Después de las manifestaciones de este sábado. Razón de vida

Cultura · Pablo Berenguer O`Shea
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8 abril 2013
Querido Director: Me refiero en esta carta al artículo ///http://goo.gl/lFVt0///“Mutación en la Vida”/// en el que se contienen algunas lúcidas reflexiones sobre un cierto cambio de mentalidad, ya actuante, acerca de la cuestión del aborto. Un cambio que pasa por situar el acento más en partir de una experiencia concreta de amor por la vida que en una batalla dialéctica por la defensa de la ley natural.
Sin pretensión de desmentir lo esencial de ese planteamiento, que como lector suscribo agradecido, quería aportar, complementariamente, una cierta reivindicación de la confianza en la capacidad natural de los hombres para captar con la razón la verdad, también la verdad moral. Una capacidad que es también posible para aquellos a quienes la experiencia, de naturaleza religiosa, acerca del punto último del que brota el amor por la vida, pueda no ser obvia, pueda no habérsele sido dada o reconocida o pueda estar oscurecida u olvidada. Una capacidad que, si es tan real como nuestra tradición religiosa y filosófica dicen, hace posible el diálogo y la colaboración con todos los hombres de buena voluntad cualquiera que sea la fe o el “sistema de valores” de los que partan.
 
Y, puesto que lo que se nos propone en estas páginas es partir de una experiencia más que de un discurso teórico, lo haré con un pequeño testimonio: el motivo, real, biográfico, por el que yo mismo me he encontrado siempre, cuando he tenido fe y cuando no, entre quienes reconocen la necesidad de que no se otorgue a nadie el “derecho” a “descartar” ninguna vida humana, es la correspondencia que en mi propia razón han encontrado las (apasionadas y, por qué no decirlo, en ocasiones justamente indignadas) razones de justicia o ley natural expuestas por hombres sencillos, también con o sin fe. He visto también a personas cambiar de posición, o empezar a hacerlo, una vez que su razón y exigencia natural de justicia han sido, en un diálogo racional inteligible, interpeladas a salir más allá de los habituales prejuicios ambientales favorecidos por propagandas y silencios.
 
Pensando particularmente en el ámbito del debate político y de la opinión pública, precisamente en un contexto como el nuestro, “neopagano” y caracterizado por la laicidad y el pluralismo, ¿acaso -como tantas veces a este respecto nos ha recordado en y para nuestro tiempo Ratzinger/Benedicto XVI – podemos no partir de aquella vieja y actualísima “sana doctrina”, según la cual los “gentiles, que no tienen ley, pueden cumplir naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia” (S. Pablo)?
No descartemos ni demos por amortizado ninguno de los caminos verdaderos que Dios ha propuesto a los hombres de todos los tiempos para el cumplimiento de lo humano o incluso para el encuentro con Él. Si identificamos la defensa de la ley natural con doctrinarismos y falsos conservadurismos de valores el problema es nuestro; no, desde luego, de la ley natural ni de la capacidad de quienes la proponen o reconocen. ¿Acaso no arderían nuestros corazones si alguien hoy se atreviera a proponernos, también en el debate público, una encendida y nítida defensa de la ley natural como esta de Chesterton?:
 
“Hace un tiempo algunos médicos y otras personas a las que la ley moderna autorizó a dictar normas a sus conciudadanos menos elegantes, emitieron una orden que decía que había que cortar el pelo muy corto a las niñas pequeñas. Me refiero, naturalmente, a aquellas niñas pequeñas cuyos padres fueran pobres… Debemos empezarlo todo de nuevo en seguida, y empezar por el otro extremo. Yo empiezo por el pelo de una niña. Sé que eso es una buena cosa en cualquier caso. Cualquier otra cosa es mala, pero el orgullo que siente una buena madre por la belleza de su hija es bueno. Es una de esas ternuras inexorables que son las piedras de toque de toda época y raza. Si hay otras en su contra, hay que acabar con esas otras cosas. Si los terratenientes, las leyes y las ciencias están en contra, habrá que acabar con los terratenientes, las leyes y las ciencias. Con el pelo rojo de una golfilla del arroyo prenderé fuego a toda la civilización moderna… La pequeña golfilla de pelo rojo dorado, a la que acabo de ver pasar junto a mi casa, no debe ser afeitada, ni lisiada, ni alterada; su pelo no debe ser cortado como el de un convicto; todos los reinos de la tierra deben ser destrozados y mutilados para servirla a ella. Ella es la imagen humana y sagrada; a su alrededor, la trama social debe oscilar, romperse y caer; los pilares de la sociedad vacilarán y los tejados más antiguos se desplomarán, pero no habrá de dañarse ni un pelo de su cabeza”.
 
No todos podemos ser tan geniales y persuasivos, y no consiste la acción política normalmente en destruir reinos ni sociedades, pero sí hay algunos que, desde el mismo principio de nuestro tiempo social y político (me refiero a nuestra España democrática), llevan dejándose la piel, a menudo solos y despreciados por casi todos, por decir verdades esenciales, irrenunciables y que podían (cada vez es más difícil, de acuerdo) haber sido reconocidas por un pueblo que no tiene menos capacidad que ningún otro de ningún tiempo o lugar para percibir, en el corazón de sus miembros y en su propia tradición, el valor de la vida humana. No sería justo dar por definitivamente frustrado un intento que apenas se ha llevado a cabo salvo por esos pocos, solos y silenciados. Un indicio del valor realista de su propuesta es que ellos sí supieron y dijeron desde el principio cuál iba a ser en la práctica el significado político y jurídico de nuestras leyes constitucionales y penales sobre la vida. Desde estas páginas donde a menudo se reconocen con audacia y pocos complejos las contribuciones al bien común de casi todos, mi conmovido reconocimiento a la de estas personas, ayer y hoy.
 
Un último apunte. El reciente Mensaje de los Obispos españoles ante la “Campaña por la Vida 2013” y, concretamente, su expresa llamada a los católicos a “no favorecer con el propio voto la realización de un programa político que contenga propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral en este sentido” me parece una ocasión estupenda para, en este tiempo no electoral, ir formando un criterio sólido y reflexionado que nos permita a todos más posibilidades de acertar cuando llegue la hora en que las diversas urgencias que entonces existan o se nos quieran proponer tiendan inevitablemente a hacer olvidar (o a despachar ligeramente con análisis “ya sabidos”) lo permanente, lo innegociable.

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