Demasiado previsible

España · Fernando de Haro
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20 febrero 2013
La primera jornada del Debate del Estado de la Nación ha sido demasiado previsible. Rajoy ha hecho de Rajoy y Rubalcaba de Rubalcaba. Lo mismo se puede decir de Durán y de Cayo Lara. Quizás no sea lo más conveniente para un país que cada vez se siente más lejano de los políticos y se deja impresionar, a lo mejor demasiado, con los que aseguran que todo está sucio.

Desde que dieron las 12 y pocos minutos en la Carrera de San Jerónimo estaba claro cuál iba a ser la estrategia del presidente del Gobierno. El mensaje de las 12 del mediodía, el de las 5 de la tarde, el de las 6 y el de las 9 de la noche fue el mismo. A medida que iba transcurriendo la jornada, Rajoy conseguía comunicar con más claridad la idea-fuerza, la única idea que quería hacer llegar a la opinión pública. En la réplica a Cayo Lara estuvo brillante. A esas alturas ya la había repetido tantas veces que le salía con mucha fuerza y capacidad de convicción. El presidente insistió ayer en la heroicidad que ha supuesto reducir el déficit público a menos del 7 por ciento, haber conseguido librar a España del abismo, haber reformado el sistema financiero para que los inversores vuelvan a confiar en nosotros, haber reformado la legislación laboral… "He subido los impuestos, pero porque no me ha quedado más remedio", explicaba Rajoy. "No se me puede pedir más, hemos conseguido que el sector exterior vuelva a tirar y en poco más de un año hemos saneado el país. La gente está sufriendo pero no hay más remedio. Tenemos futuro. Vamos a salir adelante". El argumento se repetía fuera quien fuera el interlocutor. Y luego claro, los anuncios (es una imposición del género): la nueva ley de partidos, penas más duras para la corrupción y algunas modificaciones de la legislación laboral.

Rajoy estuvo convincente explicando sus labores como jefe de un Gabinete obligado a aplicar una terapia de choque. Lleva razón al exhibir sus éxitos en este terreno. Pero durante todo el día sus intervenciones parecieron las de un ministro de Economía. Es la grandeza y la limitación de Rajoy. Un gestor eficaz de un centro-derecha que no sorprende, que no es capaz de aportar un horizonte ideal, una visión amplia para un país que sufre la mayor de las crisis de las que se guarda memoria. Pero no se levanta un país solo con buena gestión. Escasísimas fueron sus referencias a la reforma educativa, nulas las menciones a la política familiar. Imposible encontrar una palabra sobre el cambio de época, nada sobre la transición del Estado del Bienestar a la Sociedad del Bienestar.

Rubalcaba cumplió con el estereotipo que la izquierda ha hecho de sí misma. Parece mentira que haya estado en el Gobierno. Pintó esa España que dibujan los que están más cabreados. Rubalcaba buscaba las tablas mansas de una demagogia fácil con un país sin sanidad universal, sin educación, empobrecido por las privatizaciones. Más que un líder de la oposición parecía una de esas actrices que recogen premios en la gala de los Goya, las que dicen que sus padres se mueren en hospitales sin mantas y sin agua. Y luego volvió, pero sin convicción, a pedir la dimisión de Rajoy. En lo que estuvo acertado, es lo mejor que ha dicho el PSOE en mucho tiempo, es en pedir listas abiertas. Durán, que siempre ha hecho intervenciones brillantes en estas ocasiones, ha perdido toda su credibilidad. La solvencia que exhibe en muchos temas se desmorona cuando defiende el proyecto de Mas.

No están los tiempos para ser previsibles. Y el centro-derecha atascado en un perfil casi tecnocrático y la izquierda disparatando como si no hubiese estado nunca en Moncloa ayudan poco a superar el desencanto. 

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