocos “elegidos” deben ocuparse de la res publica. Resumiendo, se ha favorecido un bipolarismo entendido como riña continua entre las partes, convirtiendo el legítimo compromiso político virtuoso en un desastre caótico.

El resultado está a la vista de todos. Como un roto que nunca se ha cosido y que no deja de agrandarse. ¿Por qué este tremendo fracaso? Es cómodo echar la culpa solo a la clase política. Los intelectuales y periodistas que han pisado el acelerador de la antipolítica también tienen responsabilidad. La misma que los actuales partidos antisistema. No se cambian las cosas disparando contra el adversario sin tener una fuerza cultural propositiva.

¿Quién sabe cuáles son las posiciones del centro derecha y del centro izquierda sobre los temas más importantes? ¿Sobre economía (ambos en posición fetal ante el ultraliberalismo), sobre educación (incapaces de dar respuestas a las necesidades del sistema), sobre el bienestar (¿un estatalismo ya insostenible o un sistema mixto?), sobre federalismo (incapaces de valorar a los entes locales virtuosos y corregir a los clientelares), sobre medio ambiente (bailando entre las amnistías y la indignación después de cada calamidad, pero incapaces de acometer una reforma hidrogeológica o paisajística)? Y sobre todo, ¿quién tiene en mente un proyecto a medio-largo plazo?

La cuestión no es por tanto la antipolítica sino una renovación de la política que no nazca de la contraposición preestablecida ni de la ocupación de las instituciones. La esperanza de volver a empezar a construir por el bien de todo el país está por tanto en esas zonas políticas que están dispuestas a servir al bien común. Esta es una posición cultural de todo menos teórica, y de hecho podría abrir a dinámicas virtuosas. ¿Cuáles? Pongo algunos ejemplos.

Primero: el pueblo es soberano y el parlamento, que lo representa, debe ser un lugar de trabajo, discusión y confrontación real. Segundo: la ley electoral debe evitar ante todo las “nominaciones” y favorecer la libre elección de los ciudadanos. Tercero: para garantizar la gobernabilidad ya no hay que buscar al hombre solo al mando sino la colaboración de más fuerzas que construyan soluciones compartidas que habrá que corregir oportunamente en el parlamento. Cuarto: hay que garantizar la independencia de los poderes y su equilibrio. Quinto: antes de votar, es necesario medirse con propuestas claras. Sexto: hay que reconstruir los partidos populares, en continuo contacto con la base social. Séptimo y último, lo más importante: compromiso con un ideal de bien para todos. Sin una pasión por el corazón donde urge el bien, la partida estará perdida.

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