Democracia sí, pero diferente

Editorial · Fernando de Haro
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21 junio 2021
¿Llegará la democracia a los países árabes? No lo sé, respondo a los curiosos sicilianos. Junto al Nilo, en el Alto Egipto, en una noche deliciosa, un buen amigo me decía poco después de que estallara la primavera árabe que, a menudo, los occidentales tenemos demasiada prisa.

Elecciones en Argelia. El Frente de Liberación Nacional de siempre gana los comicios tras una abstención muy alta. Al otro lado del Mediterráneo, en Catania, un grupo de jóvenes sicilianos que participan en un workshop sobre el futuro del periodismo, organizado por el diario digital Sicilian Post, me pregunta si creo que la democracia llegará a los países árabes. Participo en un debate que hace balance de los diez años de las primaveras árabes. El Sicilian Post es una bonita iniciativa construida desde la base en una de las regiones con más problemas de Italia. Una iniciativa en la que algunos maestros del periodismo con una larga experiencia se han implicado con jóvenes que quieren construir.

¿Llegará la democracia a los países árabes? No lo sé, respondo a los curiosos sicilianos. Junto al Nilo, en el Alto Egipto, en una noche deliciosa, un buen amigo me decía poco después de que estallara la primavera árabe que, a menudo, los occidentales tenemos demasiada prisa. El proceso se había iniciado pero no sería ni rápido ni lineal.

Diez años después tenemos ciertas perspectivas del origen de las protestas que comenzaron en Túnez. Las contradicciones de los estados postcoloniales se habían vuelto especialmente acusadas. El descenso de la natalidad y el incremento de la alfabetización habían desarrollado una nueva clase media, formada por jóvenes con un alto grado de instrucción. Fueron esos jóvenes los que protagonizaron las protestas y los que siguen reclamando un cambio que todavía no ha llegado. Eso no significa que las primaveras árabes hayan fracasado, más bien han quedado incompletas. Faltaba el sujeto capaz de materializar la transformación. Estalló el entusiasmo en las plazas, toda parecía posible. Pero ahora sabemos que las redes sociales, que todavía entonces parecían las promotoras invencibles de un mundo nuevo, a menudo producen un gran espejismo. Una década después los contenidos de las redes sociales en el mundo árabe, como todo el mundo, están colonizadas por las fake news, por la polarización y por basura conflictiva vertida por poderes que combaten por dominar la atención de los usuarios.

La nueva clase media que se manifestaba en las plazas no estaba coordinada, no tenía líderes claros y no tenía un programa para el día después. De hecho, tras haber expulsado a Mubarak, no sabía qué hacer. Tan pronto como se hizo patente su debilidad, los partidos islamistas, en Egipto los Hermanos Musulmanes, se apropiaron de la primavera árabe.

Esta fue una de las tres “formulas” en las que desembocaron las primeras árabes. La fórmula de los partidos islamistas se parecía sustancialmente a la fórmula de Erdogan en Turquía, apoyada por Qatar. Consistía en confesionalizar el Estado, corrigiendo la laicidad de los dictadores apoyados por Occidente. La llegada de los Hermanos Musulmanes a Egipto fue una extraordinaria vacuna sobre la posibilidad de que el islamismo respondiera al deseo de más democracia.

Los partidos islamistas dejaron claro hasta qué punto los occidentales nos equivocamos al considerar que en las primaveras árabes la dimensión religiosa no tenía peso. En Oriente Próximo la cuestión de Dios siempre está presente de un modo o de otro. Los Hermanos Musulmanes querían encarnar una respuesta ofreciendo ante el deseo de cambio una teología política islámica congelada. Antes de que el ejército se hiciera con el control del poder en Egipto, el proyecto de los Hermanos Musulmanes ya había fracasado. Se había mostrado incapaz de crear una arquitectura institucional aceptable para un país con cerca de cien millones de habitantes.

La otra fórmula en la que desembocaron las primaveras árabes fue el yihadismo. El caso de Siria es el ejemplo más contundente. En pocos meses las protestas de 2011 en favor de una mayor libertad se convirtieron en la ocasión para que triunfara esa forma de nihilismo violento que fue el califato del Daesh. La provocación que supuso y supone para el islam sigue muy presente.

Y la tercera de las fórmulas tiene que ver con una transformación en el seno del islam que ha pasado inadvertida para muchos en Occidente porque no es clamorosa. En Occidente, a menudo ciegos y apegados a nuestros esquemas mentales, siempre pensamos que la democracia tiene que basarse en la universidad laica y laicista de los valores de la revolución francesa. No nos damos cuenta de que ni siquiera en Francia ese modelo es en este momento viable. Fue llamativo que saludáramos las primaveras, en nuestro desconocimiento, como la expresión de una nueva izquierda laica que luchaba contra el confesionalismo. Como ya sucedió en la invasión de Iraq en 2003, en 2011 seguíamos pensando que la democracia podía imponerse siguiendo nuestras fórmulas sin comprender el sustrato antropológico de los países de mayoría musulmana.

Por eso, porque la democracia depende de la antropología que la sustenta, es importante que un cierto islam en los últimos años se haya ido abriendo al concepto de ciudadanía. Y en este ámbito ha sido decisivo el giro de Al Azhar, la mezquita del Cairo que sirve de referencia al mundo sunní. La Declaración de Abu Dabi, firmada por Al Tayeb, el gran imán de Al Azhar, y el papa Francisco en 2019 supone un interesante avance. Como lo es la posición de Marruecos.

¿Habrá democracia en los países árabes? No se puede hacer predicciones. Pero si en algún momento avanza un sistema más participativo tendrá que ver con la evolución que se produzca en el islam. Dependerá de la posibilidad de que la experiencia religiosa se abra al valor de la ciudadanía reconociendo la igualdad de derechos de forma práctica.

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