Desde mi casa (1)

Mundo · P.M.
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23 marzo 2020
Ha transcurrido la primera semana completa desde que se declaró el estado de alarma y el confinamiento en casa por la emergencia sanitaria provocada por la pandemia del coronavirus, que ha llegado a nuestro país. El número de contagiados va aumentando por doquier, y el de muertos alcanza la escalofriante cifra de 2.200, y en ascenso.

Ha transcurrido la primera semana completa desde que se declaró el estado de alarma y el confinamiento en casa por la emergencia sanitaria provocada por la pandemia del coronavirus, que ha llegado a nuestro país. El número de contagiados va aumentando por doquier, y el de muertos alcanza la escalofriante cifra de 2.200, y en ascenso.

Decido teletrabajar desde casa y, a tal objeto, el viernes 13 me llevo trabajo suficiente para poder hacerlo estos días. El miedo ha sido lo primero que ha aflorado en mí ante la velocidad y la magnitud de lo que acontece estos días; y que ha calado hasta los tuétanos, porque temes que a tus más queridos les pille esta plaga durante sus idas y venidas en coche de casa al trabajo y del trabajo a casa; o la cantidad de información que te llega al cerebro procedente de los periódicos digitales, y los incesantes reenvíos vía whatsapp,…es tal la sobreestimulación que acabas haciendo “crack”.

En el fondo, sabes que no puedes detener ni controlar algo tan inconmensurable como la realidad. La vida es lo único que no permite el confinamiento, a Dios gracias. El lunes 16 pude ser testigo de la creatividad de muchos amigos míos que deciden organizar un encuentro on-line y poner sobre el tapete virtual cómo afrontaban estas circunstancias que nos tocan vivir. Gestos como éste, además del hecho de que, en nuestra comunidad parroquial, exista la posibilidad de oír misa en directo a través del canal de YouTube, o que algunos amigos de fuera de Madrid te escriban un ¿cómo estás? cargado de humanidad, te hacen caer en la cuenta que, en el fondo, no estoy solo. No estoy a merced de la casualidad. No soy puro azar. Más me vale.

No minusvaloro la dimensión de esta pandemia que se ha llevado por delante a mucha gente mayor, que está muriendo sola, sin una posibilidad de acompañamiento de sus familiares y allegados. Me sobrecoge sólo el hecho de imaginarme las plantas de cualquier hospital en medio de una actividad febril del personal sanitario y los rostros de los ingresados en la UCI, su soledad ante el hecho de la muerte –que todos, tarde o temprano, habremos de afrontar–, o el dolor de los familiares que se ven privados de un velatorio y un entierro en condiciones.

Ahora estoy viendo con más claridad que vivir en serio tu propia humanidad no es automático: no puedes darle al botón on y dejarte llevar por una especie de escalera mecánica que sube y baja Dios sabe hacia dónde. He vivido mucho tiempo a remolque de una especie de vida al tran-tran, a base de ahorrarte el trabajo de mirar tus fantasmas a la cara….y eso no funciona. Porque el problema subsiste: ¿quién vence este miedo que tengo ante la posibilidad de que la vida se me vaya de las manos? Sólo si Dios responde, en lo concreto, a esto, la afirmación de Feuerbach de que el hombre crea a Dios proyectándose sobre él se hace trizas.

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