Democrática belleza

Editorial · Fernando de Haro
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15 enero 2023
Una forma de religiosidad irracional genera un resentimiento, un rechazo del otro y la nostalgia de un supuesto mundo perdido. Solo la belleza construye cultura.

El español de Tereza tiene la musicalidad y las mil vocales del portugués brasileño. Me dice que los seguidores de Bolsonaro, los que asaltaron los edificios gubernamentales eran personas pacíficas, fueron provocados por violentos “antifascistas”. Me dice que mire varios videos que hay en redes sociales que lo demuestran y que deje de informarme en los medios de comunicación tradicionales que son una fuente de mentiras.

Tereza era una mujer dulce como muchos otros hombres y mujeres que asisten a la iglesia los domingos. Su pastor está al frente de una congregación recién creada que alimenta una forma de religiosidad irracional. Sin darse cuenta aplica los textos sagrados, directamente, para hacer política. Tereza probablemente ha encontrado en sus “nuevos hermanos” una compañía que llena viejos vacíos. Su dulzura se ha transformando en resentimiento, rechazo del otro y la nostalgia de un supuesto mundo perdido. Tereza tenía una cultura democrática esencial que se ha ido disolviendo lentamente, en un proceso nada trágico.

El intento de golpe en Brasil, como el de hace dos años en el Capitolio, es un fenómeno complejo. La inmensa mayoría de los votantes de Bolsonaro lo apoyaron en las urnas más por un rechazo emotivo hacia Lula que por estar de acuerdo con lo que defendía el expresidente. La no aceptación del resultado electoral tuvo éxito, sobre todo, entre la policía militar. De Lula depende cerrar heridas con una política pragmática, realista y no ideológica. Sabe hacerlo, otra cosa es que quiera y pueda.

Pero son ya numerosos los avisos. Los cimientos antropológicos se diluyen. No conviene insistir para no cansar. Sin sujeto no hay instituciones.

Hubo un tiempo en el que la defensa del sujeto personal y social se sintetizaba bien con el lema “menos Estado, más sociedad”. Luego el individualismo liberal se apropió de la fórmula e identificó sociedad con mercado. Tras la crisis de 2008, fue necesario un cambio. Parecía razonable postular “un mejor Estado para fortalecer la sociedad”, sobre todo porque el imperio del dinero había sustituido a los protagonistas habituales de la soberanía.

Ahora estamos en otro momento. No hay Estado del que defender al sujeto, ni Estado que pueda defender al sujeto. Sencillamente no hay sujeto. El cuerpo social está desmembrado. El progresismo reclama la intervención del Estado, ya no para garantizar la igualdad, sino para resolver agravios y tutelar nuevos derechos individuales. En esto coincide con el individualismo liberal de derechas. Las reacciones identitarias y soberanistas, así como las soluciones del comunitarismo, tienen el mismo problema. No extraen las  consecuencias de la  fragmentación sin posible unidad que diluye la capacidad crítica, de la diversidad sin nada en común, de las superficies sin profundidad, de la falta de pertenencias que abracen, de la absolutización de la razón técnica que desintegra, de la desorientación que no permite encontrar lugar ni en el tiempo ni en el espacio.

Todos estos fenómenos, que determinan la vida del sujeto social y personal, antes que causas son el síntoma de que hemos dejado de existir. Sin el progreso, sin verdades universales (ansiadas por la Ilustración), sin religiosidad razonable y razón religiosa (en realidad es lo mismo), no somos nada ni creamos nada por mucho que nos agitemos. De ahí la precariedad de las soluciones antiguas y modernas (progresismos, conservadurismos).

Somos nada. Por eso el “compromiso histórico”, el frente amplio con los defensores de los valores occidentales es algo vacío, tan viejo como el arado romano. El marco lingüístico en el que la palabra verdad es pronunciada ha cambiado radicalmente, de modo que incluso quien la pronuncia no es poseído por ella.

Solo sirven aquellas experiencias que nos permiten volver a ser, reconstruir o conquistar por primera vez un sujeto unificado, un yo “deseante”, conocido o reconocido. Y esas experiencias no las proporciona ni la moral, cada vez más colonizada por el resentimiento, ni la doctrina que reseca lo cierto. Solo la belleza de sucesos repetidos en el tiempo. Solo eso construye cultura. Solo eso permitirá a Tereza volver a ser una demócrata.

 

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