Despedida Benedicto XVI

Mundo · María del Carmen Ciordia
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28 febrero 2013
Querido Santo Padre, ¡¡Gracias!! ¿Por qué? Por haberme llevado de la mano durante estos casi ocho años, que providencialmente han coincidido con mi regreso a "casa".

Hace ocho años, con 35 años de edad, me encontré con Cristo a través de un sacerdote de Comunión y Liberación, que me invitó a asistir a una misa. Soy una mujer que ha nacido y ha sido educada en una familia católica, y que he asistido a colegios y universidades católicas. Pero que con diez años decidió que Dios estaba muy "lejano", y poco tenía que ver con su vida, por lo que dejé de frecuentar los sacramentos.

He vivido como vive gran parte de la humanidad hoy en día, inmersa en el relativismo, en la nada, la desesperación,  y la falta de significado que para mí tenía la vida, chocaba frontalmente con lo que mi corazón anhelaba. Preguntas como: ¿qué significado tiene la vida?, ¿Por qué existo?, ¿para qué vivo?, me asaltaban cada día y me conducían a un profundo pozo oscuro del que aparentemente no había escapatoria.

En septiembre de 2004 un amigo de la familia sacerdote me invita a una misa, a la que en principio me niego a asistir, pero por no hacer quedar mal a la familia y no despreciar a este amigo, finalmente voy. Y allí sucede algo que me cambia la vida: desde que entro en la iglesia percibo estar ante Alguien que me recibe con alegría y amor, y comienzo a llorar (y me paso así toda la celebración). Me doy cuenta de que soy capaz de seguir la misa, no había olvidado las respuestas, y me siento como el hijo pródigo: indigna de estar allí, y agradecida por ser acogida y amada. Tres meses después, dejo mi trabajo, la ciudad en la que nací, y me traslado a este lugar. Era febrero de 2005. Poco después fallece Juan Pablo II, y usted le sucede. Escucharle hablar, leer lo que escribe, me sorprende, porque lo entiendo, va directamente a lo más profundo de mi corazón, es como si me conociera mejor que yo misma. Comienzo a leer todas sus homilías, discursos, Audiencias, Angelus, etc. Cuando escribe su primera encíclica, la leo en una noche, y desde entonces la frase:

"No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva", me acompaña cada día, porque describía a la perfección lo que a mi me había sucedido.  En estos ocho años, cada semana he seguido su Magisterio, pero sobre todo, he seguido las indicaciones de un Padre que con cada una de sus palabras me obligaba a darme razones de mi fe. Gracias a usted, Santo Padre,  he descubierto con gran sorpresa que la fe tiene que ver con TODO lo que sucede en la vida: con el trabajo, con la familia, con el ocio. Gracias a usted, mi razón se ha ensanchado, y mi afecto se ha movido radicalmente hacia Aquel que desde siempre me amó, y al que durante mucho tiempo le di la espalda, y con cuarenta años le he dicho Si a Cristo. Cuando ayer decía que la Iglesia está viva, yo pensaba: ¡¡¡claro que está viva!!!, ¿cómo si no puedo explicar lo que me ha sucedido a mí, y lo que les ha sucedido a muchos amigos míos que han seguido el mismo camino de regreso a Casa que yo he seguido, en estos ocho años? Quisiera contarle tantas cosas que he visto suceder en estos años, pero sería tan largo… La Iglesia está viva y sigue creciendo en el amor de Cristo que Usted nos ha sabido transmitir como nadie.

Cuando el día 11 supe de su renuncia, me sentí como los apóstoles cuando estaban en la barca en plena tempestad, y el Señor dormía: tuve miedo. Sólo, cuando minutos después leí su Declaratio, quedé en paz, segura de que en esa barca está el Señor. De nuevo, usted Santo Padre, me indicaba a Quien mirar, a Quien seguir (me viene a la mente: "y la amargura, se me volvió paz").

Desde hace ocho años, está en mis oraciones, y lo estará siempre que el Señor tenga la misericordia de traérmelo a la memoria. El dolor de su partida, trae consigo un gozo inesperado: comprobar que toda la Iglesia se encuentra unida pidiendo al Señor y la Santísima Virgen que los cardenales se dejen inspirar por el Espíritu Santo y nos sea concedido un pastor que nos guíe, nos acoja y nos ame como usted lo ha hecho.

Gracias Santo Padre, porque en estos últimos días me ha indicado el camino verdadero, me ha enseñado cual es el significado de "volver a El con todo el corazón": pedirLe, en cada instante que me sea concedida esa Gracia, que nos haga conscientes de que somos Hijos y por lo tanto, amados. 

Siempre estará en mis oraciones. Usted es para mi un Padre que durante los ocho años de su Pontificado, me ha llevado de la mano y me ha ayudado a alzar la mirada. Gracias Santo Padre.

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